Dicen que la piratería quedó en los libros de historia. Pero basta mirar el Caribe y el Pacífico para comprobar que solo cambió de uniforme. Donde antes hubo corsarios con patente de corso, hoy hay buques de guerra, drones y comunicados oficiales. El resultado es el mismo: abordaje, hundimiento y botín, ahora legitimados por un discurso de “seguridad” que encubre el viejo saqueo imperial.
Desde una perspectiva marxista, los ataques ilegales y el robo de embarcaciones por parte de Estados Unidos son prácticas coherentes con la fase actual del imperialismo. Cuando la tasa de ganancia se comprime y la hegemonía se erosiona, el capital recurre a la fuerza para asegurar rutas, disciplinar territorios y reafirmar control. El Caribe, como arteria histórica del comercio mundial, vuelve a ser escenario de “operaciones” que violan el derecho internacional y convierten el mar en zona franca de la violencia.
Aquí entra la parodia: el retorno de Los Piratas del Caribe. Solo que Jack Sparrow fue reemplazado por Donald Trump y Marco Rubio, con parche y sable, declamando “libertad de navegación” mientras hundimientos, muertes y confiscaciones se acumulan. No buscan ron ni cofres; buscan soberanía ajena, mensajes de fuerza y la reproducción de un orden donde el Norte manda y el Sur obedece. El “antinarco” funciona como patente de corso moderna: autoriza a atacar sin juicio, capturar sin proceso y repartir castigo a quien estorbe.
El guion es conocido. El imperialismo no roba solo mercancías; roba tiempo histórico. Interrumpe procesos soberanos, impone costos a pueblos enteros y externaliza su crisis. La violencia marítima se enlaza con sanciones, bloqueos, aranceles, genocidio y chantajes financieros. Es la acumulación por desposesión navegando con bandera estrellada.
Desde el marxismo, el punto es claro: el Estado imperial actúa como comité ejecutivo del capital, garantizando por la fuerza lo que el mercado ya no puede asegurar. La legalidad internacional se vuelve flexible cuando estorba; rígida cuando conviene. Así, el mar se privatiza a cañonazos y la vida se contabiliza como “daño colateral”.
América Latina no es un set de Hollywood. No necesitamos piratas con traje. Necesitamos soberanía, multilateralismo real y control civil sobre rutas y recursos. La respuesta no es el silencio ni la normalización, sino coordinación regional, denuncia jurídica y defensa colectiva de la paz. Porque cuando el imperio vuelve a vestirse de corsario, cada barco atacado es un aviso: hoy fue uno, mañana puede ser cualquiera.
