Los expertos de la ONU son claros: no existe derecho alguno a imponer sanciones unilaterales mediante un bloqueo armado. El artículo 2(4) de la Carta de la ONU prohíbe el uso o la amenaza de la fuerza contra otro Estado. Y la Definición de Agresión de 1974 reconoce explícitamente el bloqueo naval como una forma de agresión armada. Estados Unidos, que se autoproclama garante del “orden internacional basado en reglas”, viola las reglas fundamentales del sistema que dice defender.
Por Equipó El Despertar
La condena de expertos independientes de la ONU al bloqueo marítimo parcial impuesto por Estados Unidos contra Venezuela es un dictamen jurídico y político demoledor. Según el derecho internacional, lo que Washington ejecuta en el Caribe no son sanciones, sino actos de agresión armada, prohibidos expresamente por la Carta de las Naciones Unidas.
Desde una perspectiva marxista, esta ofensiva no sorprende. El imperialismo, como fase superior del capitalismo, no se sostiene en reglas cuando estas dejan de servir a la acumulación y al control geopolítico. Las “normas internacionales” funcionan mientras garantizan la dominación; cuando un país periférico intenta ejercer soberanía sobre sus recursos, en este caso, el petróleo venezolano, esas normas se vuelven papel mojado. El cañón sustituye al tratado. El portaaviones reemplaza al derecho.
Los expertos de la ONU son claros: no existe derecho alguno a imponer sanciones unilaterales mediante un bloqueo armado. El artículo 2(4) de la Carta de la ONU prohíbe el uso o la amenaza de la fuerza contra otro Estado. Y la Definición de Agresión de 1974 reconoce explícitamente el bloqueo naval como una forma de agresión armada. Estados Unidos, que se autoproclama garante del “orden internacional basado en reglas”, viola las reglas fundamentales del sistema que dice defender.
Pero el bloqueo no es solo un acto jurídico ilegal; es, sobre todo, una política de castigo colectivo. Los expertos advierten que las sanciones y el cerco marítimo han socavado gravemente los derechos humanos del pueblo venezolano y han impedido el cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. En términos materiales, esto significa menos alimentos, menos medicinas, menos ingresos públicos y más sufrimiento popular. El bloqueo no apunta a “élites corruptas”: apunta al cuerpo social entero, a la vida cotidiana de millones.
Más grave aún es la denuncia de asesinatos arbitrarios: al menos 104 personas muertas en 28 ataques contra embarcaciones civiles desde septiembre de 2025. Según los expertos, ninguna de las víctimas representaba una amenaza inmediata que justificara el uso de fuerza letal. No hubo juicios, no hubo debido proceso, no hubo defensa posible. Desde el derecho internacional, esto tiene un nombre preciso: ejecuciones extrajudiciales. Desde la historia latinoamericana, tiene uno más conocido: terror imperial.
El pretexto es siempre el mismo. Ayer fue el comunismo, hoy es el narcotráfico o el “terrorismo”. La reciente designación unilateral del supuesto “Cartel de los Soles” como organización terrorista —una entidad cuya existencia no ha sido demostrada— recuerda la lógica colonial clásica: nombrar al enemigo para justificar la violencia, fabricar una amenaza para legitimar la intervención. No se trata de combatir delitos, sino de construir narrativas de guerra que permitan actuar sin límites.
Desde el marxismo, el fondo del conflicto es transparente: Venezuela representa un territorio estratégico, con recursos energéticos claves y una decisión política de no subordinarse completamente a los dictados de Washington. En un contexto de crisis de hegemonía estadounidense, el imperialismo responde como siempre ha respondido cuando pierde consenso: con fuerza bruta. El bloqueo es un mensaje no solo para Caracas, sino para toda América Latina y el Caribe: quien desafíe el orden será castigado.
Por eso la advertencia de la ONU va más allá de Venezuela. El uso ilegal de la fuerza en el Caribe pone en peligro la paz regional, erosiona cualquier idea de multilateralismo y normaliza la violencia como instrumento de política exterior. Si el bloqueo se acepta sin respuesta, se establece un precedente: mañana puede ser Cuba, Nicaragua, Bolivia o cualquier país que intente salirse del guion.
El llamado final de los expertos es tan claro como urgente: acción colectiva de los Estados para poner fin al bloqueo y a las ejecuciones ilegales, mediante resoluciones de la Asamblea General, contramedidas pacíficas y presión diplomática. Pero la experiencia histórica enseña que el derecho internacional, por sí solo, no frena al imperialismo. Lo que lo frena es la combinación de resistencia popular, solidaridad internacional y coordinación política entre los pueblos del Sur Global.
El bloqueo contra Venezuela no es un “error de política exterior”. Es una expresión desnuda del capitalismo imperial en crisis, dispuesto a hundir barcos, violar leyes y matar civiles para sostener su dominio. Frente a eso, la disyuntiva es clara: o se defiende la soberanía y la paz desde una perspectiva antiimperialista, o se acepta que el mar Caribe vuelva a ser —como en los siglos coloniales— zona libre para la piratería del poder.
