Nos quieren aislados porque saben, mejor que nadie, que solo mediante la organización social es que mil peces pequeños le pueden ganar al pez grande. Nos quieren desconfiados del otro porque saben que juntos sumamos más que nuestras partes por separado. Por ello, nuestro lema debe ser el de recuperar las comunidades. Porque entendemos que es el quiebre de las comunidades lo que generó el caldo de cultivo para la desesperación y el delito que vivimos hoy en día. Las supuestas soluciones de la derecha —más policías, más cárceles, más estados de excepción— son un placebo político: atacan al individuo sin entender que el verdadero problema es estructural. Y los problemas colectivos solo tienen soluciones colectivas.
Por Ignacio Fernández
Desde hace ya un tiempo, se ha instalado en Chile el urgente problema político de la “seguridad” en las calles. Los canales de televisión muestran matinales de tres horas seguidas sobre el surgimiento de la delincuencia en el país, tanto en cantidad como en nivel de violencia. Pero este nivel de cobertura se ha vuelto completamente desproporcionado frente a la cantidad real de delincuencia: las noticias que vemos sobre el tema se han duplicado desde el 2019, mientras que las tasas de delincuencia se han mantenido iguales [1].
Y bastante les conviene este discurso, porque la derecha ha aprovechado el pandemonio de la delincuencia para venderle al pueblo el proyecto político de la seguridad, de la mano dura y del orden. Bajo esta excusa es que avalan por mayor represión en las calles, por acallar todo tipo de protesta, por aumentar la vigilancia y el control en la población, y por mayor militarización y genocidio en el Wallmapu. Ofrecen una solución rápida y efectiva, bajo la cual parece inevitable el sacrificio de los derechos sociales; porque como pueblo, estamos tan acostumbrados al castigo, que es como si nos hubiésemos portado mal y necesitáramos pagar las consecuencias de nuestra insurrección. Estas medidas solo llevan paso a peores formas de explotación, mayor miedo al disenso, y a la pérdida de nuestros derechos laborales y sociales, pero esto se justifica para el capital, porque la intención real detrás de este maquineo discursivo es generar todos los instrumentos posibles para robarle al trabajador el valor real de su propio trabajo, y así, acumular cada vez más capital, la cual es la única forma que tiene el capitalismo para preservar su existencia.
Este objetivo oculto se hace evidente cuando entendemos quiénes son dueños de los canales televisivos: Meganoticias pertenece a la familia Solari, de las familias más ricas de Chile; Canal 13 pertenece al grupo Luksic, una de las 25 familias más ricas del mundo (sí, del mundo); y CNN Chile y Chilevisión son operadas por Warner Bros y Paramount, respectivamente, las cuales son empresas estadounidenses valoradas en billones de dólares. Al final del día, estos canales son productos del sistema en el que nacen, y buscan proteger los intereses de clase del capital. Si, como dueño de un canal, no explotas a tus trabajadores, la competencia sí lo hará y te sacará del mercado. Y si, como empleado, no te alineas a este régimen, entonces perderás tu trabajo, y bajo nuestro sistema actual de “trabajas o mueres”, la única opción es acatar.
No obstante, la respuesta no es ignorar este discurso, por más artificial que sea, porque eso sería ignorar el sufrimiento real y profundo de la gente: aunque el discurso de la seguridad y el orden lo hayan instalado los poderosos, la gente sí se siente más insegura, y esto no puede ser ignorado, ya que también ocurre debido a las contradicciones mismas inherentes del capitalismo neoliberal. Cuando desindustrializas todo el país para darle paso al capital extranjero, cuando este capital compra y mercantiliza todo servicio que solía ser público, cuando generas una sociedad sin instituciones, del “sálvese quien pueda”, hipercompetitiva e hiperindividualizada, es lógico que la gente va a sentirse ampliamente insegura, sin ninguna red de apoyo donde caer. Cuando la mayoría del pueblo vive cheque a cheque y no puede costearse una urgencia médica, terminas generando una sociedad donde, o trabajas, o mueres, y esa inseguridad vital no te la quita nada ni nadie. Bauman lo llama la modernidad líquida, donde nada permanece, donde todo lo social se vuelve efímero, líquido y sin respaldo. Al final del día, si se te quema la casa, es tu culpa no haber comprado el seguro de hogar, y es en esa individualización de la responsabilidad donde el capital lucra.
Nos quieren aislados porque saben, mejor que nadie, que solo mediante la organización social es que mil peces pequeños le pueden ganar al pez grande. Nos quieren desconfiados del otro porque saben que juntos sumamos más que nuestras partes por separado. Por ello, nuestro lema debe ser el de recuperar las comunidades. Porque entendemos que es el quiebre de las comunidades lo que generó el caldo de cultivo para la desesperación y el delito que vivimos hoy en día. Las supuestas soluciones de la derecha —más policías, más cárceles, más estados de excepción— son un placebo político: atacan al individuo sin entender que el verdadero problema es estructural. Y los problemas colectivos solo tienen soluciones colectivas.
Y así mismo, tenemos que entender el sistema carcelario como otra herramienta de dominación de clase. Los presos también son víctimas de un sistema que les ha fallado, muchas veces desde su primera crianza. Porque la razón de la delincuencia no se encuentra en la maldad individual, eso es caricaturizar un problema cuya raíz es estructural: el capitalismo invisibiliza, segrega, explota, deniega oportunidades educativas y laborales y perpetúa una violencia estructural, donde la delincuencia se torna la única alternativa para muchos. El neoliberalismo, al destruir el tejido comunitario, las redes de apoyo mutuo y cualquier horizonte de futuro digno para la juventud trabajadora, crea las condiciones materiales perfectas para que el narcotráfico y la delincuencia se erijan como las únicas instituciones eficaces en el territorio. Donde las comunidades se quiebran, y el Estado no llega, aparece el narco, el cual, a cambio de la violencia y la enajenación de la droga, permite un sentido de pertenencia, un código y una protección que el Estado abdicó de proveer.
Por algo también la derecha ha sido aliada histórica del narco. Bajo la tiranía de Pinochet, la DINA utilizó sistemáticamente las redes narco como instrumento de contrainsurgencia, infiltrando y desarticulando organizaciones políticas mediante el suministro de drogas [2]. Cuando desaparece la protección social, permites la mercantilización de todo, y le das paso a la barbarie del capitalismo. A la derecha no le conviene dar soluciones reales, porque su ineficiencia es lo que permite mantener su régimen del terror, y su represión constante de las capas sociales más marginadas. Así, se refuerza el control territorial de estas economías ilegales y se justifica una mayor militarización de la vida, beneficiando a las mismas élites que lucran con la seguridad privada, la construcción de cárceles y la venta de armas.
Pero no basta con apuntar el dedo al resto; debemos hacernos una profunda autocrítica. Si ha surgido el discurso y el proyecto de la ultraderecha en nuestro país, es precisamente dado el fracaso de la izquierda para proponer una alternativa política. Hemos aprendido a vernos en los ojos del enemigo, a tener vergüenza de nuestras propias propuestas, y a no defender nuestros propios proyectos. Esto se evidencia cuando decidimos hablar en el lenguaje del enemigo: caemos en el discurso de la gobernabilidad, del consumidor, del orden y la seguridad, de “dejar que las instituciones funcionen”, de “condenar venga de donde venga”, cuando deberíamos estar hablando de la emancipación, del pueblo, de la lucha de clases, del fin a la explotación y la represión, y de la recuperación de nuestras comunidades y nuestro tejido social. Como izquierda, hemos decidido defender la legalidad y las instituciones como si representaran moralidad, cuando, dentro de una sociedad de derecho neoliberal, si queremos estar del lado correcto de la historia, debemos atrevernos a denunciar al poder vigente, no a defenderlo.
Y hay quienes dicen que hablar en el lenguaje de la emancipación nos aleja de las capas populares y del sentido común, que estamos hablando en difícil. Pero esto es subestimar el saber popular, es pensar que el pueblo es demasiado tonto como para comprender su propia realidad, cuando la realidad es que nuestro propio lenguaje nace y crece precisamente en el saber popular. Además, el lenguaje no es neutral: delimita el marco de la discusión y sus alternativas. Gramsci nos enseñó que la dominación de la clase burguesa se sostiene por su capacidad de presentar su visión del mundo como sentido común: un conjunto de valores, creencias y lenguaje que se asumen como naturales, universales y obvios. Si el lenguaje de la emancipación suena “difícil”, es precisamente porque problematiza y desnaturaliza aquello que nos han querido invisibilizar: la explotación laboral, presentada como “mérito y esfuerzo individual”; el mercado, erigido como el árbitro neutral e insustituible de la vida social; y la delincuencia, descontextualizada de sus raíces estructurales y reducida a un problema de “malas decisiones” o “debilidad moral”.
Cuando dejamos de ocupar nuestro propio lenguaje, nos empezamos a ver en los ojos del enemigo, y nos volvemos incapaces de imaginar una realidad alternativa y de construir un proyecto político capaz de correr el cerco de lo posible. Cuando empezamos a hablar de “Vivir Seguros” y no de “Vivir en Comunidad”, nos desconectamos de la verdadera causa de nuestro sufrimiento como pueblo, perdemos nuestro horizonte revolucionario, nos institucionalizamos y nos volvemos administradores del mismo orden de siempre. No olvidemos que bajo este gobierno progresista de Boric es que se aprobó la ley anti-tomas, la cual ha llevado a brutales desalojos [3], y que además se aprobó la ley antiterrorista, la cual tiene hoy en día a personas mapuche sufriendo torturas y montajes jurídico-policiales [4].
Como izquierda y como pueblo, debemos rechazar la narrativa hegemónica que nos imponen y seguir construyendo nuestra propia historia, defendiendo nuestros propios intereses de clase, mediante un lenguaje de la emancipación. Si el enemigo nos persigue, nos acalla, nos permea ideológicamente, y hace todo por destruirnos, es precisamente por el poder que tienen nuestros proyectos para transformar significativamente nuestra realidad como trabajadores. El poder de reconstruir lo colectivo, de ser más que la suma de nuestras partes, es la única forma de generar una verdadera seguridad en la población: defendiendo la vida digna, como debe vivirse, porque no podemos contentarnos con ser un engranaje más de la sangrienta máquina, no podemos ser nunca ajenos al sufrimiento de los pueblos, por más que nos lo quieran naturalizar como inevitable, o peor aún, como necesario. Allí, donde la comunidad sustituya a la ley del más fuerte, se secará el terreno del cual brota tanto el miedo como la delincuencia. Solo así, mil veces venceremos.
Referencias:
[1] https://x.com/bastimapache/status/1777805638266949662
[2] https://www.derechos.org/nizkor/corru/doc/crimen2.html
