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Oxfam: el 1% más rico agotó en 10 días su “presupuesto” anual de CO₂ para 2026

Ene 15, 2026

Un cálculo basado en el objetivo de 1,5°C del Acuerdo de París muestra que la élite global consume en días el cupo anual de emisiones compatible con ese límite. No es solo “estilo de vida”: pesa la estructura de inversión, la propiedad y el poder político que sostiene el modelo fósil.

Apenas comenzado el año, Oxfam instaló una imagen tan simple como devastadora para dimensionar la desigualdad climática: la población más rica del planeta ya se “gastó” su cuota anual de carbono. Según el análisis, el 1% más rico agotó en solo 10 días el “presupuesto” de CO₂ que correspondería emitir en todo 2026 si el mundo quiere mantenerse dentro del umbral de 1,5°C. Para el 0,1% más rico, ese límite se habría consumido incluso antes, el 3 de enero, fecha que la organización bautiza como “Pollutocrat Day” (día del “contaminócrata”).

La clave de esta medición es pedagógica: no se trata de un cálculo moral, sino de un criterio físico. Oxfam toma como referencia el nivel de emisiones compatible con 1,5°C que recoge el Emissions Gap Report 2024 del PNUMA/UNEP y lo traduce a un cupo per cápita anual. Ese ejercicio arroja un umbral aproximado de 2,1 toneladas de CO₂ por persona al año. A partir de datos recientes, Oxfam estima que el 1% más rico emite en promedio 75,1 toneladas por persona al año (más de 35 veces el nivel compatible con 1,5°C), lo que explica por qué “necesita” apenas 10,2 días para quemar su cupo anual.

El estudio empuja aún más el contraste para que no quede como una disputa de cifras: una persona del 0,1% más rico produce en un día más contaminación que la mitad más pobre de la humanidad en un año. Si toda la población mundial emitiera como ese 0,1%, el presupuesto de carbono compatible con 1,5°C se agotaría en menos de tres semanas.

La desigualdad no queda allí: Oxfam vincula esta sobre-emisión con daño social concreto. Señala que las emisiones del 1% más rico en un solo año se asocian a un estimado de 1,3 millones de muertes relacionadas con calor hacia finales de siglo, y que décadas de sobreconsumo de carbono por parte de esa élite provocan daños económicos severos en países de ingresos bajos y medio-bajos que podrían llegar a US$44 billones hacia 2050.

Una parte del debate público tiende a encerrar el problema en la caricatura del lujo —jets privados, yates, mansiones—, y ese componente existe. Oxfam insiste en que gravar o prohibir bienes de lujo intensivos en carbono es una vía directa para cortar emisiones “de arriba” sin pedir sacrificios a quienes casi no han contribuido al calentamiento global. Pero el punto más incómodo, y más estructural, es otro: la huella climática de los súper ricos no proviene solo de lo que consumen, sino de lo que poseen y financian.

En el corazón de su argumento aparece la relación entre riqueza y propiedad: Oxfam afirma que, además de las emisiones por estilo de vida, la élite invierte en los sectores más contaminantes; y estima que cada milmillonario carga, en promedio, con una cartera de inversiones en empresas que producirían 1,9 millones de toneladas de CO₂ al año. Dicho de otro modo: el problema no es únicamente cuántas veces alguien vuela, sino qué tipo de producción se expande cuando el capital busca rentabilidad, y quién tiene la llave de ese “piloto automático”.

Aquí el análisis materialista se impone casi solo. La atmósfera funciona como un bien común —un sumidero gratuito—, pero el régimen de acumulación la trata como insumo sin dueño: se privatiza el beneficio y se socializa el costo. Marx dejó una frase que suena escrita para esta época: el capital actúa con el lema “después de mí, el diluvio” (El Capital), no por maldad individual, sino porque su lógica es expandirse hoy y trasladar la factura al mañana —y, sobre todo, a otros. Cuando Oxfam muestra que el “presupuesto” anual de carbono se consume en 10 días por el 1%, lo que aparece es la forma contemporánea de esa misma lógica: una minoría apropiándose, a velocidad de crucero, de una parte desproporcionada del derecho material a habitar el planeta.

La desigualdad climática también es desigualdad de poder. Oxfam subraya que los súper ricos y las corporaciones tienen influencia desmedida sobre políticas públicas y negociaciones, y pone un ejemplo gráfico: en la última COP realizada en Brasil, el número de lobistas de la industria fósil habría sido superior al de cualquier delegación salvo la del país anfitrión, con 1.600 asistentes. Así, la crisis no es solo de “conductas”: es de correlación de fuerzas en el diseño de las reglas.

Frente a ese cuadro, la recomendación de Oxfam no se queda en llamados genéricos a reciclar o “hacer la parte”: propone impuestos más altos a la renta y la riqueza del súper rico, un impuesto a las ganancias extraordinarias de las corporaciones fósiles (incluso estimando que una “Rich Polluter Profits Tax” sobre cientos de empresas podría recaudar cientos de miles de millones de dólares), y medidas punitivas contra jets privados y superyates. En el fondo, sugiere un giro: que la transición no se financie desde abajo, sino desde quienes más contaminan y más capturan renta en el modelo actual.

La lección política es nítida: si se trata a la crisis climática como un problema de “humanidad” sin clases, se termina pidiendo el mismo sacrificio a quien vive con lo justo y a quien decide el destino de inversiones gigantescas. Pero la evidencia apunta en dirección contraria: los grandes objetivos (1,5°C) chocan menos con la “falta de conciencia” popular que con la arquitectura de la riqueza y la propiedad. Para decirlo en lenguaje simple: no es que falte planeta; sobra privilegio fósil.

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