El Banco Central no es un fetiche ni un dogma. Es una institución imperfecta, sí, pero indispensable para estabilizar el sistema, coordinar expectativas y amortiguar shocks. Renunciar a él no reduce la discrecionalidad: la traslada desde una autoridad pública, sujeta a marcos legales y escrutinio, a un oligopolio financiero sin mandato democrático. La “banca libre” no elimina el poder; lo privatiza. Y cuando la crisis llega, porque siempre llega, quienes hoy piden menos Estado corren a exigir rescates con dinero público.
Por Editor El Despertar
La idea de eliminar el Banco Central para avanzar hacia una supuesta “banca libre” vuelve a circular como promesa de libertad económica. Se presenta como un gesto audaz contra el “estatismo”, una poda radical para desatar la creatividad del mercado. Pero detrás de ese discurso hay menos valentía que amnesia histórica y más ideología que evidencia. Abolir el Banco Central no es emancipar a la sociedad: es entregar la soberanía monetaria al poder financiero privado y exponer a la economía a ciclos de crisis más frecuentes, profundas y regresivas.
Quienes promueven la banca libre omiten un dato elemental: la historia del capitalismo previo a los bancos centrales está plagada de pánicos bancarios, quiebras en cascada y pérdidas socializadas. Sin prestamista de última instancia, la “disciplina de mercado” no castiga a los bancos; castiga a los ahorrantes, a las pymes y al empleo. La moneda —ese bien público que ordena intercambios y expectativas— se vuelve botín de quienes pueden crear crédito sin reglas comunes. La libertad que prometen es la libertad del más grande para imponer condiciones al resto.
El Banco Central no es un fetiche ni un dogma. Es una institución imperfecta, sí, pero indispensable para estabilizar el sistema, coordinar expectativas y amortiguar shocks. Renunciar a él no reduce la discrecionalidad: la traslada desde una autoridad pública —sujeta a marcos legales y escrutinio— a un oligopolio financiero sin mandato democrático. La “banca libre” no elimina el poder; lo privatiza. Y cuando la crisis llega —porque llega—, quienes hoy piden menos Estado corren a exigir rescates con dinero público.
Hay además una contradicción ética: se invoca la libertad para justificar un modelo que concentra riesgos y ganancias. Sin regulación monetaria, la competencia bancaria tiende a la cartelización, la opacidad y la captura de rentas. El crédito se encarece para los de abajo y se abarata para los grandes. La inflación y la volatilidad no desaparecen; se reparten de forma desigual. La estabilidad deja de ser un objetivo social y pasa a ser un privilegio.
La discusión real no es “Banco Central sí o no”, sino para quién y cómo opera la política monetaria. El desafío es democratizarla: mandatos claros que integren estabilidad de precios, empleo y desarrollo; coordinación con políticas fiscales y productivas; regulación macroprudencial robusta; banca pública que compita y oriente el crédito; y transparencia para que la moneda sirva a la vida y no al casino financiero. Eso es reformar instituciones para el bien común, no desmantelarlas para el lucro.
Eliminar el Banco Central no es avanzar; es retroceder a un capitalismo de pánicos recurrentes y rescates inevitables. Si de libertad se trata, la verdadera libertad es vivir sin miedo a que los ahorros se evaporen, el crédito se corte y el empleo se derrumbe por la irresponsabilidad de unos pocos. La soberanía monetaria es un pilar de la democracia económica. Entregarla a la “banca libre” no es coraje: es rendición.
