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Longueira critica el gabinete de Kast: “yogures con fecha de vencimiento” y la vieja desconfianza de la derecha hacia su propia política

Ene 21, 2026
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El exministro UDI advierte que el predominio de independientes y figuras del mundo privado revela un problema estructural: la derecha “desconfía de la derecha” y, cuando gobierna, reemplaza política por gerencia. Su pronóstico es duro: ministros de corta duración por improvisación y por falta de soporte partidario real.

Por Equipo El Despertar

Pablo Longueira, fundador de la UDI y exministro de Economía, irrumpió con una imagen que, por grosera y precisa, quedó instalada: en el gabinete anunciado por José Antonio Kast “hay varios que van a ser yogures con fecha de vencimiento”. La frase no es solo una ironía para titulares; es una acusación de fondo sobre diseño, gobernabilidad y duración política. Longueira sostiene que la conformación del equipo fue improvisada, que se cometieron “errores involuntarios” evitables y que la derecha está repitiendo una película conocida: llegar al gobierno y, en vez de apoyarse en su propia estructura política, llenarlo de “personas del mundo privado”.

Su argumento parte de una autocrítica que, viniendo de un histórico dirigente gremialista, tiene peso porque no se formula desde la izquierda sino desde el corazón de la derecha tradicional: “la derecha económica desconfía de la derecha política”. En su lectura, esa desconfianza produce un reflejo: cuando la derecha llega al poder, se “olvida” de que gobiernan políticos y recurre a ejecutivos, técnicos y figuras independientes. El resultado, advierte, ya se vio en el primer gobierno de Sebastián Piñera, y “no tuvo un buen resultado”. Es decir: no es un error ocasional, es un patrón.

Longueira acusa que “hacer bien” el gabinete era fácil y planificable, y que el problema no está en la complejidad del país sino en la manera de armar la coalición de mando: rumores, nombres instalados y retirados, costos antes de asumir. Su crítica incluye un ejemplo que grafica el desorden: calificó como “inaceptable” que se propusiera a Rodolfo Carter como ministro —y añadió que “a cualquier senador” le parecía “impresentable”—, sugiriendo que hubo tanteos que no resistían el mínimo estándar político.

Más allá de los nombres, lo que Longueira está describiendo es la fragilidad de un gobierno armado sin partidos robustos detrás. Un gabinete lleno de independientes puede sonar a “meritocracia” o “profesionalización”, pero en política eso tiene una consecuencia inmediata: cuando aparece el primer conflicto serio —seguridad, economía, crisis social, catástrofe—, los independientes quedan expuestos como fusibles. Sin partido que los sostenga, sin redes territoriales, sin disciplina parlamentaria propia, su salida se vuelve rápida y funcional. De ahí el “yogur”: ministros que se vencen por falta de cadena de frío político.

En términos materiales, la crítica de Longueira toca una contradicción típica del neoliberalismo chileno: confundir Estado con gerencia. El mundo empresarial tiende a creer que gobernar es “gestionar”, y que los problemas se resuelven con eficiencia, indicadores y decisiones rápidas. Pero el Estado es otra cosa: es conflicto social institucionalizado. Si no hay política —mediación, negociación, conducción de coaliciones, construcción de mayoría—, la tecnocracia se estrella contra la realidad.

Marx lo dijo de modo más general: el Estado moderno suele operar como administrador de los asuntos comunes del orden existente. Cuando un gobierno se arma con ejecutivos y consultores, esa función se hace visible: el Estado se parece más a una mesa de directorio que a un espacio de deliberación democrática. Y cuando eso ocurre, los partidos quedan degradados a dos roles: sostener la votación en el Congreso y pagar el costo cuando algo sale mal. Longueira, que conoce esa máquina, lo expresa sin teoría: la derecha se “olvida” de que llegó al gobierno por política, no por gerencia.

Hay otra capa: el propio Longueira está marcando una diferencia entre derecha empresarial y derecha política. La primera busca estabilidad para negocios; la segunda necesita gobernabilidad social. A veces coinciden, a veces chocan. Un gabinete dominado por independientes y ejecutivos puede entusiasmar a los grandes capitales, pero puede volverse torpe para leer la calle, procesar demandas, anticipar conflicto o administrar crisis de legitimidad. Y Chile viene precisamente de eso: un país donde el “orden” se quebró cuando la política dejó de representar y el Estado se volvió sordo.

En esa clave, la advertencia de Longueira es también una advertencia sobre el tipo de oposición que enfrentará Kast. Un gobierno sin coalición sólida puede quedar atrapado en el Parlamento, depender de acuerdos con terceros y, si además ejecuta un programa de ajuste o desregulación agresiva, provocar resistencia social sin tener músculo político para absorberla. Los “yogures” se vencen cuando el gobierno necesita tomar decisiones impopulares y no tiene quién las defienda en territorio.

El pronóstico final —“ojalá esté equivocado”— suena como deseo, pero también como sentencia. Longueira no está celebrando la diversidad del gabinete; está diciendo que sin partidos, la derecha repite su debilidad histórica: creer que puede gobernar sin política. Y en Chile, ese experimento suele terminar igual: ministros que duran poco, crisis que escalan rápido y un gobierno que, ante el primer golpe, descubre que la administración no reemplaza la conducción.

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