En Panamá, el presidente electo chileno y el mandatario boliviano sostuvieron su primera reunión formal y pusieron el foco en comercio, infraestructura y cooperación. El gesto ocurre en un momento en que La Paz vuelve a empujar corredores logísticos hacia Brasil y el Atlántico.
Por Equipo El Despertar
La relación entre Chile y Bolivia volvió a exhibir señales de deshielo político tras la reunión bilateral sostenida este jueves entre el presidente electo José Antonio Kast y el presidente boliviano Rodrigo Paz, en el marco del Foro Económico de América Latina y el Caribe organizado por CAF en Ciudad de Panamá. Al término del encuentro, ambos destacaron la necesidad de proyectar una agenda común orientada a “construir futuro” y a mejorar las condiciones de intercambio entre países vecinos.
Kast subrayó que la conversación buscó poner en valor la “frontera común” y el tránsito histórico de personas entre ambos territorios, además de reforzar la dimensión comercial. En esa línea, sostuvo que el vínculo económico es relevante y que su intención es potenciarlo, junto con mejorar infraestructura para facilitar un “mayor intercambio” y elevar el estándar de las relaciones diplomáticas, comerciales, culturales y sociales con Bolivia.
Rodrigo Paz, por su parte, calificó el encuentro como un “diálogo franco y fraterno” y reconoció el peso de los “factores históricos” que han marcado la relación chileno-boliviana, pero insistió en que el eje debe trasladarse hacia el progreso material de la población. En su declaración pública, el mandatario planteó que la prioridad de ambos Estados debe concentrarse en crecimiento, salud y educación, y en resolver desafíos presentes y futuros más que disputar únicamente el pasado.
La reunión ocurre en un contexto en que Bolivia ha buscado reposicionar su oferta logística en la región. Durante el mismo foro, Paz propuso que Chile utilice rutas y plataformas bolivianas —incluyendo “puertos territoriales” y la hidrovía Paraguay–Paraná— como alternativa para conectarse con Brasil y el Atlántico, presentándolo como un complemento regional que también involucraría a otros países del Cono Sur.
Ese giro pragmático se monta sobre una historia bilateral larga y áspera: Chile y Bolivia mantienen una relación atravesada por la mediterraneidad boliviana y una ruptura diplomática que se arrastra desde 1978, además de años de tensiones por el litigio internacional que Bolivia llevó a La Haya en la década pasada. En ese marco, el énfasis en “infraestructura” y “cooperación” aparece como una señal política de reencuadre, al menos discursivo, de la agenda binacional.
Pero el lenguaje de “integración” que suele dominar estos foros no es neutro. Cuando se habla de corredores, conectividad y comercio, muchas veces se está hablando —en términos muy concretos— de cómo circulan mercancías, capitales y proyectos extractivos (minerales, energía, agroexportación), y de quién captura el valor en esa circulación. Dicho de otro modo: la integración puede ser un puente para los pueblos, o una autopista para la acumulación, según qué intereses gobiernen el diseño de la obra y la distribución de sus beneficios.
No es casual que el debate se ordene alrededor de “competitividad”, “intercambio” y “crecimiento”, conceptos que suelen medir el éxito por el volumen del negocio y no por la calidad de vida del trabajo. En esa gramática, la frontera se vuelve flexible para los flujos comerciales, pero tiende a endurecerse para las personas, especialmente para quienes migran empujados por la desigualdad. Y en esa contradicción late una vieja observación marxista: la burguesía “crea un mercado mundial” y reordena territorios según la necesidad de expansión del capital, no según el bienestar de las mayorías.
Con todo, el diálogo Chile–Bolivia también toca una dimensión social ineludible: la vida cotidiana de miles de trabajadores bolivianos en Chile y de familias que sostienen economías fronterizas reales, no solo estadísticas de comercio. Si el nuevo ciclo bilateral quiere ser algo más que una foto de foro, la cooperación no debiera quedarse en aduanas y carreteras: debiera aterrizar en derechos laborales, regularización sin abuso, acceso a servicios, y una política fronteriza que no convierta a la migración en chivo expiatorio mientras se celebra la libre circulación de la mercancía.
En las próximas semanas, el termómetro será doble: si esta retórica se traduce en gestos diplomáticos sostenidos (y no solo en declaraciones), y si la “construcción de futuro” prometida se formula desde abajo —con garantías sociales— o queda capturada por la lógica clásica de la región: grandes anuncios de integración que, en la práctica, terminan integrando sobre todo a los negocios.
