Si el socialismo no funciona, si Cuba constituye un proyecto fallido, ¿por qué no la dejan desplomarse por su propio peso?, ¿por qué esta persistencia en el cerco económico, tecnológico y diplomático, sostenido durante décadas y actualizado una y otra vez?. No es posible entenderlo sin pensar en la posición riesgosa y decadente de Estados Unidos frente al mundo.
Por Valeria Palomera Riquelme
En los últimos días, Donald Trump declaró “emergencia nacional” la situación en Cuba y delegó en el senador Marco Rubio la facultad de imponer represalias económicas a cualquier país que mantenga vínculos comerciales con la isla. Esto significa una profundización del bloqueo, persecución financiera y castigo extraterritorial que da cuenta como para el imperialismo, Cuba continúa siendo un problema no resuelto.
Si la isla estuviera derrotada, no habría necesidad de recrudecer la asfixia. Ya decía Rene Greenwald (oficial de la CIA): “La guerra contra la dirección histórica de la revolución la hemos perdido, pero no debemos esperar a que la naturaleza haga lo suyo; nuestras acciones deben dirigirse contra los nietos de la revolución”. Más pareciera que no logran captar que la trasmisión de la moral de la soberanía y el antiimperialismo en las raíces del pueblo cubano que se traducen en los actos más cotidianos en la isla es algo incapturable.
Si el socialismo no funciona, si Cuba constituye un proyecto fallido, ¿por qué no la dejan desplomarse por su propio peso?, ¿por qué esta persistencia en el cerco económico, tecnológico y diplomático, sostenido durante décadas y actualizado una y otra vez?. No es posible entenderlo sin pensar en la posición riesgosa y decadente de Estados Unidos frente al mundo.
Lenin plantea en “El imperialismo, fase superior del capitalismo” que cuando el capital alcanza su fase monopólica, la expansión deja de ser una alternativa entre otras y se convierte en una exigencia estructural. El imperialismo es la forma histórica concreta cuando la acumulación ya no puede sostenerse dentro de los márgenes nacionales.
La guerra arancelaria es eso, la agudización de las contradicciones del capitalismo que sólo puede seguir liberalizando y protegiendo el monopolio interno si se apodera del intercambio externo. Mientras tanto, hemos visto que Cuba ha escogido la alternativa de sobreponerse a la carencia, defendiendo la única solución posible: el socialismo y la apuesta por vivir independiente del salario.
Marx había advertido previamente que el capitalismo enfrenta sus crisis mediante la destrucción de fuerzas productivas. Esta destrucción no se limita a fábricas o infraestructuras, sino que alcanza a pueblos, Estados y capacidades sociales completas. Es nada más ni nada menos que un mecanismo de regulación con costo de despojo de tierras y desgarro humano, así que quienes presentan la situación cubana prescindiendo del bloqueo -como si la escasez fuera un defecto moral o una falla administrativa- ocultan
pervirtiendo la realidad deliberadamente, acomodados desde el privilegio eligiendo la ceguera histórica de más de 6 décadas de asedio.
A pesar de un cerco prolongado y deliberado, Cuba sigue. Y no ha caído porque su reproducción social no descansa en el mercado ni en la lógica de la rentabilidad. La vida cotidiana en la isla se sostiene sobre una planificación estatal que, incluso en condiciones extremas, garantiza mínimos materiales universales: salud, educación, vivienda básica, alimentación regulada. No es una economía eficiente bajo los parámetros del capital; es algo distinto y, para el imperialismo, mucho más peligroso, es una sociedad que prioriza la cohesión social, la redistribución y la sobrevivencia colectiva por sobre la ganancia.
El Estado cubano es un articulador de la vida social por lo que defender la patria tendrá respuesta desde las fuerzas armadas hasta los círculos de pioneros (infancias de la isla). La democracia cubana se asienta sobre una arquitectura política que el capitalismo no puede digerir porque prescinde del dinero como mediador del poder. Desde las asambleas de nominación de base (donde cualquier vecino puede proponer y debatir candidaturas sin partidos ni financiamiento privado) hasta los delegados municipales, provinciales y la Asamblea Nacional del Poder Popular, el sistema se construye de abajo hacia arriba, con
mandatos revocables y rendición de cuentas que son periódicas.
A ello se suma una red densa de organizaciones sociales y de masas, tales como: Comités de Defensa de la Revolución, Central de Trabajadores de Cuba, Federación de Mujeres Cubanas, organizaciones estudiantiles, escuelas de pioneros, comedores comunitarios, etc; que operan como espacios permanentes de participación y vida en común. Procesos como el cambio constitucional del año 2019 o el Código de las Familias involucraron consultas populares masivas, con millones de personas discutiendo contenidos concretos, algo impensable en democracias donde la ciudadanía es convocada únicamente a ratificar decisiones ya tomadas. Esta densidad organizativa explica por qué la guerra económica no
logra fracturar completamente el tejido social: en Cuba, la política se vive como responsabilidad colectiva, no se delega.
Los resultados sociales de este modelo han sido reconocidos de forma reiterada por organismos internacionales, incluso bajo bloqueo. En salud, la esperanza de vida se mantiene históricamente en torno a los 78–79 años, comparable a países desarrollados; la mortalidad infantil ha sido durante décadas una de las más bajas del continente- alrededor de los 7 por mil nacidos vivos, con años incluso inferiores- según datos de la OMS y la OPS; sumando que Cuba sostiene una de las tasas de médicos por habitante más altas del mundo, con 8 a 9 médicos por cada mil personas, aproximadamente. El sistema de atención primaria cubre prácticamente la totalidad del territorio nacional, con el modelo del médico y la enfermera de la familia como columna vertebral de una política sanitaria preventiva.
En salud mental -ámbito sistemáticamente relegado o mercantilizado en el debate neoliberal- Cuba destaca por su enfoque comunitario y público. El país cuenta con una Red Nacional de Salud Mental integrada al sistema general de salud, que garantiza atención gratuita en psiquiatría, psicología y trabajo social desde el primer nivel de atención. De acuerdo con la OPS, Cuba presenta una de las tasas más bajas de trastornos mentales “no tratados” en la región, precisamente porque el acceso no depende del ingreso de cada persona.
Los programas de prevención del suicidio, atención a adicciones y acompañamiento psicosocial están presentes en todos los municipios, con énfasis en infancias, adolescencias y personas mayores. Allí donde el capitalismo convierte el sufrimiento psíquico en negocio, Cuba lo asume como responsabilidad colectiva. Aún así, me pregunto: ¿qué tan omnipotentes podemos seguir siendo para medir desde la insatisfacción diaria de la desigualdad si los cubanos viven plenamente o no? Algo de pudor, en Chile el suicidio adolescente marca más que los homicidios.
En educación y cultura, la UNESCO reconoció a Cuba por erradicar el analfabetismo desde los años sesenta y por sostener niveles de alfabetización y escolarización cercanos al 100%. La educación superior es gratuita y accesible, siendo uno de los país que exhibe una de las mayores tasas de profesionales per cápita en América Latina. En el ámbito cultural, la producción cubana en cine, música, literatura y artes escénicas, ha recibido numerosos premios internacionales, siendo varios de sus bienes y tradiciones, inscritos como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.
En ciencia y biotecnología, Cuba desarrolló un sector estatal de investigación que ha producido vacunas, medicamentos y tratamientos innovadores, incluidos avances propios en oncología y vacunas contra la COVID-19, reconocidos y utilizados internacionalmente. Todo esto bajo un cerco financiero, comercial y tecnológico que haría colapsar a la mayoría de los países dependientes. Ese dato, por sí solo, debería cerrar cualquier debate honesto.
La organización política cubana tampoco es una abstracción ideológica. Se estructura territorialmente a partir de asambleas de base, nominación directa de candidatos, mecanismos de rendición de cuentas y organizaciones sociales integradas al Estado, sin ninguna subordinación al financiamiento privado. No existen campañas millonarias ni competencia mediática orientada por el dinero; por esa misma razón, el poder no queda capturado por intereses empresariales. Este esquema no responde a los cánones de la democracia liberal, y es justamente allí donde radica su principal conflicto con el orden dominante.
La relación de Cuba con Chile es otra gran dimensión que suele omitirse. La isla nos ha ofrecido solidaridad concreta, no retórica: médicos cuando el Estado no llegaba, formación cuando el mercado no ofrecía alternativas, refugio cuando aquí hubo dictadura. Mientras Estados Unidos dirigía la dictadura de Pinochet, Cuba acompañaba en la resistencia. Esa memoria es incómoda para quienes saludan y solidarizan a distancia, cantando “Playa Girón” de nuestro gran Silvio, sin comprender en absoluto materialmente, que la consigna fue y sigue siendo “Patria o Muerte”.
En Chile se repite con alarmante ligereza que Cuba no es una democracia. Esa afirmación circula en sectores que con descaro se autodenominan “socialistas democráticos”: los que aceptaron el modelo heredado de Pinochet, quienes naturalizaron la mercantilización de la vida y que hoy pretenden evaluar la política con los mismos indicadores neoliberales de derroche y consumo desmedido. Rara vez se detienen a observar cómo funciona efectivamente la sociedad cubana, puesto que hacerlo implicaría reconocer que existen otras formas posibles de organizar lo social y que el problema no es su inviabilidad, sino su incompatibilidad con el orden vigente.
Si el capital requiere destruir países, economías y vidas humanas para seguir generando utilidad, la cuestión de fondo no es si Cuba “funciona”, sino qué tipo de sistema necesita recurrir de manera permanente a la devastación para reproducirse. Resulta significativo que para preservar el orden existente, sea necesario amenazar sistemáticamente a los procesos que ensayan otras formas de desarrollo.
Frente a ese panorama, se vuelve urgente la integración de los pueblos de América, el “Che” decía que había que crear muchos Vietnam, fascinado con su lucha de emancipación. Pero preocupado de su soledad, llamaba a todos a solidarizarse con ellos, catalogando al imperio norteamericano como el mayor enemigo del género humano, sin distinción.
Desde Chile toda la indignación con quienes han impartido los exterminios en Nuestra América y el mundo. Toda la disposición para la defensa de Cuba. Toda la admiración al heroico pueblo martiano que sigue encendiendo antorchas en medio de la oscuridad injerencista.
