Jue. Feb 5th, 2026

La falsa sorpresa ante Kast y su proyecto ideológico

Feb 5, 2026

Cuando Kast habla de combatir el feminismo o el ambientalismo, no improvisa ni se adapta a una moda internacional. Reitera lo que ha sostenido desde sus primeras apariciones públicas, cuando cuestionó los avances en derechos sexuales y reproductivos, relativizó la violencia patriarcal o negó legitimidad política a las demandas de los pueblos originarios.

Por Editor El Despertar

Por años, José Antonio Kast ha sido presentado, por él mismo y por sectores de la prensa, como una suerte de “derecha valórica”: dura en el discurso pero pragmática en el ejercicio del poder. Sin embargo, su reciente intervención en Bruselas vuelve a dejar algo en evidencia: no estamos frente a una radicalización repentina, sino ante la expresión descarnada de una ideología que nunca estuvo oculta. La incomodidad que hoy manifiestan sectores de la derecha liberal y ciertos medios frente a sus palabras dice más de ellos que del propio Kast. Lo que sorprende no es Kast; lo que sorprende es que aún haya quienes digan sorprenderse.

Cuando el líder republicano habla de “batalla cultural” y señala al feminismo, al ambientalismo o al indigenismo como amenazas, no está rompiendo con su pasado, sino reafirmándolo. En su intervención en la VII Cumbre Transatlántica en Bruselas no habló de valores en abstracto, sino que apuntó directamente contra lo que denominó los “ismos” de la izquierda: feminismo ideológico, ambientalismo extremo, indigenismo radical. Esto no es una expresión accidental ni una estrategia coyuntural. Es la reafirmación de una matriz ideológica conservadora y reaccionaria que siempre ha estado en el centro de su proyecto político.

Cuando Kast habla de combatir el feminismo o el ambientalismo, no improvisa ni se adapta a una moda internacional. Reitera lo que ha sostenido desde sus primeras apariciones públicas, cuando cuestionó los avances en derechos sexuales y reproductivos, relativizó la violencia patriarcal o negó legitimidad política a las demandas de los pueblos originarios. Durante años ha insistido en que el feminismo amenaza el orden social, que las demandas ambientales entorpecen el crecimiento económico y que el reconocimiento de los pueblos indígenas pone en riesgo la unidad nacional. Nada de eso es nuevo, y sin embargo, parte de la prensa empresarial lo narra como si se tratara de un giro inesperado. No lo es: es la profundización de una línea política conservadora y regresiva ya conocida.

Otra de las claves de su discurso es la insistencia en la tríada “orden, seguridad y libertad”, conceptos que Kast utiliza de forma selectiva. En su lenguaje, la libertad no es un derecho colectivo, sino un privilegio condicionado a la obediencia; y el orden no es convivencia democrática, sino disciplina social. Esto ya lo vimos cuando defendió el actuar represivo del Estado durante la revuelta popular, relativizó violaciones a los derechos humanos o insistió en que el problema de Chile no era la desigualdad, sino la “falta de autoridad”. Su discurso en Europa solo exporta esa misma lógica: más control, menos derechos; más mercado, menos democracia.

Que Kast invoque a Jaime Guzmán en foros internacionales tampoco es anecdótico. Es una señal política clara. Guzmán fue el arquitecto ideológico de la Constitución de la dictadura, defensor de una democracia tutelada y promotor de un modelo donde el mercado se sitúa por sobre la soberanía popular. Cuando Kast lo reivindica, no está citando historia: está delineando proyecto. Está diciendo que su horizonte político no es profundizar la democracia, sino restaurar una visión autoritaria del poder donde los cambios sociales son vistos como amenazas.

Lo curioso es que algunos sectores de la derecha liberal y ciertos medios se declaren hoy inquietos. Pero esa inquietud no nace de una diferencia ética profunda, sino del temor a que Kast diga en voz alta lo que muchos prefirieron administrar en silencio. Durante años, esa misma derecha se benefició de su discurso duro para correr el eje político hacia posiciones más conservadoras mientras mantenía una fachada moderada. Hoy, cuando Kast deja de hablar solo a su base y articula una red ideológica internacional, esa convivencia se vuelve incómoda. No hay engaño: hay corresponsabilidad.

La llamada “batalla cultural” no es una metáfora retórica. Es una disputa real por el sentido común, por los derechos conquistados, por el rol del Estado y por el tipo de democracia que queremos construir. Kast no está debatiendo ideas en abstracto: está proponiendo un retroceso civilizatorio donde las diversidades, el feminismo, el ambientalismo y la justicia social son tratados como enemigos internos. Cuando plantea esta confrontación, activa una lógica que no solo polariza, sino que socava las bases de políticas públicas orientadas a mayor justicia social.

José Antonio Kast no ha cambiado. Ha dejado de disimular. Y la sorpresa mediática no es ingenua: refleja a una élite que prefirió mirar hacia el lado mientras el autoritarismo se vestía de orden y la exclusión se disfrazaba de libertad. Hoy, cuando el disfraz cae, ya no basta con declararse inquietos, es tiempo que la derecha empresarial y sus medios de comunicación se hagan cargo del proyecto que ayudaron a legitimar. La disputa no es meramente retórica: es por el proyecto de sociedad que queremos construir en Chile. 

Agregar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *