La segunda vuelta dejó una victoria amplia del socialista António José Seguro, sobre el líder de Chega, André Ventura, en una jornada marcada por el temporal Marta y con votaciones aplazadas en algunas zonas. El resultado opera como dique institucional ante la ultraderecha, pero no cierra el ciclo de malestar social que la empujó a segunda vuelta.
Por Equipo El despertar
Portugal eligió este domingo a su próximo jefe de Estado con una señal política nítida: El Socialista António José Seguro se impuso con holgura en la segunda vuelta presidencial, superando el 66% de los votos y dejando a André Ventura, líder del partido ultraderechista Chega, en torno al 33%.
El triunfo no fue estrecho ni dependió de un puñado de distritos: Seguro se impuso con márgenes amplios en los grandes centros urbanos y, de acuerdo con reportes de prensa portuguesa, alcanzó un volumen de sufragios récord (más de 3,4 millones) para una presidencial en el país, un dato simbólico en una elección donde la “barrera democrática” contra Chega se volvió el eje del balotaje.
Una elección con temporal y votaciones aplazadas
La jornada no estuvo exenta de contingencias: el temporal Marta afectó el normal desarrollo de la votación y derivó en aplazamientos en algunas circunscripciones/parroquias, según distintos balances publicados por medios portugueses y europeos. Aun así, el universo de votantes involucrado fue acotado y, por el tamaño de la ventaja, no se esperaba que alterara el resultado político de fondo.
En paralelo, el dato de participación volvió a mostrar una fractura habitual en democracias europeas: la abstención rondó el 50% en el agregado nacional, reforzando una lectura incómoda para el “centro amplio”: se puede ganar con contundencia y, al mismo tiempo, convivir con una fatiga cívica estructural.
Del “candidato de consenso” al voto útil
Seguro llegó al balotaje tras liderar la primera vuelta, donde también quedó en evidencia el salto de Ventura: el líder de Chega pasó a segunda vuelta tras cosechar 23,52% en esa etapa.
Para la segunda vuelta, la dinámica fue clara: sectores de izquierda y centroderecha confluyeron en torno a Seguro para impedir que la presidencia, aunque limitada, se convirtiera en una plataforma de legitimación para el proyecto de Chega. De hecho, incluso la campaña y la cobertura mediática se organizaron alrededor de un eje “continuismo vs. terremoto político”, con Ventura buscando presentarse como el “quiebre” y Seguro como el resguardo institucional.
Ventura, por su parte, reconoció la derrota, pero enmarcó el resultado como un paso en una estrategia mayor: consolidar liderazgo en la derecha con la mira puesta en futuras elecciones.
Por qué importa la presidencia si Portugal es parlamentario
Aunque Portugal es una democracia parlamentaria y el gobierno del día a día lo encabeza el primer ministro, la presidencia no es decorativa. La Constitución otorga al Presidente de la República facultades como promulgar o vetar decretos, y también disolver la Asamblea bajo ciertas condiciones, además de un rol clave en nombramientos y en el arbitraje político en momentos de crisis.
Por eso, más allá del “poco poder ejecutivo” del cargo, el temor a una presidencia utilizada como ariete político —con vetos, crisis institucionales o presión permanente sobre el Parlamento— fue parte central de la movilización “anti-Chega” en la segunda vuelta.
Lectura de fondo: dique institucional y conflicto social abierto
El triunfo de Seguro refuerza un patrón ya visto en Europa en los últimos años: cuando la ultraderecha alcanza umbrales competitivos, se activa un cordón sanitario electoral que mezcla convicción democrática, miedo a la inestabilidad y cálculo estratégico. En lo inmediato, ese cordón funciona: frena el acceso al cargo y reduce el riesgo de una “captura” simbólica de la jefatura de Estado por parte de fuerzas que proponen recortar derechos o escalar guerras culturales.
Pero el propio tamaño del voto de Ventura en la primera vuelta y su resultado final en el balotaje deja otra señal: no se trata de una anomalía marginal, sino de una fuerza social con anclaje real, alimentada por precariedades materiales, desconfianza en las élites y el desgaste de políticas percibidas como incapaces de garantizar vivienda, seguridad económica y futuro. En otras palabras: la elección puede cerrar una puerta institucional, pero no cierra el conflicto que empujó a millones a votar por la puerta.
En términos de economía política —sin necesidad de consignas— el resultado sugiere una tensión típica: la “unidad democrática” se construye muchas veces como alianza defensiva para preservar el orden institucional, incluso cuando ese orden produce (o no corrige) desigualdades que erosionan la legitimidad. En una frase que suele volver en momentos como este, Marx y Engels advertían que el Estado moderno opera como un “comité” de gestión de los intereses dominantes ( Manifiesto del Partido Comunista, cap. I): esa percepción, real o exagerada, es terreno fértil para outsiders autoritarios que prometen “castigar” al sistema sin necesariamente tocar las raíces materiales del malestar.
Lo que viene: instalación y prueba de gobernabilidad
Con la elección despejada, el foco pasa a la transición y al papel de Seguro como figura de estabilización. Según reportes en Portugal, la asunción del nuevo presidente se proyecta para marzo, cuando finaliza el mandato del actual jefe de Estado.
La pregunta de corto plazo no es solo qué hará Seguro con las herramientas formales de la presidencia, sino si el “frente amplio” que lo llevó a la victoria será capaz de traducir el freno a la ultraderecha en políticas que reduzcan el malestar social y avancen hacia una transformación profunda de la forma de organización social del país, o si la victoria quedará en lo simbólico, y el malestar seguirá creciendo, dejando intacto el combustible que Chega ya demostró saber encender.
