El bloqueo, o más bien el asedio económico, no sólo busca destruir la economía cubana, sino también quebrar la moral de su pueblo. Se trata de una estrategia de guerra encubierta, que busca rendir por hambre lo que no pudieron derrotar ni con balas ni con sabotajes. Como bien denunció Fidel, es un genocidio silencioso, disfrazado de legalidad, sostenido por la mafia del dólar y la complicidad de organismos internacionales que, con honrosas excepciones, guardan un silencio vergonzoso ante esta agresión permanente.
Por Daniel Jadue
En un mundo que se desgarra diariamente por guerras, injusticias y desigualdades fabricadas en los escritorios del capital transnacional, el caso de Cuba destaca como una herida abierta, sostenida con perversidad por el imperio más poderoso del planeta. El bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos contra la isla desde hace más de seis décadas es, lisa y llanamente, un crimen de lesa humanidad, un acto brutal que viola todos los principios del derecho internacional y que se sostiene sobre la base de la mentira y la hipocresía mundial.
¿Cómo es posible que un país como Estados Unidos, que se autoproclama defensor de la libertad, la democracia y los derechos humanos, mantenga un cerco que impide el acceso a alimentos, medicamentos, tecnología y recursos básicos a un pueblo entero? La respuesta es sencilla: porque Cuba no se arrodilló. Porque eligió un camino soberano, socialista y solidario. Porque se atrevió a construir dignidad en las narices del imperio.
El bloqueo, o más bien el asedio económico, no sólo busca destruir la economía cubana, sino también quebrar la moral de su pueblo. Se trata de una estrategia de guerra encubierta, que busca rendir por hambre lo que no pudieron derrotar ni con balas ni con sabotajes. Como bien denunció Fidel, es un genocidio silencioso, disfrazado de legalidad, sostenido por la mafia del dólar y la complicidad de organismos internacionales que, con honrosas excepciones, guardan un silencio vergonzoso ante esta agresión permanente.
Año tras año, la Asamblea General de las Naciones Unidas vota casi por unanimidad contra el bloqueo. Y año tras año, Estados Unidos y su lacayo israelí votan en contra, como si el mundo entero no importara. ¿Qué valor tiene entonces el derecho internacional, si el poder económico puede pisotearlo sin consecuencias? Esta es la gran hipocresía del sistema-mundo capitalista: los derechos humanos valen sólo cuando sirven al interés del capital; la soberanía es respetada sólo cuando no amenaza los negocios del imperialismo.
El pretexto del “autoritarismo” cubano no resiste el menor análisis. ¿Qué autoridad moral tiene Estados Unidos, que financia dictaduras, bombardea pueblos, encarcela niños migrantes, financia genocidios y permite que su policía dispare a matar por el color de la piel? El bloqueo no busca democracia, EEUU no la ha buscado nunca en ninguna parte del planeta: busca mercados para el Capital Transnacional. No quiere libertad, pues no le interesa ni le ha interesado jamás: quiere obediencia. No defiende derechos porque ha sido siempre uno de los principales violadores de DDHH en el mundo: defiende ganancias.
Hoy, en tiempos de crisis climática, pandemia global, inflación y colapso social en tantas partes del mundo, el ejemplo de Cuba, su resistencia heroica, su capacidad de compartir lo poco que tiene con otros pueblos, es una bofetada a la lógica del capital. Cuba envía médicos mientras el Norte envía armas. Cuba alfabetiza mientras otros endeudan. Cuba insiste en la dignidad mientras otros normalizan la esclavitud moderna.
Como latinoamericanos, como pueblos del Sur, como personas con mínima ética, tenemos el deber ineludible de levantar la voz y denunciar este crimen. No basta con solidarizarse en lo simbólico: debemos exigir el fin inmediato del bloqueo, desenmascarar sus mentiras, construir relaciones de cooperación con Cuba desde nuestros gobiernos locales y nacionales, y boicotear las políticas del imperio allí donde podamos.
Cuba no está sola. No puede estarlo. Porque cuando un pueblo resiste como resiste Cuba, lo que está en juego no es sólo su destino, sino el de toda la humanidad que sueña con otro mundo posible. Un mundo sin imperios, sin bloqueos, sin hambre impuesta como castigo político.
¡Abajo el bloqueo! ¡Viva Cuba socialista!
