Volver a Brecht no es un gesto académico ni un homenaje vacío, sino una necesidad política en tiempos atravesados por guerras, crisis económicas y el avance de proyectos reaccionarios alrededor del mundo, donde la izquierda pareciera no constituirse como alternativa real de poder. Frente a este escenario, el arte no puede limitarse a la representación del desastre; debe contribuir a imaginar y hacer visibles alternativas a la barbarie.
Por Javier Lorca.
El día de ayer, 10 de febrero, conmemoramos un nuevo natalicio de Bertolt Brecht, el dramaturgo y poeta alemán marxista que revolucionó la escena teatral. Brecht nos dejó herramientas para pensar el arte en el siglo XXI observando el orden actual de cosas en la geopolítica mundial.
Muchas veces, al intentar actualizar su legado, se omite su pensamiento marxista. Sin embargo, no es posible explicar su influencia en el teatro sin detenerse en ese ámbito central de su vida. Su propuesta estética no fue neutral ni meramente técnica: fue una intervención consciente en la lucha ideológica de su tiempo.
Volver a Brecht no es un gesto académico ni un homenaje vacío, sino una necesidad política en tiempos atravesados por guerras, crisis económicas y el avance de proyectos reaccionarios alrededor del mundo, donde la izquierda pareciera no constituirse como alternativa real de poder. Frente a este escenario, el arte no puede limitarse a la representación del desastre; debe contribuir a imaginar y hacer visibles alternativas a la barbarie.
En la última década, el arte en Chile ha respondido —con razón— a urgencias de memoria y a procesos individuales marcados por la precarización estructural del campo cultural. Sin embargo, muchas veces esa respuesta ha quedado encapsulada en relatos fragmentarios o en proyectos que, aunque críticos, no logran articular una perspectiva colectiva capaz de disputar sentido a nivel social.
Al igual que en las últimas elecciones presidenciales, el arte -a la par de la izquierda- ha acotado su imaginación política en los marcos de discusión que impone la ultraderecha. Para disputar el futuro es necesario desbordar esos límites. Como señaló Brecht: “el arte no es un espejo que muestra la realidad, sino un martillo para darle forma”.
Mientras no comprendamos y asumamos con responsabilidad la potencialidad del arte en la conformación del sentido común, solo seremos un espejo que apenas refleja anhelos individuales. El desafío es ser el martillo que ayude a darle forma a ese proyecto histórico de transformación social.
En definitiva, Brecht encarna en su práctica una comprensión dialéctica del arte: intervenir en la conciencia, disputar el lenguaje y tensionar el sentido común dominante. Si hoy los artistas renunciamos a dar la lucha por las ficciones posibles —por las imágenes de futuro— renunciamos también a la posibilidad de transformar la realidad.
