El Indicador Mensual de Actividad Económica (Imacec) de enero, que registró una contracción del 0,1% anual —el peor dato desde junio de 2024—, no es una “sorpresa” meteorológica ni un “mal arranque” circunstancial, como repite la prensa del establishment. Es la expresión numérica de las contradicciones inherentes al capitalismo dependiente chileno: mientras la producción de bienes se desploma un 1,5% por la crisis del extractivismo y la desindustrialización, los servicios intentan sostener un modelo que profundiza la desigualdad y la precarización laboral. La “recuperación” desestacionalizada que celebra el Banco Central no es más que la respiración artificial de una economía que, para una minoría, sigue siendo un buen negocio, mientras para la mayoría de la clase trabajadora se traduce en más inestabilidad y menores perspectivas.
Por equipo El Despertar
La publicación del Banco Central esta mañana debería leerse no como una cifra aislada, sino como un síntoma de la enfermedad crónica que aqueja a la economía chilena. El 0,1% negativo en doce meses, que contrasta brutalmente con las expectativas del mercado que auguraban un 1% de expansión, es el reflejo de un modelo de acumulación que ha tocado sus límites históricos. El instituto emisor explica que el resultado se debió a la caída de la producción de bienes (-1,5% anual), parcialmente compensada por el desempeño de los servicios (+1,4% anual). Esta fotografía sectorial es, en realidad, una radiografía de clase.
El derrumbe de la producción: la base material que se erosiona
La caída del 1,5% en la producción de bienes no es un accidente estadístico. Detrás de esta cifra se esconde la crisis del sector minero —con el cobre enfrentando precios volátiles y leyes decrecientes— y el continuo achicamiento de la industria manufacturera nacional. La “producción de bienes”, en el lenguaje del Banco Central, abarca desde la gran minería hasta las pequeñas fábricas que no logran competir en un mercado abierto y financiarizado. Como señalara Karl Marx en El Capital, “la acumulación capitalista produce constantemente, y en proporción a su energía y a su extensión, una población obrera relativamente excedentaria”. Esa “población excedentaria” hoy se traduce en desempleo, subcontratación y empobrecimiento en los sectores productivos, mientras el capital busca refugio en áreas de menor inversión y mayor rentabilidad especulativa.
El Imacec minero y no minero muestra matices, pero no engaña: el núcleo duro de la economía real, el que produce valores de uso concretos, está en retroceso. El 0% de variación anual del Imacec no minero es una señal de alarma que los analistas del régimen prefieren mirar de reojo, concentrados como están en las cifras desestacionalizadas que “mejoran” 0,2% respecto al mes anterior. Es el clásico espejismo estadístico que pretende ocultar la tendencia de fondo con variaciones mensuales irrelevantes para la vida de las mayorías.
El auge de los servicios: el refugio del capital y la precarización del trabajo
En la vereda opuesta, los servicios crecen un 1,4% anual, impulsados especialmente por los “servicios personales, en particular de salud”. Aquí hay una clave fundamental para entender el capitalismo chileno contemporáneo: la crisis de la producción no significa crisis del capital, sino su reubicación en esferas donde la explotación puede ser aún más intensa. La salud privada, las Isapres, las clínicas, los servicios financieros y tecnológicos son hoy los sectores que mantienen a flote un modelo que, sin embargo, no genera empleo de calidad ni distribuye riqueza.
Este crecimiento de los servicios es la otra cara de la desindustrialización. El capital, al no encontrar condiciones rentables en la producción de bienes —por la propia dinámica de la competencia internacional y la dependencia tecnológica—, se vuelca a la especulación y a la mercantilización de derechos básicos como la salud y la educación. Es el triunfo del capital financiero y de servicios sobre el capital productivo, un fenómeno que el marxismo contemporáneo, a través de autores como David Harvey, ha identificado como una característica del capitalismo en su fase neoliberal avanzada: la financiarización de la vida cotidiana.
Mientras tanto, el comercio —que creció apenas 0,4% anual— muestra en sus cifras desestacionalizadas una contracción del 0,1% mensual, arrastrado por el comercio mayorista. Esto indica que el consumo interno, motor artificial de la economía en tiempos de bonanza, también comienza a dar señales de agotamiento. Los hogares chilenos, ahogados por el endeudamiento y el estancamiento salarial, ya no pueden sostener la ficción del “milagro chileno”.
Un enero con un día hábil menos: la coartada perfecta
El propio Banco Central introduce un dato que la prensa hegemónica repite como justificación: “El mes registró un día hábil menos que enero de 2025”. Es la coartada perfecta para relativizar la caída. Sin embargo, esta explicación tecnocrática oculta que la estructura productiva chilena es tan frágil que un solo día hábil puede inclinar la balanza hacia el negativo. Una economía sólida, con base industrial diversificada y soberanía productiva, no depende del calendario para mantener su crecimiento. Una economía dependiente, sí.
La “sorpresa” de los analistas, que esperaban un 1% de crecimiento y se encontraron con un -0,1%, revela también el divorcio entre las proyecciones de la burguesía y la realidad material. Las expectativas del mercado son, en el fondo, el deseo de la clase dominante de que el modelo siga rindiendo frutos. Pero la realidad se impone: el estallido social de 2019, la pandemia, el proceso constituyente fallido y la actual crisis de legitimidad política han erosionado las bases de la acumulación. La “recuperación” post-pandemia fue un espejismo de consumo reprimido y ayudas estatales que ya se disipó.
Perspectivas: más ajuste, menos futuro
Frente a este panorama, las recetas que se avecinan desde el establishment son predecibles: más ajuste fiscal, más flexibilización laboral, más concesiones al gran capital para “reactivar la inversión”. El ministro de Hacienda, Mario Marcel, y el equipo económico del gobierno de Gabriel Boric, atrapados en la ortodoxia fiscal, no ofrecerán soluciones estructurales. Su programa se limita a administrar la crisis con responsabilidad macroeconómica, es decir, garantizando el pago de la deuda externa y la “confianza de los inversionistas” a costa del bienestar popular.
La clase trabajadora chilena, mientras tanto, observa cómo el futuro se cierra. La caída de la producción de bienes significa menos empleos industriales y mineros. El crecimiento de los servicios significa más trabajo precarizado, sin derechos, sin sindicatos, sin estabilidad. El 0,1% negativo es apenas la punta del iceberg de una economía que, para seguir siendo rentable para unos pocos, necesita condenar a la mayoría a la incertidumbre permanente. En este enero frío, la economía chilena no solo cayó 0,1%; cayó la máscara del modelo, dejando al descubierto su verdadero rostro: el de un capitalismo dependiente, desigual y cada vez más incapaz de satisfacer las necesidades de su pueblo.
