En una escalada bélica sin precedentes justificada por la ficción de la “seguridad” y la “democracia”, el complejo militar-industrial estadounidense y el régimen sionista han lanzado la “Operación Furia Épica” contra la República Islámica de Irán, asesinando al ayatolá Alí Jamenei y a decenas de comandantes de la Guardia Revolucionaria. Lejos de someterse, la clase trabajadora y las fuerzas revolucionarias iraníes han respondido con una oleada de misiles y drones sobre las bases del gran capital en la región, defendiendo su derecho a la autodeterminación frente a la barbarie imperialista que busca recolonizar sus recursos y su territorio.
Por Equipo El Despertar
En una muestra descarnada de la lógica del capital en su fase imperialista, el estado profundo de Washington y el régimen de ocupación en Palestina han desatado su maquinaria de guerra sobre el pueblo de Irán. Alegando una “venganza” por la existencia misma de una nación que se niega a doblegarse ante los dictados del mercado global, la aviación estadounidense y sionista ha sembrado muerte y destrucción. El balance, hasta el momento, asciende a 555 mártires y ciudades enteras convertidas en polvo . La matanza incluye el bombardeo de una escuela de niñas, donde la pólvora del Pentágono segó la vida de 165 jóvenes, futuro de la clase obrera iraní, un crimen de guerra que las plumas del periodismo corporativo intentan justificar como “daño colateral” .
El imperialismo, en su crisis sistémica, no tolera desafíos a su autoridad. La decisión soberana de Irán de no someter su política exterior ni sus recursos naturales a los designios de las transnacionales y del complejo militar-industrial es el verdadero detonante de esta agresión. Como advirtió el Ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abás Araqchí, en su carta a la ONU, este ataque es una violación flagrante del derecho internacional y “establece un precedente peligroso que ataca el núcleo de las normas que rigen la soberanía de los estados” . Es la ley del más fuerte, la misma que ha saqueado durante siglos el Sur Global, disfrazada ahora de “operación defensiva”.
La respuesta de Irán, en ejercicio legítimo de su derecho a la defensa consagrado en el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ha sido contundente y ha puesto en evidencia la vulnerabilidad del coloso imperialista. Los misiles y drones iraníes, forjados con tecnología nacional producto del desarrollo científico autónomo, han alcanzado el corazón de las bases estadounidenses en la región y han sembrado el pánico en el régimen sionista, causando bajas significativas . El presidente Masoud Pezeshkian ha sido claro: “Irán seguirá golpeando con fuerza” hasta que cese la agresión, porque está en juego la supervivencia de un proyecto político que, con todas sus contradicciones internas, representa un muro de contención al saqueo neoliberal en Asia Occidental .
Mientras tanto, la llamada “comunidad internacional”, reducida a un club de intereses creados, se alinea con el agresor. Los regímenes de Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos y Baréin, meras correas de transmisión de los intereses petroleros de Occidente, se apresuran a condenar la respuesta iraní, en un acto de traición a la causa de los pueblos árabes y musulmanes . La Liga Árabe, fiel a su papel histórico de comparsa del imperialismo, habla de “seguridad indivisible” junto al verdugo sionista . Incluso la socialdemocracia británica, con Keir Starmer a la cabeza, pone sus bases a disposición de los bombardeos estadounidenses, demostrando que, ante todo, la lucha de clases internacional prima sobre cualquier discurso de paz .
En las calles de Teherán, mientras las bombas intentan imponer el caos, se libra también una batalla de clases. Donald Trump, en un tono que recuerda a los viejos virreyes coloniales, ha instado al pueblo iraní a “levantarse contra su gobierno” . Sin embargo, a pesar de las profundas contradicciones internas y el descontento social generado por las propias políticas de austeridad impuestas por las élites locales, la agresión exterior está recomponiendo el frente patriótico. Miles de personas han salido a las plazas de Isfahán y Yazd al grito de “¡Muerte a América!”, demostrando que, frente al látigo del imperialismo, la defensa de la soberanía nacional es una trinchera irrenunciable para las masas populares .
El tablero global tiembla. El cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, ha disparado los precios del crudo, desatando el pánico en las bolsas de valores . Este es el talón de Aquiles del capital: su dependencia de la energía que fluye desde los territorios que oprime. La guerra no es solo por el control de una narrativa, sino por el control de los medios de producción y las rutas de distribución que sostienen la acumulación capitalista. La Rusia de Putin, atrapada en su propia lógica interimperialista, se limita a advertir sobre la desestabilización de los mercados, evidenciando que en esta guerra de halcones, los pueblos solo cosechan muerte .
Mientras el Pentágono presume de haber destruido buques de guerra y el régimen sionista celebra la muerte del líder Jamenei, la realidad en el terreno muestra la entereza de un pueblo que ha hecho de la resistencia su estandarte. La “Furia Épica” del imperio se topa con la furia de los oprimidos. La guerra apenas comienza, y en ella se dirime no solo el futuro de Irán, sino la posibilidad de un mundo multipolar donde los pueblos puedan decidir su destino sin la bota del soldado yanqui o el sionista sobre sus cuellos.
