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Muere Jürgen Habermas, el filósofo que quiso salvar a la burguesía con diálogo mientras el capitalismo seguía explotando

Mar 15, 2026
Foto Radio Universidad de Chile

El último gran representante de la Escuela de Frankfurt falleció a los 96 años en Starnberg, Alemania. Teórico de la “acción comunicativa” y de la “democracia deliberativa”, Habermas dedicó su vida a construir una filosofía que pudiera justificar la supervivencia del capitalismo con rostro humano, mientras el sistema que decía criticar seguía produciendo guerras, desigualdad y explotación. Su muerte cierra una era del pensamiento burgués progresista, pero no resuelve las contradicciones que él mismo dedicó décadas a maquillar.

Por Equipo El Despertar

Berlín. La noticia recorrió el mundo este sábado: Jürgen Habermas, el filósofo y sociólogo alemán, falleció a los 96 años en la localidad bávara de Starnberg, según confirmó su editorial Suhrkamp . La prensa hegemónica ya prepara sus homenajes: “el gran pensador de la Europa democrática”, “la conciencia moral de Alemania”, “el último de los filósofos de la Escuela de Frankfurt” . Pero detrás del aparato de alabanzas se esconde una trayectoria mucho más ambigua, la de un intelectual que dedicó su obra a intentar reconciliar lo irreconciliable: la promesa emancipatoria de la razón con la supervivencia de un orden social basado en la explotación.

Nacido en Düsseldorf en 1929, Habermas perteneció a esa generación de alemanes marcada por la losa del nazismo. Su padre, Ernst Habermas, fue miembro del partido nazi desde 1933, y el joven Jürgen llegó a ser líder de las Juventudes Hitlerianas, aunque él mismo se encargó de matizar aquel pasado . La posguerra lo encontró estudiando filosofía en Gotinga, Zúrich y Bonn, hasta convertirse en asistente de Theodor Adorno en el Instituto de Investigación Social de Frankfurt entre 1956 y 1959 .

El discípulo que quiso superar a sus maestros

Fue precisamente su paso por el Instituto el que definió su lugar en la historia del pensamiento. La llamada Escuela de Frankfurt, con figuras como Max Horkheimer, Theodor Adorno y Herbert Marcuse, había desarrollado una crítica radical de la razón instrumental, denunciando cómo la Ilustración y el progreso técnico se habían convertido en nuevas formas de dominación. Pero aquellos primeros frankfurtianos, ante el horror del fascismo y el estalinismo, derivaron hacia un pesimismo que veía la emancipación como un sueño irrealizable.

Habermas rompió con ese pesimismo. A diferencia de sus maestros, que veían la razón como instrumento de dominación, él se propuso rescatar el potencial emancipatorio de la racionalidad. Su obra monumental, Teoría de la acción comunicativa (1981), sostiene que los seres humanos no solo actúan estratégicamente para alcanzar fines, sino que también son capaces de entenderse mediante el diálogo orientado al consenso . En esa capacidad comunicativa, argumentaba, reside la posibilidad de una sociedad más justa.

Pero lo que para la academia liberal fue un “giro” genial, para una mirada de clase resulta una coartada perfecta. Habermas desplazó el conflicto social desde las relaciones de producción —el lugar donde realmente se juega la explotación— hacia el terreno del lenguaje y el entendimiento mutuo. Si los obreros y los patrones pueden sentarse a dialogar, si pueden alcanzar “consensos racionales” mediante el “mejor argumento”, entonces la lucha de clases deja de ser necesaria. El capitalismo se convierte en un problema de mala comunicación, no de apropiación de plusvalía.

El apologista del reformismo y el antiradicalismo

Su trayectoria política confirma esta lectura. En 1968, en plena efervescencia del movimiento estudiantil que sacudió Europa, Habermas, que había sido crítico con la represión policial que costó la vida al estudiante Benno Ohnesorg, se volvió contra los propios estudiantes. Los acusó de actuar con “fantasías revolucionarias” y de provocar a las autoridades. Fue entonces cuando acuñó la infame expresión “fascismo de izquierda” para referirse a la radicalización del movimiento . Años después admitiría que el término fue demasiado duro, pero el daño estaba hecho: el filósofo que había heredado la tradición crítica se convertía en el principal azote de quienes pretendían llevar esa crítica hasta sus últimas consecuencias.

Como bien señala el análisis de The Wire, Habermas “apoyó las energías estudiantiles en la década de 1960, pero advirtió contra las tendencias autoritarias dentro de los movimientos radicales” . Su propuesta no era la transformación revolucionaria, sino un “reformismo radical” que operara dentro de los cauces de las instituciones liberales .

La esfera pública como ilusión

Su concepto más célebre, el de “esfera pública”, desarrollado en Historia y crítica de la opinión pública (1962), es igualmente revelador. Habermas reconstruye la historia de los salones, cafés y sociedades de lectura donde los individuos privados se reunían para debatir asuntos de interés común. Ese espacio, argumenta, fue fundamental para el desarrollo de la democracia burguesa, pero luego degeneró bajo el peso de los medios de comunicación masivos y los intereses corporativos .

La crítica marxista a esta noción es demoledora, y no proviene solo de la ortodoxia. Ya en su momento, pensadores como Oskar Negt y Alexander Kluge señalaron que la esfera pública burguesa descrita por Habermas nunca fue realmente inclusiva: excluía a los trabajadores, a las mujeres, a las minorías . Pero más allá de la exclusión histórica, lo que Habermas no puede explicar es que la “esfera pública” no es un espacio neutral donde los individuos libres deliberan, sino un escenario atravesado por las relaciones de clase. El dueño de la fábrica y el obrero no llegan al diálogo en igualdad de condiciones, porque uno puede sobrevivir sin trabajar y el otro no. Esa asimetría fundamental, que es la base del poder capitalista, desaparece en el modelo habermasiano.

La política internacional: entre la socialdemocracia y el alineamiento

En sus últimos años, Habermas continuó interviniendo en los debates públicos, y sus posiciones revelaron hasta qué punto su pensamiento estaba atado a los intereses del establishment occidental. Apoyó la guerra de Kosovo, respaldó el proyecto de integración europea como antídoto al nacionalismo y, más recientemente, defendió la necesidad de armar a Ucrania frente a la invasión rusa, aunque expresando “inquietud por el rearme europeo y lo que consideraba el belicismo alemán” .

En noviembre de 2025, apenas unos meses antes de morir, publicó su último artículo en El País, casi a modo de epitafio: “Al final de una vida política más bien favorecida por las circunstancias, no me resulta fácil llegar a esta conclusión implorante, pero lo cierto es que una mayor integración política, al menos en el núcleo de la Unión Europea, nunca ha sido tan vital para nosotros como lo es hoy. Y nunca ha resultado tan improbable” . El europeísmo como última esperanza, justo cuando la Unión Europea se revela cada vez más como el brazo institucional de la OTAN y de los intereses del gran capital.

Pero quizás la posición más controvertida de sus últimos años fue su declaración de 2023 defendiendo el derecho de Israel a existir tras los ataques de Hamás del 7 de octubre. Como señala The Wire, “críticos señalaron inconsistencias dadas las políticas de ocupación respaldadas por Estados Unidos, destacando tensiones en su ética universalista en medio de realidades geopolíticas” . La “ética del discurso” y la “democracia deliberativa” se estrellaban una vez más contra los muros del colonialismo y la limpieza étnica.

La herencia de una contradicción

En 2023, al cumplirse cien años de la fundación del Instituto de Frankfurt, Alexander Neumann escribía un artículo titulado “Frankfurt 1923–2023: Teoría crítica y revolución”, donde señalaba que “la nueva dirección del Instituto acaba de organizar la ‘Segunda semana de estudio marxista’. Esto indica un regreso abierto hacia la herencia crítica, tras dos décadas que estuvieron marcadas por las concepciones de Jürgen Habermas, quien en realidad nunca dirigió el Instituto” . El dato es revelador: Habermas, el “segundo gran representante” de la Escuela de Frankfurt, nunca dirigió el Instituto. Horkheimer, que lo había acogido, terminó queriendo despedirlo por considerarlo un “marxista peligroso” . La propia institución que le dio origen lo veía con desconfianza.

La muerte de Habermas cierra un capítulo del pensamiento burgués progresista. Durante más de seis décadas, su obra ofreció a la socialdemocracia europea una coartada filosófica: la idea de que el capitalismo puede ser domesticado mediante el diálogo, de que las instituciones liberales pueden perfeccionarse hasta alcanzar la justicia, de que la lucha de clases es un residuo del pasado que puede ser superado por el “mejor argumento”.

Pero mientras Habermas escribía sobre la acción comunicativa, el capitalismo seguía explotando. Mientras teorizaba sobre la esfera pública, los misiles caían sobre Gaza. Mientras llamaba al diálogo, la OTAN se expandía y Alemania se rearmaba. Su legado no es el de un crítico radical, sino el de un intelectual que dedicó su vida a buscar una tercera vía que nunca existió. La historia, como siempre, se encargará de poner a cada quien en su lugar.

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