El Consejo de Seguridad de la ONU rechazó este martes una resolución presentada por Bahréin —en representación de las monarquías del Golfo— que pretendía establecer una fuerza internacional para “garantizar la libre navegación” en el estratégico estrecho de Ormuz, donde Irán ha impuesto un control de facto desde el inicio de la guerra imperialista el pasado 28 de febrero. La iniciativa obtuvo once votos a favor, pero fue bloqueada por los vetos de Rusia y China, miembros permanentes del Consejo. Pekín y Moscú calificaron el texto como “desequilibrado” y “peligroso” por ignorar que la raíz del conflicto son los bombardeos masivos de Estados Unidos e Israel contra territorio iraní.
Por Equipo El Despertar
Naciones Unidas, Nueva York. El hemiciclo del Consejo de Seguridad fue testigo de un nuevo capítulo de la guerra geopolítica que se libra tras bambalinas mientras los misiles siguen cayendo sobre Irán. Bahréin, en nombre de los países del Golfo Pérsico —Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Omán, Qatar y Jordania—, presentó un proyecto de resolución que condenaba el cierre del estrecho de Ormuz por parte de Irán y “alentaba” el uso de escoltas armadas a buques mercantes en la zona. El texto inicial, mucho más agresivo, autorizaba a los países “a utilizar todos los medios necesarios” —el lenguaje diplomático que habilita acciones militares— “en el estrecho de Ormuz, el Golfo y el golfo de Omán” para asegurar el paso y disuadir cualquier interferencia con la navegación.
La votación, que se produjo apenas horas después de que el presidente estadounidense, Donald Trump, lanzara una amenaza sin precedentes —“toda una civilización morirá esta noche” si Irán no reabría la vía marítima—, arrojó un saldo revelador: 11 votos a favor, dos abstenciones (Pakistán y Colombia) y los dos votos en contra de Rusia y China, que al ser miembros permanentes del Consejo con derecho a veto, sepultaron la iniciativa. La resolución, ya diluida para intentar obtener la abstención de Pekín y Moscú, eliminó toda referencia a acciones militares ofensivas, autorizando solo “medidas defensivas”. Pero ni siquiera esa concesión fue suficiente.
“Carta blanca para la agresión”: la defensa del veto
El embajador ruso ante la ONU, Vassily Nebenzia, y su par chino, Fu Cong, justificaron su voto en contra con un argumento que la prensa hegemónica se apresuró a calificar como “propaganda”, pero que no por ello deja de ser estructuralmente cierto: el texto ignoraba las causas de fondo del conflicto y, al condenar unilateralmente a Irán, otorgaba a Washington y Tel Aviv “carta blanca para continuar la agresión”. “Ese lenguaje es altamente susceptible a una mala interpretación o incluso a abusos”, declaró Fu Cong, advirtiendo que la resolución, de haberse adoptado, “enviaría un mensaje equivocado y tendría consecuencias graves, muy graves”.
Nebenzia, por su parte, señaló que la propuesta “no resuelve el rompecabezas” y que lo único que podría hacerlo es el cese de las hostilidades. Horas después, Rusia y China hicieron circular una resolución rival que condenaba los ataques contra civiles e infraestructura civil —incluyendo los bombardeos estadounidenses e israelíes sobre Irán— y llamaba a todas las partes a detener las actividades militares. La iniciativa, por supuesto, jamás llegó a votarse.
La voz del imperio y sus satélites: “Una señal equivocada”
La reacción de Washington y sus aliados no se hizo esperar. El embajador estadounidense ante la ONU, Mike Waltz, calificó el veto de “nuevo mínimo” y acusó a Rusia y China de ponerse del lado de un régimen que “busca intimidar al Golfo hasta someterlo, aun mientras maltrata a su propio pueblo”. El ministro de Exteriores de Baréin, Abdullatif bin Rashid Al Zayani, arremetió contra el organismo multilateral: “Que no se adopte esta resolución envía la señal equivocada al mundo, a los pueblos del mundo —la señal de que la amenaza a las vías marítimas internacionales puede pasar sin ninguna acción decisiva por parte de la organización internacional responsable del mantenimiento de la paz”.
Los Emiratos Árabes Unidos, que se habían ofrecido voluntariamente para unirse a Estados Unidos en un esfuerzo por abrir el estrecho, expresaron su “profundo pesar” por el fracaso de la resolución, advirtiendo que “ningún Estado debería poseer la capacidad de obstruir las arterias del comercio global o empujar al mundo al borde de una crisis económica”.
Lo que estas declaraciones omiten, por supuesto, es que el estrecho de Ormuz es un territorio cuyas aguas territoriales pertenecen a Irán. Y que fue la agresión de Estados Unidos e Israel —el bombardeo masivo que comenzó el 28 de febrero y que incluyó el asesinato del ayatolá Alí Jamenei— la que provocó la respuesta iraní. Irán no cerró el estrecho por capricho; lo hizo en ejercicio de su derecho a la legítima defensa, como bien recordó su embajador ante la ONU, Amir-Saeid Iravani: “El texto retrata de manera injustificada y engañosa las medidas legales de Irán en el estrecho de Ormuz, que se han tomado en el ejercicio de su derecho inherente de legítima defensa de conformidad con la Carta de la ONU”.
La función de clase del veto y la fractura interimperialista
Desde una perspectiva marxista, lo ocurrido en el Consejo de Seguridad no es una disputa técnica sobre la redacción de un documento. Es la expresión de una contradicción objetiva en el seno del orden imperialista global. Por un lado, Estados Unidos y sus aliados europeos y árabes —las monarquías del Golfo, que no son otra cosa que protectorados petroleros del Pentágono— intentan utilizar la ONU para legitimar una escalada militar que les permita romper el bloqueo iraní y restablecer el flujo de petróleo en condiciones favorables para el capital occidental.
Por el otro, Rusia y China, potencias emergentes con proyectos geopolíticos propios, se oponen a que Washington monopolice la narrativa del “derecho internacional” mientras bombardea impunemente a un país soberano. No lo hacen por solidaridad con el pueblo iraní —la represión interna en Rusia y la política de mano dura en Xinjiang son pruebas de ello—, sino porque la reconfiguración del orden mundial les exige poner límites a la hegemonía estadounidense. Cada veto es una piedra en el camino de la unipolaridad.
El resultado es una ONU paralizada, un Consejo de Seguridad que no puede tomar decisiones vinculantes y una comunidad internacional que asiste impotente a la guerra más destructiva de la región en décadas. Mientras los diplomáticos discuten sobre escoltas armadas y medidas defensivas, los bombardeos siguen cayendo sobre Teherán, los precios del petróleo siguen subiendo y los cuerpos de los soldados —yanquis, iraníes, israelíes— siguen llegando a sus países en bolsas plásticas.
El espejismo de la “tregua” y la guerra que no cesa
La votación del martes coincidió con un aparente respiro diplomático: Trump anunció que suspendía por dos semanas los ataques con los que había amenazado, a condición de que Irán aceptara un alto el fuego de dos semanas y la reapertura del estrecho bajo gestión militar iraní. Irán aceptó, pero la tregua es apenas un espejismo. El embajador iraní dejó claro que su país no aceptará un acuerdo temporal que solo sirva para que el enemigo se reagrupe. La guerra, iniciada por el imperio, seguirá su curso.
Mientras tanto, la clase trabajadora del mundo sigue pagando el costo. El estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del petróleo mundial, permanece bajo control iraní, los precios de la energía se han disparado un 52% y la inflación golpea los bolsillos de los sectores populares en todos los continentes. En Estados Unidos, los recortes a la sanidad pública financian el presupuesto de defensa más alto de la historia. En Europa, la crisis energética amenaza con desencadenar una recesión que superará la de 2008. Y en los países del Sur Global, el encarecimiento de los alimentos y el transporte golpea con especial crudeza a quienes ya viven al límite.
Epílogo: el orden mundial que se desmorona
El veto de Rusia y China a la resolución de Baréin es un síntoma más de la descomposición del orden mundial liderado por Estados Unidos. La ONU, concebida tras la Segunda Guerra Mundial como un instrumento para gestionar las disputas interimperialistas, se ha convertido en un escenario donde las contradicciones se expresan sin resolverse. El Consejo de Seguridad, con su estructura anclada en 1945, ya no refleja la correlación de fuerzas del siglo XXI.
La guerra contra Irán no terminará con una resolución de la ONU ni con un ultimátum de Trump. Terminará cuando los pueblos del mundo comprendan que sus enemigos no son los soldados rasos del otro lado del campo de batalla, sino los políticos y las corporaciones que los envían a morir para defender las ganancias de las petroleras y los fabricantes de armas.
Mientras tanto, el estrecho de Ormuz seguirá cerrado. La guerra seguirá. Y los vetos seguirán sucediéndose, reflejando la fractura irreversible de un orden que ya no puede gobernar el mundo que él mismo creó. La única pregunta que queda es: ¿cuántas guerras más tendremos que soportar antes de que la clase trabajadora global se organice para detenerlas?
