Desde una mirada material, la autocrítica debería ir más allá del organigrama. El adversario combinó miedo con promesas de motosierra; la respuesta oficialista osciló entre la defensa del gobierno y la tibieza programática. Sin una agenda anclada en la vida cotidiana, ingreso vital financiado progresivamente; vivienda como infraestructura (empresa pública, banco de suelos, arriendos asequibles); cuidados como derecho (sala cuna universal, tiempo y servicios); seguridad con policía profesional, control civil y persecución patrimonial del delito, la campaña quedó a remolque del encuadre ajeno. El PC, que entró con su identidad a una primaria de cuatro candidaturas, debe ahora decidir cómo y dónde organiza ese programa: sindicatos, cooperativas, juntas de vecinos, feminismos, juventudes, no solo comandos y franjas.
Por Equipo El Despertar
En la antesala de un comité central que promete ser áspero, Lautaro Carmona ordenó la escena: la derrota de Jeannette Jara “no debiera pegarle solo al PC, sino a todo el sector”. Es una forma de advertir contra el ajuste de cuentas fácil y, a la vez, de fijar un dato político que en campaña se diluyó: “Ni la conducción del comando fue del Partido Comunista, ni el programa fue del Partido Comunista. El PC llegó, con su identidad, a la primaria”. Es decir, el PC concurrió a una alianza, no la dirigió; y el resultado, 58% Kast, 41% Jara, es el desenlace de un ciclo más amplio que no se desvanece con un recambio de culpables.
La línea de Carmona sugiere tres cosas. Primero, que el punto de quiebre no fue la última semana, sino el 4 de septiembre de 2022: allí se fracturó el horizonte abierto por el 18-O, y la derecha instaló el encuadre de la seguridad como sustituto de la justicia social. Segundo, que el comando no logró convertir en propuestas creíbles, salario, vivienda, cuidados, seguridad con derechos, un malestar material que hoy decide elecciones bajo voto obligatorio. Y tercero, que la coalición completa, gobierno, partidos, mundo social, debe hacerse cargo: no hubo conducción común, ni relato compartido, ni presencia territorial suficiente para disputar el sentido común que la derecha llamó “orden”.
Desde una mirada material, la autocrítica debería ir más allá del organigrama. El adversario combinó miedo con promesas de motosierra; la respuesta oficialista osciló entre la defensa del gobierno y la tibieza programática. Sin una agenda anclada en la vida cotidiana, ingreso vital financiado progresivamente; vivienda como infraestructura (empresa pública, banco de suelos, arriendos asequibles); cuidados como derecho (sala cuna universal, tiempo y servicios); seguridad con policía profesional, control civil y persecución patrimonial del delito, la campaña quedó a remolque del encuadre ajeno. El PC, que entró con su identidad a una primaria de cuatro candidaturas, debe ahora decidir cómo y dónde organiza ese programa: sindicatos, cooperativas, juntas de vecinos, feminismos, juventudes, no solo comandos y franjas.
El comité central tendrá que responder preguntas incómodas: ¿Cómo se reconstituye un bloque social que una trabajo formal e informal, territorios y cuidados, y no se agote en sumas de siglas? ¿Qué pactos se aceptan y cuáles no para evitar la “dependencia estructural” que diluye identidades sin construir hegemonía? ¿Cómo se controla al Ejecutivo entrante en lo que prometió moderar (40 horas, prestaciones básicas) y se resiste lo que golpee trabajo, derechos y lo común? y ¿Cómo se vuelve a hablar a quienes votaron por Kast desde el salario y la seguridad, sin condescendencia ni caricaturas?
Carmona marca un piso: la derrota es de coalición y la identidad comunista no se diluye en el mea culpa de otros. El desafío es convertir esa premisa en plan: unidad programática, disciplina comunicacional, presencia nacional, método de alianzas que sume sin subordinar, y una oposición que viva en los lugares de trabajo y barrios. Lo demás, la guerra de culpas, puede tranquilizar egos por una noche; no cambia la correlación. Si el PC quiere que el “resultado” le pegue a todo el sector y no solo a su carnet, deberá empujar que la izquierda vuelva a servir y convocar donde la gente decide su voto: en la mesa, en el pasaje y en la cuadra.
