La derrota no se explica por un factor único ni por el “error comunicacional” de la semana. Hay un punto de quiebre que enmarca todo: el 4 de septiembre de 2022 quebró el horizonte abierto por el 18-O y dejó instalada la seguridad como substituto de la justicia social. Desde entonces, con voto obligatorio, se vota menos por identidades y más por resultados tangibles. Allí faltó una oferta anclada en la vida material: ingreso vital financiado progresivamente; vivienda como infraestructura (empresa pública, banco de suelos, arriendos asequibles); cuidados como derecho (sala cuna universal, tiempo y servicios); salud y deuda de hogares; y, sobre todo, seguridad con derechos: policía profesional bajo control civil, persecución patrimonial del crimen y política social que quite clientela a las bandas. Sin ese puente, el “orden” que vende la derecha llena el vacío.
Por Equipo El Despertar
El diagnóstico que firma Claudio Rodríguez, militante comunista y pareja de Jeannette Jara, tiene el mérito de ir al hueso sin rodeos: la derecha dura instaló con eficacia un encuadre simple y emocional, seguridad, migración, crecimiento y probidad, y lo sostuvo con disciplina comunicacional, mientras la candidatura oficialista cargaba “el costo de ser continuidad de un gobierno mal evaluado”. No se trata de reconocerle virtuosismo técnico a un programa “minimalista, efectista y técnicamente insuficiente”, como admite el propio Rodríguez; se trata de entender por qué ese guion de clase calzó con la experiencia material de millones que viven la inseguridad (del delito y del ingreso) como el centro de su vida cotidiana. En palabras de Gramsci, la hegemonía se gana cuando una fuerza logra traducir intereses materiales en sentido común; la derecha lo hizo, y la izquierda llegó tarde con propuestas que no lograron volverse creíbles ni concretas bajo voto obligatorio.
La “probidad” como promesa incumplida, después de meses de tramas que salpicaron al Estado y al sistema político, operó como llave maestra del encuadre conservador: si “todos son iguales”, gana el que promete orden sin decir exactamente cómo. La campaña de Kast evitó los terrenos donde su déficit era evidente (empatía, carisma, detalle programático) y se refugió en los temas donde la cancha estaba inclinada. Que esa estrategia haya funcionado no la vuelve menos riesgosa: Rodríguez anticipa bien el próximo escenario, administrar promesas difíciles de cumplir suele degenerar en frustración social, sobre todo cuando el plan de fondo es abaratar el trabajo, recortar lo público y privatizar la seguridad. Marx y Engels ya lo habían formado en una frase que hoy suena de metal: “El Estado moderno no es sino el comité que administra los negocios comunes de la burguesía”. Si ese comité convierte la seguridad y los derechos en mercancía, la factura la paga el pueblo.
La derrota no se explica por un factor único ni por el “error comunicacional” de la semana. Hay un punto de quiebre que enmarca todo: el 4 de septiembre de 2022 quebró el horizonte abierto por el 18-O y dejó instalada la seguridad como substituto de la justicia social. Desde entonces, con voto obligatorio, se vota menos por identidades y más por resultados tangibles. Allí faltó una oferta anclada en la vida material: ingreso vital financiado progresivamente; vivienda como infraestructura (empresa pública, banco de suelos, arriendos asequibles); cuidados como derecho (sala cuna universal, tiempo y servicios); salud y deuda de hogares; y, sobre todo, seguridad con derechos: policía profesional bajo control civil, persecución patrimonial del crimen y política social que quite clientela a las bandas. Sin ese puente, el “orden” que vende la derecha llena el vacío.
Rodríguez reconoce también que Jara contuvo una debacle que muchos daban por escrita a comienzos de año: llevó a la papeleta a la alianza presidencial más amplia en décadas, incorporó a la DC y terminó forzando al adversario a moderar promesas (como no tocar las 40 horas). Es verdad; pero no alcanza. La unidad por arriba no sustituye a la organización por abajo. Si el Descifra le reconoce liderazgo a Jara, el desafío no está solo en la figura, sino en la capilaridad: sin sindicatos vivos, cooperativas, juntas de vecinos, feminismos y juventudes articuladas en torno a objetivos materiales compartidos, no hay discurso que perfore el miedo. Rosa Luxemburgo lo dejó escrito para otra época, pero vale hoy: las reformas son necesarias, pero “quien se pronuncia por la reforma en lugar de la conquista del poder, no escoge un camino más tranquilo hacia el mismo fin: escoge un fin distinto”. Reformas con horizonte y movimiento es la combinación que faltó.
El “antiguo anticomunismo” operó en dosis menores, dice Rodríguez; lo central fue hacer pagar la cuenta de la gestión. Esa constatación debería evitar dos tentaciones: la del resignacionismo (“no había nada que hacer”) y la del purismo (“con más identidad alcanzaba”). Ni una ni otra. Cuando la vida está más cara, el barrio más inseguro y el trabajo más precario, la política de izquierda solo es verosímil si mejora cosas concretas. Los datos de fuente abierta lo han repetido durante meses: seguridad es la primera preocupación; alquileres e inflación erosionan ingresos; la deuda de consumo asfixia. Había que llegar ahí antes que el rival y con instrumentos: presupuestos con trazabilidad social, “metas de 100 días” al estilo salario-alquiler-seguridad, y voceros con piel de territorio.
La autocrítica que propone Rodríguez —“revincular al sector con las condiciones materiales, la cultura y las expectativas del mundo popular”— es el punto de partida. Traducido: menos épica de campaña, más política de barrio; menos “gestión” sin alma, más Estado que resuelve; menos guerra cultural defensiva, más piso de derechos. Y una oposición que controle lo que Kast prometió moderar (40 horas, prestaciones básicas), resista lo que golpee trabajo, cuidados y lo común, y propuestas alternativas en cada embestida. La vigilancia sin proyecto es resentimiento; el proyecto sin vigilancia es ingenuidad.
¿Y el largo plazo? Hegemonía. No se construye solo con escaños ni con likes; se pro-teje (en el doble sentido) cuando la gente experimenta que lo público le cambia la vida. Eso exige reconstruir confianza donde se perdió: en la mesa, en la fila de la posta, en la esquina. El diagnóstico de Rodríguez es un buen comienzo si se toma en serio su corolario: revincular no es “hablarle mejor” a los de abajo; es organizar poder con ellos y poner el presupuesto al servicio de esa construcción. Lo otro —el atajo tecnocrático o la moralina identitaria— ya sabemos adónde conduce.
En suma: la derecha ganó elecciones y marco; la izquierda debe ganar propuesta y territorio. “El resultado fue claro”, dice Rodríguez. La respuesta también debe serlo: programa material, organización social y disciplina. Si no, las próximas citas —en el Congreso y en la calle— volverán a encontrarnos explicando por qué el miedo nos ganó otra vez.
