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Somalilandia: reconocimiento selectivo y geopolítica de la fragmentación

Dic 29, 2025

Somalilandia existe de facto desde 1991, con instituciones propias y mayor estabilidad que la Somalia formal. Pero su no reconocimiento internacional ha sido, hasta ahora, un consenso frágil para evitar un efecto dominó secesionista en África Oriental. Al romper ese consenso, Israel introduce una variable explosiva: legitima la fragmentación sin un proceso multilateral ni regional, y lo hace en un contexto de guerras abiertas y tensiones marítimas crecientes.

Por Editor El Despertar

La decisión de Israel de reconocer unilateralmente a Somalilandia no es un gesto diplomático aislado ni una curiosidad africana: es una intervención geopolítica de alto riesgo en una de las regiones más frágiles del planeta. La reacción inmediata de Somalia —que calificó el acto como una “agresión directa” a su soberanía— y el rechazo casi transversal de actores regionales y globales revelan que estamos ante algo más que un debate jurídico sobre autodeterminación. Estamos ante una estrategia de fragmentación.

Desde una perspectiva marxista, el reconocimiento selectivo de entidades secesionistas por potencias externas debe leerse como parte de una lógica imperial clásica: debilitar Estados periféricos, reordenar territorios estratégicos y asegurar posiciones militares y comerciales clave. Lenin lo describió sin rodeos al analizar el imperialismo: “La división del mundo entre las grandes potencias no se hace según la justicia, sino según la fuerza”. En el Cuerno de África —paso vital hacia el mar Rojo y las rutas energéticas globales— esa fuerza se ejerce hoy mediante diplomacia disruptiva.

Somalilandia existe de facto desde 1991, con instituciones propias y mayor estabilidad que la Somalia formal. Pero su no reconocimiento internacional ha sido, hasta ahora, un consenso frágil para evitar un efecto dominó secesionista en África Oriental. Al romper ese consenso, Israel introduce una variable explosiva: legitima la fragmentación sin un proceso multilateral ni regional, y lo hace en un contexto de guerras abiertas y tensiones marítimas crecientes.

La respuesta internacional lo confirma. Yibuti, Turquía, Egipto, Pakistán, la Unión Europea, China e Irán coincidieron —desde posiciones muy distintas— en advertir que el reconocimiento amenaza la estabilidad regional. Incluso Estados Unidos, aliado central de Israel, se desmarcó. La Liga Árabe fue más allá, calificándolo como un “atentado” contra la seguridad regional y llamando a medidas contra Tel Aviv. No es casual: la medida es percibida como parte de una política de reconfiguración del mapa político desde fuera, no como apoyo genuino a la autodeterminación.

El argumento de los “valores democráticos”, celebrado por Taiwán, resulta funcional y selectivo. Si el criterio fuese la estabilidad institucional, el mundo estaría lleno de reconocimientos similares; si fuese la autodeterminación, Palestina sería el primer caso. La selectividad revela el fondo político: reconocer donde conviene, negar donde estorba. Gramsci advertía que la hegemonía se ejerce también mediante el derecho y la diplomacia, convirtiendo intereses particulares en normas universales. Aquí, el derecho internacional se dobla a conveniencia.

Para Somalia, el riesgo es inmediato: el reconocimiento alienta movimientos secesionistas, fortalece a actores armados y debilita un Estado ya frágil frente a milicias como Al Shabab. Para la región, el riesgo es mayor: militarización del mar Rojo, nuevas líneas de confrontación y la posibilidad de que Somalilandia se convierta en plataforma de presencia extranjera. No sorprende que los hutíes en Yemen hayan advertido que cualquier presencia israelí sería un “objetivo militar”.

En el trasfondo, la pregunta es política y estructural: ¿quién decide qué Estados existen y cuáles no? En el orden mundial actual, esa decisión no la toman los pueblos, sino las potencias. Y cuando se usa el reconocimiento como herramienta de presión, el resultado no es paz ni estabilidad, sino conflicto administrado.

Somalilandia vuelve así a ser el escenario de una disputa que la excede. El reconocimiento israelí no resuelve su estatus; lo instrumentaliza. Y en una región marcada por décadas de fragmentación inducida, esa instrumentalización es gasolina sobre brasas. La estabilidad regional no se construye con gestos unilaterales ni con reconocimientos a la carta, sino con procesos multilaterales, respeto a la soberanía y soluciones políticas inclusivas. Todo lo demás es geopolítica de corto plazo… y conflicto de largo aliento.

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