El punto de quiebre más reciente se instaló en Yemen. Por primera vez, Arabia Saudita acusó públicamente a Emiratos de utilizar a las fuerzas separatistas del Consejo de Transición Sureño (CTS) como instrumento para expandir operaciones militares en el este del país. Para Riad, ese avance constituye “una amenaza para la seguridad nacional” saudí. El mensaje no quedó en el plano retórico: de acuerdo con reportes difundidos, Arabia Saudita bombardeó barcos en el puerto de Mukalla, señalando que trasladaban cargamento militar “sin autorización” desde Emiratos hacia los secesionistas, un episodio excepcional entre dos Estados que hasta hace poco coordinaban posiciones en múltiples crisis regionales.
Por Equipo El Despertar
La relación entre Mohamed bin Salmán (MBS) y Mohamed bin Zayed (MBZ) entra en una fase de rivalidad abierta. Riad acusa a Abu Dabi de alimentar el proyecto secesionista del sur yemení y responde con un ataque inusual, mientras, en Sudán, ambos respaldan bandos opuestos en una guerra que desangra al país.
La alianza que durante años sostuvo el eje político-militar del Golfo Pérsico muestra hoy su grieta más profunda. Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos, conducidos de facto por Mohamed bin Salmán y Mohamed bin Zayed, dejaron de presentarse como socios estratégicos y pasaron a exhibir una disputa directa por influencia regional, con dos escenarios donde la tensión se vuelve concreta: Yemen y Sudán.
El punto de quiebre más reciente se instaló en Yemen. Por primera vez, Arabia Saudita acusó públicamente a Emiratos de utilizar a las fuerzas separatistas del Consejo de Transición Sureño (CTS) como instrumento para expandir operaciones militares en el este del país. Para Riad, ese avance constituye “una amenaza para la seguridad nacional” saudí. El mensaje no quedó en el plano retórico: de acuerdo con reportes difundidos, Arabia Saudita bombardeó barcos en el puerto de Mukalla, señalando que trasladaban cargamento militar “sin autorización” desde Emiratos hacia los secesionistas, un episodio excepcional entre dos Estados que hasta hace poco coordinaban posiciones en múltiples crisis regionales.
La tensión no surgió de la nada. Aunque ambos países compartieron agenda en distintos momentos —desde la intervención en Yemen iniciada en 2015 hasta el bloqueo a Qatar decretado en 2017 y levantado en 2021—, las señales de distanciamiento se hicieron más visibles desde 2022.
El malestar se expresó en gestos diplomáticos: ausencias notorias de MBZ en encuentros de alto perfil celebrados en Arabia Saudita y diferencias en torno a la política petrolera de la OPEP. Lo que antes se negociaba como divergencias “entre socios”, hoy se transforma en competencia abierta: dos proyectos que quieren ocupar el mismo lugar como centro de mando político, económico y simbólico del Golfo.
En Yemen, Emiratos ha cultivado relaciones estrechas con el Consejo de Transición Sureño, fuerza que aspira a reconstituir un Yemen del Sur independiente y que mantiene presencia armada y control territorial en varias zonas. Para Abu Dabi, el sur yemení es un espacio clave por razones geoestratégicas: rutas marítimas, puertos y puntos de control en el eje que conecta el océano Índico con el mar Rojo.
Tras la salida del presidente Abdo Rabu Mansur Hadi en 2022, se instaló un Consejo de Liderazgo Presidencial como órgano ejecutivo en un país fragmentado, con gran parte del territorio bajo control de los hutíes y con múltiples fuerzas locales disputándose poder. Emiratos logró posicionar al líder del CTS, Aidarous al Zubaidi, como vicepresidente de esa estructura. En la práctica, esto dejó instalada una “doble autoridad”: un gobierno reconocido internacionalmente, pero atravesado por una fuerza secesionista con patrocinio externo.
La ofensiva reciente del CTS en el este yemení, en ese marco, no es solo un episodio militar: es una señal política. Arabia Saudita percibe que Emiratos, lejos de actuar como aliado en un “frente común”, estaría consolidando un poder propio en el sur yemení, incluso a costa de erosionar al gobierno que la ONU reconoce.
El segundo escenario de fricción es Sudán. Desde abril de 2023, el país vive una guerra entre el Ejército regular y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR), grupo paramilitar encabezado por Mohamed Hamdan Dagalo (“Hemedti”). En esta guerra, Arabia Saudita y Emiratos aparecen —según múltiples reportes— en carriles opuestos: Riad con vínculos más próximos al Ejército regular; Abu Dabi señalado por su cercanía con la estructura paramilitar.
Emiratos ha rechazado formalmente apoyar a las FAR, pero distintas fuentes internacionales han difundido acusaciones y antecedentes sobre transferencias de armas y apoyo logístico, especialmente a través de rutas indirectas. El resultado, más allá de la disputa de versiones, es un hecho innegable: Sudán se volvió un espacio de “tira y afloja” regional, donde potencias externas juegan su influencia sobre actores armados, mientras la población paga el costo humano, social y económico.
La rivalidad no se limita a la guerra. Emiratos convirtió Dubái en vitrina global de finanzas, turismo, entretenimiento y marcas culturales. Arabia Saudita, que durante años sostuvo una imagen más cerrada, busca ahora disputar ese lugar: abrirse al turismo, atraer inversiones, instalar eventos masivos y disputar liderazgo simbólico.
Detrás del “brillo” hay algo más serio: quién fija las reglas del juego para el capital en la región, quién captura inversiones, quién define corredores logísticos, quién controla puertos, quién impone su arquitectura de seguridad. Y cuando esos intereses chocan, las fricciones se trasladan a los territorios donde la guerra funciona como herramienta de presión.
No es solo un conflicto personal entre líderes: es una competencia entre proyectos estatales-capitalistas por influencia y control regional.
Yemen es estratégico por su posición marítima y sus puntos de control portuario; la secesión del sur reconfigura el mapa de poder. Sudán se convirtió en guerra por delegación: apoyos externos sostienen a bandos armados, prolongando el conflicto. El “poder blando” (turismo, megaeventos, marcas) es parte de la misma disputa por centralidad económica y política.
Para los pueblos de Yemen y Sudán, esta pugna entre monarquías del Golfo no significa “estabilidad”, sino más bien la continuidad de una lógica donde territorios y poblaciones se tratan como piezas en un tablero de poder. La rivalidad se alimenta de petróleo, rutas comerciales, contratos, puertos y aparatos armados; pero su saldo se mide en desplazamientos, precariedad, hambre y destrucción social.
La lección es clara: cuando las élites regionales compiten por hegemonía, los costos no los pagan quienes firman acuerdos en palacios o asisten a cumbres internacionales. Los pagan las y los trabajadores, la población civil, los pueblos que resisten la guerra y la fragmentación. Y esa verdad —que rara vez encabeza los titulares— es la que debe quedar al centro de cualquier cobertura comprometida con la dignidad y la soberanía de los pueblos.
