Mar. Ene 13th, 2026

Cuando los “socios” se bombardean

Dic 31, 2025

La disputa no es, como se pretende, una pelea personal entre príncipes. Es la forma política que adopta una competencia material: quién controla los puertos, quién fija el mapa de alianzas, quién decide qué facción gobierna un territorio fragmentado y, sobre todo, quién administra los corredores del comercio y la seguridad en el Mar Rojo y el Índico. En el capitalismo contemporáneo, la “seguridad” es también un negocio: contratos, logística, control portuario, privatización de la guerra y tercerización armada del poder.

Por Editor El Despertar

Hay momentos en que la propaganda se cae como un decorado de cartón. Uno de esos momentos ocurrió esta semana en Yemen: Arabia Saudita acusó abiertamente a Emiratos Árabes Unidos de impulsar, armar y orientar el avance del Consejo de Transición Sureño (STC/CTS) —fuerza separatista del sur— y respondió con un gesto que, hasta ayer, parecía impensable entre aliados del Golfo: un ataque sobre el puerto de Mukalla, que Riad justificó como acción contra un envío de armas “no autorizado” asociado a Abu Dabi. El hecho no es solo un episodio militar; es la confesión pública de una verdad estructural: el “bloque del Golfo” nunca fue una unidad política, sino una coalición de intereses de clase sostenida mientras el botín y las rutas estaban repartidas.

Durante una década, Arabia Saudita y Emiratos vendieron la guerra de Yemen como cruzada por “estabilidad” y “seguridad” regional. Hoy, esa narrativa se descompone desde dentro. Reuters y el Financial Times describen una ruptura que venía incubándose: ambiciones divergentes, rivalidad económica y un desacople estratégico que el episodio de Mukalla solo terminó por exponer.

La disputa no es, como se pretende, una pelea personal entre príncipes. Es la forma política que adopta una competencia material: quién controla los puertos, quién fija el mapa de alianzas, quién decide qué facción gobierna un territorio fragmentado y, sobre todo, quién administra los corredores del comercio y la seguridad en el Mar Rojo y el Índico. En el capitalismo contemporáneo, la “seguridad” es también un negocio: contratos, logística, control portuario, privatización de la guerra y tercerización armada del poder.

Yemen: la guerra como infraestructura, el separatismo como herramienta

El sur de Yemen se volvió el laboratorio perfecto para la política de “proxies”. El STC —respaldado por Emiratos según múltiples reportes— no es solo una fuerza local: es un dispositivo que permite influir en territorios costeros, instalaciones, aeropuertos y pasos estratégicos. Reuters ha señalado que en Yemen Abu Dabi apoya al STC en su pulso con sectores respaldados por Arabia Saudita, mostrando que la disputa no es “Yemen vs. hutíes”, sino también STC vs. el orden político que Riad intenta preservar.

La ofensiva en el este y el despliegue en zonas estratégicas —según reportes recientes— se conectan con una realidad que la cobertura oficial suele ocultar: en Yemen, como en otros conflictos, las facciones armadas se vuelven administración territorial, y la administración territorial se vuelve moneda de cambio para negociar reconocimiento, recursos, aduanas y seguridad. Esa es la razón por la que el ataque saudí en Mukalla es tan decisivo: apunta al nervio logístico de la guerra, a la cadena de suministro y a la señal de quién manda.

Yemen también revela otra constante: los Estados del Golfo operan como potencias sub-imperiales. No necesitan ocupar formalmente un país para dominarlo: les basta con financiar, equipar y orientar aparatos políticos-militares locales que garanticen influencia. La intervención se presenta como “antiterrorista” o “estabilizadora”, pero su traducción real suele ser la misma: fragmentación, enclaves armados, economías de guerra y un país partido en zonas de control.

El factor “doctrina”: anti-islamismo, control y alianzas flexibles

Un elemento clave que explica el comportamiento emiratí —y que ayuda a entender por qué choca con Arabia Saudita— es la orientación estratégica descrita por Reuters: Abu Dabi ha construido una política exterior centrada en combatir el islamismo político, apoyando actores afines y redes de poder regionales que le aseguren “orden” bajo tutela. En Yemen, esto se expresa en el apoyo al STC frente a fuerzas asociadas a corrientes islamistas. Reuters

En otras palabras: no es solo geografía. Es también modelo político. Autoritarismo, seguridad privatizada y “estabilidad” como marketing de inversión. Y cuando dos capitalismos de Estado con pretensiones hegemónicas aplican modelos distintos sobre el mismo terreno, la fricción es inevitable.

Sudán: la guerra por delegación y el negocio de la supervivencia estatal

El segundo tablero de la rivalidad es Sudán, donde la guerra iniciada en abril de 2023 enfrenta al Ejército regular y a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF/FAR). Aquí se repite el patrón: actores externos influyen sobre los bandos y alimentan la prolongación del conflicto. La propia producción documental internacional y los reportes de investigación sobre Sudán han insistido en un punto esencial: el conflicto se sostiene por flujos de armas, municiones y apoyo logístico, en un contexto donde los embargos se vuelven letra muerta o se aplican de manera parcial.

En ese marco, Emiratos ha sido acusado en distintas investigaciones de jugar un rol de apoyo a la RSF, algo que Abu Dabi niega. Reuters, por ejemplo, reportó en 2024 el seguimiento internacional a vuelos y rutas de abastecimiento hacia un aeródromo en Chad que, según expertos consultados, podría servir para canalizar apoyo no humanitario; Emiratos rechazó esas acusaciones.

Más allá de la disputa pública de versiones, lo decisivo es comprender el mecanismo: cuando las potencias regionales convierten guerras ajenas en teatros de competencia, la paz deja de ser objetivo y pasa a ser variable táctica. La guerra se vuelve método para posicionarse en negociaciones futuras, asegurar corredores, influir en puertos, obtener concesiones y consolidar redes. Un análisis del ECFR sobre el rol de Estados del Golfo en Sudán insiste en la centralidad de los apoyos externos y su impacto en la posibilidad misma de un arreglo político.

El “poder blando” no es un adorno: es la otra cara de la hegemonía

Mientras Yemen y Sudán se desangran, Emiratos y Arabia Saudita compiten por megaeventos, turismo, sedes corporativas y vitrinas culturales. No es frivolidad: es economía política. El Financial Times ha subrayado cómo la rivalidad se alimentó también de la competencia por inversiones y centralidad regional —incluida la presión saudí para relocalizar sedes corporativas desde Emiratos a Riad—, es decir, por quién se convierte en la plaza principal del capital en Medio Oriente. Financial Times

Y ahí aparece la hipocresía mayor: se nos pide mirar el “brillo” —ciudades futuristas, marketing, espectáculos— para no mirar lo que lo hace posible: rentas energéticas, explotación laboral (especialmente de población migrante), autoritarismo como garantía de “clima de negocios” y proyección geopolítica que opera, muchas veces, mediante guerras por delegación.

¿Qué significa esta grieta?

  1. Que la “estabilidad” prometida por las monarquías del Golfo es condicional: dura mientras no choque con la competencia por hegemonía.
  2. Que Yemen puede entrar en una fase aún más fragmentaria si el conflicto deja de ser solo “coalición vs hutíes” y pasa a incorporar una disputa abierta entre patrocinadores externos y sus aparatos locales.
  3. Que Sudán seguirá atrapado mientras el conflicto sea rentable o útil para actores externos, con cadenas de abastecimiento que eluden controles internacionales.

La posición de un medio de trabajadores

Para un medio comprometido con el mundo del trabajo, la pregunta no es cuál príncipe tiene “razón”, sino quién paga el costo. Y el costo lo pagan los pueblos: la población civil y la clase trabajadora yemení y sudanesa; pero también los trabajadores —incluidos millones de migrantes— que sostienen con su esfuerzo las economías del Golfo, sin derechos plenos y bajo regímenes que convierten la política en administración policial del conflicto social.

Nuestra postura no puede ser neutral: rechazo a la guerra como método de acumulación y dominación, denuncia del uso de facciones armadas como instrumentos de política exterior, exigencia de frenar los flujos de armas y de abrir caminos reales de negociación con centralidad en los pueblos y no en los patrocinadores. La ruptura saudí-emiratí no inaugura una etapa de “principios”; inaugura una etapa de competencia descarnada por rutas, puertos y tutela regional. Yemen y Sudán merecen soberanía y reconstrucción; no merecen seguir siendo fichas en la mesa de los rentistas armados.

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