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La llama que el Landwehr no pudo apagar: A 107 años del sacrificio de Rosa

Ene 15, 2026

Rosa nos legó la disyuntiva más aterradora y certera de nuestra era: Socialismo o Barbarie. Hoy, ante el avance de los neofascismos, el colapso climático y la desigualdad obscena, la “barbarie” ya no es una posibilidad futura, sino una realidad cotidiana. Ella entendió que el imperialismo no era un accidente, sino una etapa necesaria de la acumulación de capital que devora fronteras y vidas.

Por Daniel Jadue

Un 15 de enero como hoy, pero de 1919, las aguas gélidas del canal Landwehr en Berlín intentaron sepultar la esperanza de una revolución que prometía un mundo donde “seamos humanamente diferentes, socialmente iguales y totalmente libres”. El asesinato de Rosa Luxemburgo, “Nuestra Rosa”, a manos de la reacción paramilitar y con la complicidad de la socialdemocracia traidora, fue un intento deliberado de decapitar la inteligencia más lúcida del proletariado internacional.

Para quienes analizamos el mundo desde el materialismo dialéctico, Rosa sigue inspirando nuestra vida cotidiana y nuestras posiciones respecto del mundo en que vivimos, porque su obra cumbre, Reforma o Revolución, resuena hoy con una urgencia eléctrica. En un siglo XXI donde el capitalismo agonizante intenta disfrazarse de “verde” o “humano”, la advertencia de Luxemburgo sigue en pie: la reforma social es un medio, pero la toma del poder político por la clase trabajadora es el fin. No se trata de limar las garras de la bestia, sino de superar un sistema que, por su propia naturaleza, necesita de la explotación para subsistir.

Rosa nos legó la disyuntiva más aterradora y certera de nuestra era: Socialismo o Barbarie. Hoy, ante el avance de los neofascismos, el colapso climático y la desigualdad obscena, la “barbarie” ya no es una posibilidad futura, sino una realidad cotidiana. Ella entendió que el imperialismo no era un accidente, sino una etapa necesaria de la acumulación de capital que devora fronteras y vidas.

A diferencia de las visiones más rígidas, Rosa creía profundamente en la capacidad creativa de las masas. Su defensa de la democracia dentro de la revolución, “la libertad es siempre y exclusivamente libertad para quien piensa de manera diferente”, no era una concesión liberal, sino una necesidad vital para que el socialismo no se anquilosara en una burocracia estéril.

Sus asesinos celebraron prematuramente. Creyeron que al disparar contra la mujer más peligrosa de Europa, mataban la idea. Pero como ella misma escribió en sus últimas horas: “¡El orden reina en Berlín! ¡Estúpidos esbirros! Vuestro ‘orden’ está edificado sobre arena. Mañana la revolución se levantará vibrante y anunciará con estrépito de trompetas: ¡Fui, soy y seré!

Hoy, 15 de enero de 2026, no lloramos a Rosa. La leemos, la organizamos y la convertimos en acción. Porque mientras exista un trabajador explotado, Rosa Luxemburgo seguirá viva, caminando a nuestro lado, señalando con su mano firme el horizonte de la emancipación total.

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