La idea, antes marginal, vuelve a escena desde el mundo libertario y think tanks pro-mercado, que proponen reemplazar el monopolio estatal de la emisión por competencia de monedas y banca privada. El giro no es solo técnico: toca el corazón del poder económico, porque reordena quién manda sobre la moneda, el crédito y, en última instancia, sobre el salario y el costo de vida.
Por Equipo Hasta hace poco, plantear la eliminación del Banco Central (BC) en Chile era una provocación académica. El propio prestigio del instituto emisor y su autonomía —reforzada en la experiencia reciente de alta inflación— funcionaban como un muro cultural. En la narrativa dominante, el BC aparece como el “bombero” que logró bajar la inflación desde el peak de 2022 a niveles más cercanos a la meta en 2025, y como garantía de estabilidad frente a la tentación política del gasto y la emisión. Precisamente por eso llama la atención que, en el último año, se haya vuelto “discutible” algo que antes era herético: no porque el BC haya dejado de operar, sino porque ciertos sectores buscan mover el marco de lo posible.
El impulso provino primero desde el entorno de la candidatura de Johannes Kaiser. En febrero del año pasado, Víctor Espinosa, académico y entonces asesor económico de esa campaña, deslizó públicamente el escenario: si existiera el quórum para eliminar el BC, “sería maravilloso”; si no, la alternativa sería “abrirse a la competencia de monedas” —dólares, euros o criptomonedas— para transacciones diarias. Kaiser, después, calificó el tema como un debate “interesante”, aunque dijo que no era parte de su programa. Esa aclaración, sin embargo, no congeló la idea: la instaló. En política, muchas veces lo decisivo no es prometer, sino correr el umbral de lo debatible.
La discusión entra ahora a una fase más organizada con un seminario convocado para el martes 20 de enero por la Fundación para el Progreso (FPP), encabezada por Axel Kaiser, donde se anuncia una conversación explícita sobre “¿Es posible eliminar el Banco Central? Banca libre: su teoría y la experiencia pasada en Chile y el mundo”. El título no es inocente: busca presentar el BC como una solución histórica contingente —no como institución “sagrada”— y abrir la pregunta de si el monopolio estatal de la emisión habría causado crisis, inflación o pérdida de poder adquisitivo. El formato también importa: el debate se instala no como consigna callejera, sino como charla “seria”, de think tank, con bibliografía y experiencia comparada. Así se construyen las agendas: con un barniz de neutralidad técnica para decisiones que son profundamente políticas.
Entre quienes promueven esta discusión aparecen nombres asociados a la FPP y a la tradición libertaria anglosajona. Destaca Juan Pablo Couyoumdjian, editor del libro Economía sin Banco Central: la banca libre en Chile (1860–1898), quien expondrá precisamente sobre la experiencia chilena del siglo XIX sin instituto emisor. En el panel figura también Pablo Paniagua, investigador asociado a la fundación, encargado de presentar “teoría y práctica” de la banca libre. Y como invitado aparece un actor clave para calibrar el tono: el expresidente del BC Rodrigo Vergara, cuya presencia anticipa una disputa de legitimidad: quienes quieren abrir la puerta a la “banca libre” buscan, al mismo tiempo, que el debate no parezca marginal.
¿Qué hay en el fondo de esta agenda? En apariencia, una pregunta técnica: quién emite dinero y cómo se organiza el sistema monetario. Pero en realidad, el debate trata sobre soberanía y clase. La moneda no es un objeto neutral: es una relación social. Marx lo formuló en clave dura: el dinero aparece como poder social concentrado, y el crédito como un sistema que “centraliza” y acelera la acumulación. Por eso, cuando se propone reemplazar el Banco Central por “competencia de monedas”, no se elimina el poder monetario: se traslada. Se desplaza desde una institución estatal —con autonomía, sí, pero pública— hacia el mercado y, en particular, hacia quienes controlan el acceso a divisas, crédito y plataformas de pago.
La promesa libertaria suele presentarse como “menos Estado”. Sin embargo, en países periféricos, abrir la competencia de monedas suele significar más dependencia: del dólar, de la banca global, del precio del crédito externo y de los ciclos financieros internacionales. Para un asalariado, la política monetaria se siente en algo muy simple: cuánto rinde el sueldo, cuánto suben los alimentos, cuánto cuesta endeudarse. En ese plano, la “banca libre” tiende a reforzar una asimetría: quienes tienen patrimonio, acceso a divisas y capacidad de mover capital se protegen; quienes viven del ingreso mensual quedan expuestos a volatilidad y a un encarecimiento del crédito en períodos de estrés. Lenin llamaba a esto el dominio del capital financiero: no porque el dinero “gobierne” mágicamente, sino porque quien controla crédito y moneda controla el ritmo de la economía.
Además, hay un punto de historia política que suele omitirse: los bancos centrales modernos no nacen por amor a la gente, sino como respuesta a crisis bancarias, pánicos financieros y necesidades de coordinación del capital nacional. La “autonomía” del BC, en el Chile neoliberal, también tiene un sentido de clase: restringe el uso democrático de la política monetaria para priorizar un objetivo —estabilidad de precios— entendido como condición de estabilidad para la inversión y los mercados. Pero el hecho de que el BC no sea “popular” por diseño no convierte su eliminación en una salida progresiva: puede ser, al contrario, un paso hacia un orden donde la moneda deja de ser un instrumento soberano y se vuelve un bien privado, administrado por bancos y divisas externas.
Por eso, lo que hoy se instala como seminario es, en el fondo, una disputa por el tipo de Estado que viene: si el gobierno de Kast se rodea de tecnócratas pro-mercado, este debate calza como guante con una agenda más amplia de desregulación. Se trata de quitar “fricciones” para el capital: permisos, impuestos, regulaciones y —si se puede— también el marco monetario. La pregunta “¿ha mejorado realmente el Banco Central la estabilidad?” funciona como palanca ideológica: no busca solo evaluar evidencia histórica, sino habilitar una reforma que, de prosperar, reconfigura la correlación entre democracia y finanzas.
En síntesis, quienes empujan la idea de eliminar el Banco Central en Chile no están únicamente discutiendo un diseño institucional: están ensayando un cambio de paradigma. Y en economía política, esos cambios suelen tener un patrón: se presentan como libertad, pero terminan definiendo quién carga la incertidumbre. En un país desigual, el riesgo es evidente: que la “libertad” monetaria de unos se traduzca en inseguridad cotidiana para millones.
