Mié. Feb 4th, 2026

Lirquén, la “zona cero” del fuego: 80% destruido en una localidad portuaria del Gran Concepción

Ene 19, 2026
Foto TVN

En pocas horas, el incendio empujado por el viento atravesó la franja de interfaz forestal y entró al tejido urbano de Lirquén, arrasando barrios completos y dejando una emergencia humana que desborda al municipio. La tragedia desnuda una vulnerabilidad estructural: territorios planificados para la rentabilidad (forestal–logística) y no para la vida, en un clima cada vez más extremo.

Por Equipo El Despertar

Lirquén, localidad costera de la comuna de Penco en la Región del Biobío, quedó marcada como uno de los epicentros de los incendios forestales que golpearon la zona centro-sur. La estimación preliminar de autoridades locales es brutal: cerca del 80% del sector urbano habría resultado afectado, con daños extensos en viviendas, barrios consolidados y servicios básicos. En la práctica, el desastre dejó de ser “un incendio” para convertirse en una crisis social: familias sin hogar, redes comunitarias desmembradas y un territorio que, en palabras de su propio alcalde, se siente como una ciudad desaparecida.

La geografía explica parte del golpe. Lirquén se ubica en una franja densamente poblada que conecta borde costero con cerros y zonas de interfaz, donde el fuego puede pasar, con viento y sequedad, desde masa vegetal a barrio en minutos. Varios vecinos describieron un avance súbito e incontrolable. Uno de ellos lo resumió con una frase que se repitió como espanto compartido: “el fuego llegó hasta el mar”. No es una imagen poética: es un indicador de intensidad y de velocidad, de un incendio que no solo “rodeó” la localidad, sino que la atravesó y la empujó hacia su límite físico.

En estas catástrofes, la cifra importa, pero la vida concreta pesa más. Lirquén no es un punto abstracto del mapa: tiene cerca de 20 mil habitantes y una identidad trabajada en torno a la actividad portuaria, la pesca artesanal y el comercio local. En ciudades así, la pérdida no se mide solo en metros cuadrados quemados; se mide en biografías. Una vecina que vivió 24 años en la casa levantada por su padre lo dijo con desorientación inmediata: no saber qué hacer, quedar “en la calle”, y sentir que ese destino se repite cuadra tras cuadra. El alcalde Rodrigo Vera también lo expresó desde una clave comunitaria: “cuando falta alguien no es un número”, es un vecino, un familiar, una historia. Esa es la dimensión real de la tragedia: la comunidad pierde no solo viviendas, sino continuidad.

Lirquén, además, no es cualquier localidad: cumple un rol estratégico en la región por el Puerto de Lirquén, uno de los principales terminales de exportación del Biobío, especialmente de productos forestales, y por su conectividad con el Gran Concepción a través de la Ruta 150. Ese dato, portuario y forestal, importa porque une dos capas del problema: el modelo económico que organiza el territorio y el tipo de riesgo que ese modelo produce. No es que el puerto “cause” el incendio, pero sí revela una trama: Biobío ha sido estructurado como corredor logístico-extractivo, y en ese corredor la vida urbana queda expuesta a una matriz forestal altamente combustible, en un clima que se recalienta.

En la fase más dura, incluso la coordinación se volvió cuesta arriba. El municipio reportó problemas de conectividad: sin internet ni telefonía, ni siquiera el puesto de mando funcionaba con normalidad. Y cuando la comunicación cae, cae también la capacidad de orientar evacuaciones, organizar ayuda, cruzar información y resguardar a los más vulnerables. La emergencia muestra entonces dos tipos de fragilidad: la del fuego y la de la infraestructura social.

Lo que ocurre en Lirquén no puede explicarse solo por “condiciones climáticas” como si fueran un rayo caído del cielo. El clima extremo es real, pero se vuelve devastador cuando se encuentra con un territorio diseñado para otra cosa: monocultivos, continuidad de material combustible, viviendas en borde de interfaz, caminos y cortafuegos insuficientes, precariedad de redes de agua, y una respuesta pública que suele ser más reactiva que preventiva. Engels advertía que no debemos embriagarnos con las “victorias” sobre la naturaleza, porque “por cada victoria, la naturaleza se venga”. No es moralismo ecológico: es una idea material. Cuando el suelo se trata como mercancía y la rentabilidad manda sobre la planificación, el riesgo se acumula como deuda. Y esa deuda se cobra con humo.

Marx lo escribió de manera aún más cruda al describir el impulso ciego del capital: “después de mí, el diluvio”. En el Chile forestal, ese “diluvio” puede ser sequía, puede ser incendio, puede ser colapso de servicios. La rentabilidad se privatiza; el riesgo se socializa. Quien pierde casa no es el gran actor económico: es el trabajador portuario, la familia del cerro, el comerciante de barrio, la persona mayor que no alcanzó a evacuar, la comunidad que queda a la intemperie.

Por eso la reconstrucción no puede reducirse a “levantar lo que había”. Lo que está en juego es cómo se reconstruye: con qué estándares, con qué protección del borde urbano-forestal, con qué regulación del manejo de plantaciones y de la interfaz, con qué infraestructura de agua y energía resiliente, con qué planificación urbana y con qué participación real de la comunidad. La frase del alcalde, “esta ciudad no la levanta un alcalde, la levanta Chile”, expresa una verdad práctica: el municipio no tiene espalda fiscal ni operativa para una reconstrucción que, en rigor, es una decisión de Estado.

Lirquén hoy es símbolo de una catástrofe, pero también de una disyuntiva: o el país sigue entendiendo estos incendios como eventos “excepcionales” que se gestionan con parches y promesas, o asume que son parte de una normalidad nueva, y más peligrosa, donde el modelo territorial debe ponerse bajo revisión. Porque cuando el fuego arrasa 80% de una localidad, lo que arde no es solo madera: arde el pacto mínimo de seguridad cotidiana que una sociedad le debe a su gente.

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