Mié. Feb 4th, 2026

Trump vincula el Nobel con Groenlandia y endurece el tono: “ya no me siento obligado a pensar solo en la paz”

Ene 19, 2026
Foto Mundo

Un mensaje confirmado por el primer ministro noruego muestra a Trump usando el “prestigio” del Nobel como argumento para justificar coerción sobre aliados: control “pleno” de Groenlandia, amenaza arancelaria y retórica de seguridad. El episodio transparenta una lógica de poder donde la diplomacia se convierte en extorsión económica y la soberanía en botín estratégico.

Donald Trump volvió a escalar su ofensiva sobre Groenlandia, esta vez con una mezcla de narcicismo extremo, resentimiento personal y geopolítica desnuda. En un mensaje divulgado por el periodista Nick Schifrin (PBS) y cuya autenticidad fue confirmada por el primer ministro noruego Jonas Gahr Støre, el presidente estadounidense sostiene que, como “su país” no le otorgó el Premio Nobel de la Paz, “ya no siente la obligación de pensar puramente en la paz” y que ahora puede enfocarse en “lo que es bueno y apropiado para Estados Unidos”.

El contenido del mensaje no quedó en una queja. Trump lo conectó directamente con su ambición de controlar Groenlandia, territorio autónomo dentro del Reino de Dinamarca, argumentando que Dinamarca “no puede proteger” la isla frente a Rusia o China y cuestionando su “derecho de propiedad”. Según reportes coincidentes, el texto insiste en que “el mundo no estará seguro” si EE.UU. no tiene control “completo y total” sobre Groenlandia, y pide que la OTAN “haga algo por Estados Unidos” en esa dirección.

Støre explicó que lo recibido fue un mensaje de texto en respuesta a otro que él había enviado junto con el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, para expresar oposición a los aranceles anunciados por Trump y pedir una conversación para bajar la tensión. También subrayó un punto básico: el Nobel de la Paz lo decide un comité independiente, no el gobierno noruego, y reafirmó el apoyo “total” de Noruega a Dinamarca en su integridad territorial.

La escalada no es solo retórica. Trump ha acompañado su presión con una herramienta típicamente imperial, pero de factura contemporánea: la coerción comercial. Reuters y AP informaron que amenazó con aplicar un arancel del 10% a importaciones de varios países europeos desde febrero, elevándolo al 25% hacia junio si no se alcanza un “acuerdo” sobre Groenlandia. La tensión sacudió mercados y abrió deliberaciones de urgencia en la Unión Europea sobre represalias y defensa frente a coerción económica.

El “argumento de seguridad” se reforzó este lunes con una publicación de Trump en Truth Social: afirmó que “ha llegado el momento” de eliminar la “amenaza rusa” en Groenlandia y que Dinamarca no habría hecho lo necesario durante años. La fórmula es familiar: convertir un territorio en pieza militar y justificar su control como prevención ante rivales globales.

Detrás del choque diplomático hay un motivo material difícil de ocultar. Groenlandia es estratégica por rutas árticas que se abren con el deshielo, por su ubicación en el Atlántico Norte y por minerales críticos (incluidas tierras raras) que han pasado al centro de la competencia tecnológica y militar. EE.UU. ya tiene una presencia relevante allí: la base Pituffik (antes Thule), clave para alerta temprana y vigilancia espacial, opera bajo acuerdos de defensa con Dinamarca. Que Washington ya tenga base y acuerdos, pero aun así busque control “pleno”, muestra que no se trata solo de “seguridad”: se trata de soberanía efectiva sobre territorio y recursos.

La reacción groenlandesa ha sido frontal. Días antes, los líderes de los principales partidos del Inatsisartut (parlamento) habían declarado: “no queremos ser estadounidenses… queremos ser groenlandeses”, reafirmando que el futuro debe decidirlo su pueblo. Ese dato importa porque rompe el encuadre de “negociación entre Estados” y devuelve el tema a su núcleo democrático: autodeterminación versus absorción por potencia.

El episodio se enreda además con la política simbólica del Nobel. El Comité Nobel de 2025 distinguió a María Corina Machado y se desató controversia cuando ella entregó su medalla a Trump; Reuters recordó que el premio es inseparable del laureado aunque la medalla, como objeto, puede regalarse. La escena —medalla en manos del presidente que amenaza anexiones— concentra una ironía histórica: el premio pensado para la paz convertido en trofeo para quien usa aranceles y fuerza como palancas.

Desde una lectura materialista, el mensaje de Trump transparenta la lógica de época: la paz ya no es horizonte universal, sino variable subordinada a interés nacional y a control de espacios estratégicos. Lenin llamaba a esto “imperialismo”: no como insulto, sino como sistema donde potencias compiten por zonas de influencia, rutas y recursos. Y Rosa Luxemburgo advertía que el militarismo no es un accidente, sino un mecanismo de reproducción del capital cuando la expansión choca con límites. Aquí el límite no es solo económico: es geográfico (Ártico), energético y tecnológico; y el método de superarlo se parece a un manual de presión: amenaza, tarifa, base militar, “seguridad” como coartada.

Marx lo dijo de forma brutalmente vigente: el poder político tiende a administrar los “negocios comunes” del orden dominante. Cuando ese poder se expresa en una carta donde el presidente exige un territorio ajeno, no estamos ante una excentricidad: estamos viendo el momento en que la dominación deja de maquillarse. La diplomacia se degrada en chantaje; el derecho internacional se trata como obstáculo; y la soberanía de pueblos pequeños se vuelve moneda de cambio en la mesa de potencias.

Lo que queda por ver es si Europa y la OTAN aceptan la lógica de “control total” como nuevo normal, o si el episodio se convierte en fractura abierta en el orden atlántico. Pero, más allá de la coyuntura, la carta deja una enseñanza incómoda: cuando un líder vincula el Nobel con el derecho a dejar de pensar en la paz, no está hablando del Nobel. Está diciendo que el prestigio moral es una herramienta más del poder, y que, si no se la entregan, recurrirá sin pudor a las herramientas duras: comercio, fuerza y anexión.

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