El eventual arribo del diputado Evópoli a Cultura incomoda a republicanos por su historial en votaciones valóricas y sus críticas pasadas a Kast. Desde el entorno del presidente electo, en cambio, se lee como señal de apertura. La tensión revela algo más profundo: la derecha busca gobernabilidad “por arriba”, pero la cultura sigue siendo un campo de hegemonía donde nadie entra neutral.
Por Equipo El Despertar
La posibilidad de que Francisco Undurraga (Evópoli) llegue al Ministerio de las Culturas en el gobierno de José Antonio Kast abrió un roce que va más allá del nombre: toca el dilema de la derecha entre “gabinete amplio” y disciplina ideológica. Según reportes, Kast habría ofrecido la cartera y Undurraga estaría preparando equipo, en un contexto donde la propia coalición del presidente electo critica el perfil tecnocrático y empresarial de su armado ministerial.
El malestar republicano tiene una razón directa: Undurraga fue, por años, un crítico radical y explícito del proyecto de Kast. The Clinic recuerda que en 2021 describió a los republicanos como “ultraderecha… populista, ultramontano y conservador”, lo que derivó en un cruce público con el propio Kast, el que le respondió que si estaba tan incómodo debía renunciar, y Undurraga replicó que aprobó el pacto por “un bien superior”, pero mantenía su opinión.
La incomodidad también se alimenta por su historial legislativo en temas valóricos. En 2021, Undurraga votó a favor de la idea de legislar sobre despenalización del aborto hasta 14 semanas, en una votación que quedó registrada como aprobada en general. Y en el debate de Educación Sexual Integral, su nombre aparece asociado a apoyos o gestos que chocan con el relato “con mis hijos no te metas” que articula buena parte del republicanismo: el proyecto de ESI de 2020 fue aprobado en general, pero cayó por no alcanzar quórum de LOC; medios registraron la sesión y el resultado.
Desde el entorno de Kast, la defensa apunta a un objetivo mayor: ampliar el abanico de representación y suavizar el flanco cultural sin ceder el eje duro (seguridad, migración, crecimiento). Dicho de otro modo: en un gobierno que buscará aplicar ajustes y endurecimientos, Cultura funciona como vitrina simbólica y un salario que compra silencio y disciplina. No es casual que esa cartera sea el lugar “amable” para mostrar diversidad interna sin tocar Hacienda o Interior.
Aquí se entiende por qué este nombramiento incomoda: la cultura no es un ministerio decorativo. Es el espacio donde se define, en políticas públicas, qué memorias se financian, qué identidades se legitiman, qué arte circula, qué educación cultural se prioriza, que grado de participación cultural se promueve, qué se recuerda y qué se olvida. Gramsci hablaba de hegemonía como dirección cultural y moral: gobernar no es solo mandar, es conseguir que una visión del mundo parezca “sentido común”. Y la derecha de Kast, que ha hecho del “orden” su bandera, necesita también ganar ese plano: que su proyecto no se vea como restauración punitiva, sino como normalidad y en eso poner a un adversario cultural al mando de esa batalla lo debilita o simplemente demuestra su rendición.
En esa lógica, poner a Undurraga en Cultura puede ser un gesto de “apertura” para la elite política y mediática, pero también un mecanismo de control: neutralizar el frente cultural evitando que la cartera sea ocupada por un cuadro de guerra cultural duro, capaz de incendiar conflictos innecesarios al inicio del mandato. La operación es típica: se administra la imagen mientras se concentra el poder real en los ministerios económicos y de seguridad.
Desde una lectura materialista, el episodio exhibe cómo se arma un bloque dominante: se reparten posiciones para gestionar tanto la coerción como el consenso. Lenin recordaba que el Estado combina administración y fuerza; la hegemonía requiere ambas. Si Kast endurece el aparato coercitivo, necesitará también amortiguadores simbólicos para evitar que la resistencia social se transforme en ingobernabilidad. Que Undurraga haya hablado de riesgo de “estallido” en el pasado, y que Kast lo haya usado en una presentación pública, muestra que ese fantasma sigue operando como disciplinador del sistema.
En síntesis, la tensión por Undurraga no trata solo de cultura: trata de cómo la derecha pretende gobernar. Si opta por un gabinete tecnocrático con concesiones simbólicas, buscará estabilidad por arriba; si opta por coherencia ideológica plena, profundizará polarización. Undurraga, en este tablero, aparece como pieza de equilibrio: suficiente “derecha” para obedecer el programa general, suficientemente “liberal” para bajar el ruido cultural. El problema es que la cultura no se administra como una subsecretaría: es conflicto por sentido, y en Chile —con memoria de 2019, desigualdad y polarización— ese conflicto siempre termina volviendo.
