El canciller Bruno Rodríguez reprochó al Presidente chileno por calificar a Cuba como “dictadura” en televisión y lo vinculó a la actual fractura política chilena. El cruce se da en un momento de máxima presión hemisférica y muestra cómo la disputa por soberanía se libra también en el terreno del lenguaje, la legitimidad y la alineación internacional.
Por Equipo El Despertar
La Cancillería cubana reaccionó con dureza a las declaraciones del Presidente Gabriel Boric sobre la isla y sobre la dirigencia histórica de la Revolución. En un mensaje publicado en X, el ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez, afirmó que en un escenario donde América Latina y el Caribe están siendo “agredidos y amenazados” por Estados Unidos, “algún gobernante de la región prefiere criticar a Cuba”, y calificó la postura de Boric, quien con sus dichos pareciera estar validando la intervención estadounidense en la zona, como “oportunismo político”, “no un acto de coherencia ni de valentía”.
Rodríguez fue más allá e introdujo un golpe político directo: escribió que Boric “dilapidó su tiempo” y que “sus errores e inconsecuencias entregaron su país a la extrema derecha neofascista”, en alusión al cambio de ciclo en Chile y a la derrota electoral del progresismo y el rol determinante que en ello tuvo el desempeño del gobierno saliente. También sostuvo con cierta ironía que, “quizás sin quererlo”, el mandatario chileno terminaría sirviendo al deseo del imperialismo de dividir a la región.
El cruce se activó por declaraciones de Boric en televisión chilena. En un programa emitido por CNN Chile, el Presidente que hasta hace algunos años posaba, junto a Camila Vallejo y Giorgio Jackson, de revolucionario sostuvo: “Cuba es una dictadura” y “Fidel Castro fue un dictador”, fijando así una posición explícita de subordinación a la democracia liberal burguesa como única forma de organización social, y por tanto sobre el régimen político cubano y su liderazgo histórico.
Que el intercambio se produzca justo ahora no es casual. La región atraviesa un período de alta tensión con Washington: operaciones militares, amenazas comerciales y disputas por recursos estratégicos han vuelto a colocar en el centro el viejo dilema latinoamericano entre soberanía y alineamiento. En ese marco, la Cancillería cubana optó por leer las palabras de Boric no como un comentario aislado, sino como parte de un reordenamiento más amplio: una señal de fragmentación política regional en la misma semana en que Cuba denuncia escaladas y presiones.
En términos políticos, ambas partes hablan en registros distintos pero con un mismo objetivo: disputar legitimidad. Boric utiliza una etiqueta, “dictadura”, que en el campo liberal opera como certificado moral y como frontera simbólica, aunque con niveles de hipocresía dignos de un récord Guinness: pretendiendo separar “lo aceptable” de “lo inaceptable”, y de paso envía señales hacia audiencias internas y externas en un momento de cierre de mandato y retorno al pinochetismo puro y duro en Chile. Cuba, en cambio, responde desde el repertorio antiimperialista y desde el Derecho Internacional: no entra a discutir el adjetivo en abstracto, sino que lo sitúa como pieza funcional a una estrategia de dominación y división hemisférica.
Aquí se revela un punto que el marxismo ayuda a entender sin dramatismo: la política internacional no es un teatro de principios puros, sino un terreno donde las palabras son instrumentos. Marx escribió que las ideas dominantes suelen ser las ideas de la clase dominante; en la arena global, eso se traduce en algo muy concreto: quién tiene el poder de nombrar “democracia”, “dictadura”, “terrorismo” o “seguridad” y lograr que esa nominación ordene sanciones, aislamientos o alianzas. No es solo semántica: es poder material aplicado mediante reputación, comercio, financiamiento y diplomacia, y eso funciona aunque el mismo que las usa firme acuerdos con monarquías absolutas, financie genocidios como el de Gaza y promueva a lideres neonazis en el resto del mundo..
También hay una dimensión latinoamericana interna. El mensaje de Rodríguez apunta a un quiebre generacional y político: un dirigente que emergió desde la protesta y la promesa de transformación y de sepultar al neoliberalismo, donde nació, termina, a ojos de La Habana, reproduciendo un lenguaje que Cuba asocia a la guerra fría y a la disciplina regional. La crítica cubana toma ese giro como síntoma de una fragilidad mayor: cuando los gobiernos progresistas enfrentan derrota o desgaste, aumentan las tentaciones de reacomodo “realista” hacia el centro del poder global, aunque ese movimiento tenga costos en cohesión regional y en el derecho de autodeterminación de otros pueblos.
En el fondo, el cruce Boric–Rodríguez expone una contradicción persistente del progresismo latinoamericano: intentar sostener una política exterior basada en derechos humanos universales y, al mismo tiempo, resistir presiones imperiales que suelen instrumentalizar esos mismos derechos como palanca geopolítica. Fanon advertía que el lenguaje “civilizatorio” puede funcionar como máscara para la dominación; Dussel, por su parte, insistió en que el poder tiende a fetichizarse cuando se presenta como universal mientras niega la exterioridad (los pueblos subordinados). En esta disputa, ambos registros se cruzan: Boric se ubica en el plano moral-liberal; Cuba responde en el plano antiimperialista y de soberanía nacional.
Lo que sigue es menos una “pelea de Twitter” que una señal del escenario que viene: Chile entra a una transición donde la política exterior será reordenada bajo un gobierno de derecha dura, y Cuba enfrenta un entorno hemisférico cada vez más hostil. Por eso, la pregunta de fondo no es quién tiene la frase más dura, sino qué tipo de región se está configurando y a que facción terminara perteneciendo el progresismo light que ha gobernado Chile: a una donde cada país negocia por separado su supervivencia política y económica, o una donde la unidad vuelve a ser instrumento real frente a amenazas externas.
