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Chile vuelve al podio de las grandes fortunas: el “top 10” regional confirma la concentración en pocos países

Ene 28, 2026

Un nuevo corte del Bloomberg Billionaires Index vuelve a ubicar a Chile entre los países donde se acumulan las mayores fortunas de América Latina —junto a México, Brasil y Colombia—, con Iris Fontbona y la familia Luksic en el tercer lugar regional. El listado, sin embargo, no es solo un ranking: es una fotografía del poder económico concentrado y de su capacidad para incidir sobre el rumbo político de la región.

Por equipo El Despertar

Chile aparece otra vez en el mapa duro de la riqueza latinoamericana. De acuerdo con el más reciente Bloomberg Billionaires Index, al inicio de 2026 el país se mantiene entre las economías que concentran las mayores fortunas de la región, en un “club” que comparte con México, Brasil y Colombia. En ese escenario, la principal fortuna chilena continúa en manos de Iris Fontbona y su familia —controladores del grupo Luksic—, con un patrimonio estimado en US$55.800 millones, cifra que en lo que va del año registra un incremento de más de US$5.800 millones.

El ranking regional lo encabeza el empresario mexicano Carlos Slim, controlador de América Móvil, con una fortuna estimada en US$116.000 millones (puesto 16 a nivel global). Le sigue Germán Larrea, también mexicano, presidente de Grupo México, con US$70.200 millones, impulsado por el desempeño del sector minero. En tercer lugar aparece Fontbona, y luego el brasileño Eduardo Saverin (cofundador de Facebook/Meta) con US$36.500 millones, mientras el quinto puesto lo ocupa el brasileño Jorge Paulo Lemann (AB InBev) con US$28.500 millones.

Más abajo —completando el “top 10” regional— figuran nombres claves del capitalismo latinoamericano contemporáneo: los colombianos Jaime Gilinski, Alejandro Santo Domingo y David Vélez (Nubank), junto al mexicano Alejandro Baillères y el brasileño André Esteves (BTG Pactual). La fotografía es nítida: pocas economías y pocos conglomerados concentran la mayor parte del patrimonio de élite en la región, y lo hacen en sectores estratégicos como minería, telecomunicaciones, banca y consumo masivo.

La lectura “de mercado” dirá que estas cifras se explican por fundamentos: mejores valoraciones bursátiles, retornos en sectores exportadores, ciclos favorables de commodities y un ambiente financiero global que vuelve a mirar a los emergentes cuando busca rentabilidad. Pero incluso esa explicación, que parece neutral, deja ver el nervio del asunto: las ganancias extraordinarias se apoyan en estructuras productivas y financieras que permiten convertir posiciones dominantes —en energía, minería, banca o telecomunicaciones— en flujos persistentes de rentas y utilidades.

En Chile, la trayectoria del grupo Luksic muestra precisamente ese rasgo: una diversificación que cruza minería, banca, bebidas, energía, transporte y servicios portuarios. Es decir, control de palancas decisivas del metabolismo económico: extracción, financiamiento, circulación y logística. En términos simples, no se trata solo de “emprendimiento exitoso”, sino de una arquitectura de propiedad que permite apropiarse de una parte desproporcionada del excedente social, año tras año, con independencia de si el resto de la economía “gotea” o se estanca.

Por eso el ranking no puede leerse como una lista de celebridades. Funciona más bien como un indicador de concentración. Y ahí la propia comparación regional —Chile, México, Brasil y Colombia— habla de economías donde la desigualdad no es un “daño colateral”, sino un modo de funcionamiento: pocos grupos controlan sectores donde el acceso a información, regulación favorable, redes políticas y barreras de entrada juega un rol tan importante como la productividad.

El telón de fondo lo refuerza un diagnóstico que Oxfam ha vuelto a poner sobre la mesa en Davos: en América Latina y el Caribe habría 109 milmillonarios con una riqueza conjunta de casi US$622.000 millones, y solo en el último año ese patrimonio habría crecido 39%, “16 veces más rápido que la economía regional”. Ese dato no es menor: sugiere que existe un circuito de valorización de la riqueza que corre por un carril propio, más rápido que el crecimiento promedio y mucho más rápido que los ingresos del trabajo.

En ese punto, la advertencia deja de ser moral y se vuelve política. Cuando la riqueza se acelera muy por encima del resto, no solo sube la desigualdad: sube la capacidad de convertir dinero en influencia —en acceso, en lobby, en control de agenda, en puertas giratorias, en “sentido común” mediático—. Oxfam lo plantea abiertamente al alertar que este desequilibrio puede erosionar la democracia al facilitar la “compra de influencias políticas”.

Desde una mirada materialista, lo que aparece aquí es un movimiento clásico de la acumulación: no solo se acumula riqueza, se centraliza poder. Como escribió Marx —en una fórmula que sigue incomodando porque describe demasiado—, “la acumulación de riqueza en un polo” tiene su contraparte social. No es una cita para adornar: es un recordatorio de que las fortunas no “flotan” sobre la sociedad; se construyen dentro de ella, organizando jerarquías de propiedad y de decisión.

El problema, entonces, no es que existan personas ricas —eso siempre ha existido—, sino el tipo de economía que normaliza que unas pocas decenas concentren patrimonios comparables al tamaño de países, mientras millones viven con salarios que no alcanzan, con deudas crónicas y con servicios básicos cada vez más caros. La lista de los diez más ricos de América Latina puede cambiar posiciones, pero la película es estable: concentración, herencia, rentas y control de sectores estratégicos.

En ese marco, Chile vuelve al podio. No como triunfo nacional, sino como señal estructural: la región sigue produciendo riqueza, pero su apropiación continúa extremadamente concentrada. Y mientras esa matriz no cambie —mientras la propiedad y el poder económico sigan tan entrelazados— cada “subida” en los rankings de multimillonarios será también una noticia sobre el tipo de sociedad que se consolida.

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