Con el petróleo más débil, crédito más caro y una inversión extranjera que no despega al ritmo esperado, el reino comenzó a “recalibrar” sus megaproyectos: desde el cubo gigante Mukaab en Riad hasta iniciativas en Neom como The Line, además de postergar eventos y revisar estadios ligados al Mundial 2034.
Por Equipo El Despertar
Arabia Saudita entró en una fase de ajustes que tensiona el relato de expansión sin límites de su programa Visión 2030. En las últimas semanas, el gobierno y su principal brazo inversor —el Fondo de Inversión Pública (PIF), uno de los mayores fondos soberanos del mundo— han ordenado revisiones exhaustivas a varios de los proyectos más icónicos, en medio de señales crecientes de estrechez financiera y prioridades en disputa.
Uno de los símbolos más visibles de este giro es la pausa y reevaluación del Mukaab, el rascacielos-cubo concebido como corazón del distrito New Murabba en Riad. Reportes basados en fuentes con conocimiento directo indican que el proyecto se encuentra suspendido más allá de trabajos iniciales como excavación y pilotes, mientras se reexaminan su financiamiento y viabilidad. La reevaluación ocurre en un momento en que el PIF —que ha empujado la transformación urbana y turística del país— busca contener costos y reordenar el portafolio de inversiones.
En paralelo, el reino también ha estado revisando iniciativas en Neom, el megaproyecto futurista en el noroeste saudí. Allí, el foco se ha posado sobre The Line, el plan de ciudad lineal de gran escala, asociado durante años a ambiciones arquitectónicas y tecnológicas que, bajo un escenario de menor holgura presupuestaria, empiezan a ser discutidas en términos más terrenales: plazos, costos, retornos y alcance realista.
Las señales de repliegue no se limitan a ladrillos y renders. Arabia Saudita anunció la postergación indefinida de los Juegos Asiáticos de Invierno 2029, previstos en Trojena (otro desarrollo dentro de Neom), un evento que había sido presentado como prueba de la capacidad del reino para “fabricar” destinos globales —incluso con nieve— en un territorio desértico.
Detrás de estas revisiones aparece una explicación repetida: presión fiscal y necesidad de priorización. En el fondo, el ciclo de ingresos petroleros ya no entrega el mismo colchón, el entorno crediticio global se volvió más restrictivo y la inversión extranjera —clave para sostener el salto— no ha compensado al ritmo que requieren proyectos de escala continental. La propia cobertura internacional ha subrayado que los precios del petróleo se mantienen por debajo de niveles “cómodos” para financiar sin fricción el paquete completo de transformación.
La reorientación también tiene un criterio político-económico: mover recursos hacia iniciativas consideradas más “urgentes” o con retornos más cercanos, como infraestructura para grandes hitos internacionales (Expo 2030 y Mundial 2034), y proyectos con rendimientos más verificables. En esa línea, se ha reportado que algunos estadios planificados podrían recortarse o mudarse de ubicación, mientras se evalúan desarrollos en Riad, Yeda y otras zonas del país.
Lectura de fondo: cuando el “milagro” choca con la aritmética de la acumulación
Aunque la discusión pública suele presentarlo como “gestión” o “realismo”, el giro saudí ilustra una dinámica clásica: el Estado opera como gran organizador de inversión y valorización, pero no puede escapar a las condiciones del mercado mundial, el precio de la energía y el costo del dinero. El PIF funciona, en la práctica, como un instrumento de acumulación: concentra capital, lo despliega en megaproyectos y busca producir nuevas fuentes de renta (turismo, servicios, logística, eventos globales) para reducir dependencia del crudo.
En términos más simples: cuando la tasa esperada de retorno se vuelve incierta o cuando el financiamiento se encarece, aparece la palabra que ningún render puede ocultar: recorte, retraso, rediseño. Y eso no es un detalle técnico. Es una señal de que el “desarrollo” prometido descansa sobre una arquitectura muy material: deuda, flujo de caja petrolero, credibilidad financiera y la capacidad del Estado de sostener, con recursos públicos, una transformación que a menudo se vende como modernización “para todos”.
Hay, además, una tensión social que acompaña estos virajes. Los megaproyectos suelen justificarse como generadores de empleo y diversificación; pero cuando se “recalibran”, también se redistribuyen costos: contratistas que quedan colgando, trabajadores migrantes con condiciones precarias, y comunidades locales cuyo futuro se reordena por decisiones tomadas lejos de su control. La Visión 2030 se presenta como un proyecto nacional; sin embargo, su termómetro real es el mercado global.
Dicho sin consigna: incluso un reino con enormes reservas aprende —a veces tarde— que la promesa de crecimiento infinito tiene límites. Como escribió Marx, el impulso dominante del sistema es la acumulación: “¡Acumulad, acumulad! Esa es la ley y los profetas”. Y cuando esa ley entra en fricción con el presupuesto, lo que se ajusta no es la consigna, sino el plan.
Si quieres, puedo hacer la versión noticiosa (misma noticia) pero en formato “cable” (más corta, estilo agencia), o una versión más larga tipo reportaje con contexto regional (Golfo, turismo, Mundial 2034, rol del PIF y relación con el precio del petróleo).
