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Cuando el imperio se quita la máscara

Ene 30, 2026

Desde una mirada marxista, no hay sorpresa. El bloqueo es economía política de la dominación: impedir la reproducción material de una sociedad para quebrar su soberanía. No es un “error” de política exterior; es imperialismo en estado puro.

Por Equipo El Despertar

Las declaraciones del canciller cubano Bruno Rodríguez Parrilla describen la lógica desnuda de una política imperial que, incapaz de convencer, asfixia. La nueva escalada de Estados Unidos contra Cuba, ahora orientada a bloquear los suministros de combustible, confirma que el objetivo no es la “democracia” ni los “derechos humanos”, sino forzar por hambre y penuria lo que no pudieron imponer por la vía política. Es el mismo libreto de siempre: mentir para justificar, chantajear para aislar, castigar para disciplinar.

No hay amenaza cubana a la paz regional. La amenaza es el bloqueo: el más prolongado y cruel aplicado jamás contra una nación. Un bloqueo que viola el derecho internacional, ignora resoluciones casi unánimes de la ONU y ahora pretende elevar la crueldad a un nuevo nivel, cortando el combustible que sostiene la vida cotidiana, hospitales, transporte, alimentos. Cuando se bloquea el combustible, se bloquea la vida. Eso tiene nombre: agresión.

El imperio no actúa solo. Presiona a terceros con aranceles arbitrarios, exige adhesión bajo amenaza y convierte el comercio en arma política. Es una extorsión abierta que traiciona incluso sus propios dogmas del “libre comercio”. No hay reglas cuando se trata de someter a Nuestra América. Hay coerción, hay castigo ejemplar, hay saqueo. Y cuando alguien se niega, se le pasa factura.

Desde una mirada marxista, no hay sorpresa. El bloqueo es economía política de la dominación: impedir la reproducción material de una sociedad para quebrar su soberanía. No es un “error” de política exterior; es imperialismo en estado puro. Cuando no pueden controlar gobiernos, controlan flujos; cuando no pueden ganar ideas, cierran grifos. El capital y su Estado saben que la escasez fabrica obediencia o, al menos, sufrimiento utilizable como propaganda.

Pero la hipocresía es mayor cuando se acusa a Cuba de lo que Estados Unidos practica: desestabilizar, chantajear, mutilar soberanías. Mientras Washington arma guerras, sostiene ocupaciones y bloqueos, Cuba envía médicos, alfabetiza y resiste. La “amenaza” es el ejemplo: un país pequeño que decide no arrodillarse. Eso es lo que se castiga.

Denunciar este nuevo acto de agresión no es un gesto retórico; es una obligación política y moral. Levantar el bloqueo —todo el bloqueo, incluido este intento de estrangulamiento energético— es condición mínima para cualquier conversación honesta. Y romper el cerco exige algo más que declaraciones: solidaridad efectiva, comercio sin miedo, cooperación energética, y una diplomacia latinoamericana que deje de pedir permiso.

Cuba no está sola. Cada escalada confirma una verdad histórica: cuando el imperio aprieta, revela su debilidad. Porque si después de 65 años necesita bloquear combustible para intentar doblegar a un pueblo, es porque ese pueblo no fue vencido. La tarea de Nuestra América es clara: poner la vida por delante del chantaje, la soberanía por delante del miedo, y la solidaridad por delante del cálculo. El bloqueo es un crimen. Resistirlo, una dignidad.

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