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Chile, nación o territorio que disciplinar?

Feb 10, 2026

Chile aparece así menos como un pueblo histórico al que se pertenece, y más como un espacio que se habita y debe ser ordenado, administrado, corregido. La identidad con  el país se vuelve condicional: se afirma mientras no contradiga un ideal previo de orden, disciplina y jerarquía.

Por Jorge Coulon y Jaime Bravo

La llegada al poder de una figura ubicada en la extrema derecha, vinculada a una comunidad católica conservadora y formada en una historia familiar marcada por Europa y la guerra, abre una pregunta que excede la coyuntura política inmediata:

¿desde qué lugar simbólico se mira hoy a la sociedad chilena?

Este texto busca comprender cómo ciertas trayectorias vitales pueden producir miradas particulares sobre el país, su pueblo y sus conflictos, y cómo esas miradas se traducen en una forma particular de ejercer el poder.

La condición de primera generación nacida en Chile, hijo de inmigrantes europeos (alemanes) atravesados por el trauma de la guerra y la derrota, suele producir una identidad en fricción. La pertenencia formal convive con una distancia cultural persistente.

Chile aparece así menos como un pueblo histórico al que se pertenece, y más como un espacio que se habita y debe ser ordenado, administrado, corregido. La identidad con  el país se vuelve condicional: se afirma mientras no contradiga un ideal previo de orden, disciplina y jerarquía.

La pertenencia a comunidades católicas conservadoras como Schoenstatt configura una ética centrada en la obediencia interior, el autocontrol y el orden jerárquico. Esta ética incide directamente en la manera de leer el conflicto social.

Desde esa perspectiva, el conflicto se interpreta en clave moral: la desigualdad aparece como consecuencia, la protesta como desorden, la demanda colectiva como desviación del comportamiento esperado. La sociedad es evaluada más que escuchada.

No emerge aquí un horizonte utópico ni un proyecto de transformación social que no sea el que se desprende de su idea de orden y distribución, siempre justificada valórica y culturalmente. Predomina una voluntad de restauración: el intento de volver a un orden considerado perdido, más que la imaginación de uno nuevo.

La experiencia paterna del orden llevado al extremo y posteriormente derrotado deja una huella profunda en la relación con el poder,  el caos y el conflicto. Esa huella no se expresa como duda, sino como rigidez.

La política adopta entonces una lógica de contención: evitar el desborde, prevenir el conflicto, neutralizar la inestabilidad. Gobernar se vuelve una tarea de control más que de transformación histórica.

El cruce entre conservadurismo religioso, herencia autoritaria y lectura moral del mundo produce una política que juzga a la sociedad en lugar de dialogar con ella.

El conflicto social se lee como amenaza. La diversidad como decadencia. La memoria histórica como obstáculo o resentimiento. El pueblo deja de ser sujeto político y pasa a ocupar el lugar de “problema a resolver”.

Esta mirada concibe a Chile principalmente como territorio productivo, marco jurídico y economía funcional. La dimensión histórica, mestiza y popular del país queda subordinada a la exigencia de orden y eficiencia.

Chile no aparece como una comunidad atravesada por desigualdades, violencias y memorias abiertas, sino como un espacio que debe operar sin fricciones.

Lo que emerge entonces es una coherencia interna compuesta por:

– una ética religiosa del orden

– una respuesta política autoritaria

– una identidad nacional vivida con distancia

– una moralización sistemática del conflicto social

El resultado es una forma de gobierno que no se piensa como parte de la sociedad chilena, sino como su administrador correctivo.

El dilema central es político y simbólico:

gobernar con el pueblo o administrarlo desde fuera.

Esto puede ayudar a comprender la perspectiva desde la cual el representante de esta posición actúa. Al mismo tiempo abre la pregunta de porqué resuena en quienes no comparten condición ni creencias.

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