El cardenal Pietro Parolin confirmó que la Santa Sede no se integrará al organismo impulsado por la Casa Blanca, argumentando que su “naturaleza jurídica y espiritual” la diferencia de los Estados. El gesto llega cuando la iniciativa —presentada inicialmente como un mecanismo para Gaza— apunta a ampliarse a otros conflictos, tensionando el equilibrio entre multilateralismo y poder de bloque.
Por Equipo El Despertar
El Vaticano comunicó que no participará en el llamado “Consejo/Board de Paz” promovido por el presidente estadounidense Donald Trump. La decisión fue explicitada por el secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Pietro Parolin, quien sostuvo que el manejo de crisis internacionales debe mantenerse dentro del marco de Naciones Unidas y remarcó que la Santa Sede posee una condición particular, “única”, que no calza con la lógica de adhesión estatal al nuevo organismo.
El rechazo vaticano se produce a días de la primera reunión del Consejo, convocada para el 19 de febrero en Washington, y en un contexto donde algunos gobiernos han optado por involucrarse de forma limitada —como observadores— mientras crecen las dudas sobre la arquitectura y el alcance político real de la instancia.
En paralelo, el debate se cruza con una advertencia que viene desde la ONU: el secretario general António Guterres recalcó que la responsabilidad central en materia de paz y seguridad internacional recae en el Consejo de Seguridad, y cuestionó la idea de resolver conflictos mediante arreglos dominados por “una sola potencia”. Sus declaraciones llegaron tras el lanzamiento del Consejo por parte de Trump, que —según reportó Reuters— nació para sostener el frágil alto el fuego en Gaza, pero con una proyección de ampliación a otros focos globales, lo que ha inquietado a distintas capitales.
Desde una lectura crítica (y aquí entra el ángulo de clase), el episodio muestra algo más que un desacuerdo protocolar: cuando Washington instala un órgano paralelo a la ONU bajo el rótulo de “paz”, no solo disputa competencias diplomáticas, también disputa quién administra el orden. En la práctica, estos formatos suelen operar como “mesas de gestión” donde la paz se traduce en gobernabilidad para la inversión, control de rutas, reconstrucción como negocio y reconfiguración de alianzas; es decir, la paz como estabilidad para la acumulación, más que como justicia material para los pueblos afectados.
La postura del Vaticano, por su parte, también es política: al replegarse, protege su papel tradicional de mediación y su margen de maniobra ante un tablero internacional donde la “paz” puede ser usada como marca de poder. Con todo, el gesto no implica neutralidad: al insistir en el marco ONU, la Santa Sede se alinea con una defensa del multilateralismo que choca con la lógica de bloques y “esferas de influencia” que la propia ONU viene advirtiendo.
La reunión inaugural en Washington, en tanto, será una primera prueba: si el Consejo se consolida como mecanismo operativo con capacidad de intervenir más allá de Gaza, o si queda como plataforma política de legitimación para decisiones ya tomadas por las potencias, es algo que empezará a despejarse con su composición, agenda y reglas efectivas.
