La disputa ocurre pocos días después de que Israel reconociera formalmente a Somalilandia como “Estado soberano e independiente”, un hecho que rompió el consenso internacional (hasta entonces ningún país lo había hecho) y que detonó rechazo de Somalia, de actores regionales y un debate en Naciones Unidas.
Por Equipo El Despertar
El presidente de Somalia, Hassan Sheikh Mohamud, afirmó que su gobierno analizó reportes de inteligencia que apuntarían a un acuerdo entre Somalilandia e Israel: reconocimiento internacional a cambio de tres condiciones que incluirían el reasentamiento de palestinos desplazados, la apertura de una instalación militar en la costa del golfo de Adén, y la adhesión a los Acuerdos de Abraham.
La acusación generó una respuesta inmediata desde Hargeisa. La cancillería de Somalilandia calificó las versiones de “infundadas”, asegurando que su relación con Israel es “puramente diplomática” y “en pleno respeto del derecho internacional”, negando en particular los puntos relativos a reasentamiento y bases.
La disputa ocurre pocos días después de que Israel reconociera formalmente a Somalilandia como “Estado soberano e independiente”, un hecho que rompió el consenso internacional (hasta entonces ningún país lo había hecho) y que detonó rechazo de Somalia, de actores regionales y un debate en Naciones Unidas.
Detrás del choque diplomático está el mapa duro: Somalilandia se ubica frente al corredor del mar Rojo y Bab el-Mandeb, una zona clave para el comercio marítimo y el flujo energético global (conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y el océano Índico).
El intento de instalar esta historia como un “rumor exótico” en la periferia africana es, en sí mismo, parte del problema. Lo que está en juego, con o sin acuerdo secreto confirmado, es el reordenamiento del corredor del mar Rojo y la instrumentalización de Palestina en una negociación de reconocimiento estatal y enclaves militares.
Mohamud acusa y Somalilandia niega. Esa es la disputa inmediata. Pero el hecho estructural no depende de la veracidad del “paquete completo”: el corredor Bab el-Mandeb–mar Rojo–Suez se convirtió en una arteria geopolítica de primer orden. La EIA lo describe como un chokepoint crucial para el tránsito de petróleo y gas; su cierre obligaría a desviar rutas, encareciendo tiempos y costos.
En un escenario de tensiones regionales, cualquier potencia que logre “anclar” presencia a ambos lados del corredor gana capacidad de presión. Por eso el “dónde” (golfo de Adén, Bab el-Mandeb) importa tanto como el “quién”.
Israel, según Reuters y otros medios, se convirtió en el primer país en reconocer a Somalilandia y anunció cooperación inmediata; Somalilandia, por su parte, busca que ese reconocimiento arrastre a otros.
Ese reconocimiento funciona como capital político: puede intercambiarse por acceso, bases, logística, puertos, inteligencia o alineamientos (como la adhesión a los Acuerdos de Abraham). Y aquí aparece la clave: Somalilandia sí ha reconocido públicamente su ruta hacia esa “normalización” (aunque niegue los otros puntos), y Al Jazeera reporta que, de las tres condiciones atribuidas por Somalia, la última es la que está públicamente admitida. Al Jazeera+1
En términos simples: el reconocimiento no cae del cielo; en geopolítica suele venir con precio. Somalia sostiene que Israel busca “exportar” Gaza hacia el Cuerno de África. Puede sonar extremo, pero no aparece en el vacío: The Washington Post recuerda que en marzo Associated Press informó que Somalilandia estuvo entre países contactados por funcionarios israelíes y estadounidenses para discutir destinos de palestinos expulsados de Gaza.
Y en la ONU, varios Estados y organizaciones regionales expresaron preocupación sobre si el reconocimiento podía estar vinculado a forzar relocalizaciones o facilitar bases (según Reuters).
El punto político es nítido: incluso la posibilidad de que se negocie el reasentamiento de un pueblo bajo guerra como “moneda” de intercambio evidencia una lógica colonial: la población palestina tratada como carga trasladable, no como sujeto de derechos.
Los Acuerdos de Abraham vendieron “paz” y “cooperación”. En los hechos, han operado como una arquitectura de alineamiento regional donde el acceso a inversiones, reconocimiento y apoyo político se paga con integración a un eje de seguridad y diplomacia.
Si a eso se suma un enclave militar en el golfo de Adén, el resultado es un patrón conocido: diplomacia + seguridad + logística. Un “puerto” puede ser también un “punto de apoyo”. Un “acuerdo” puede abrir paso a una “presencia”. Y una presencia en esa zona no es neutra: Bab el-Mandeb es frontera viva de conflictos y rutas de comercio global.
Somalia no solo discute con Somalilandia; discute con la idea de que su integridad territorial pueda ser redefinida por potencias externas. La propia existencia de Somalilandia como entidad de facto (desde 1991) convive con el hecho de que el derecho internacional y la diplomacia africana han sostenido mayoritariamente la integridad territorial somalí.
Para Mogadiscio, el reconocimiento unilateral abre un precedente: hoy es Somalilandia; mañana pueden ser otras regiones. No es casual que el presidente hable de “trasladar conflictos externos” al territorio somalí.
Somalilandia dice “no hay bases, no hay reasentamiento”. Somalia dice “hay reportes de inteligencia y condiciones aceptadas”. En ese choque, lo esencial para un medio popular es no perder el norte: Ningún pueblo es mercancía de reasentamiento: Palestina no puede ser “solución logística” de nadie; la militarización del mar Rojo no trae estabilidad para África; trae control de rutas, presión y nuevas guerras por delegación; La región no necesita “normalizaciones” que se construyan sobre la negación de derechos, sino derecho internacional efectivo y soberanía de los pueblos.
