Sáb. Abr 4th, 2026

El alza de la bencina: el impuesto de guerra que paga la clase trabajadora mientras el capital especula con la crisis

Mar 3, 2026
Foto El Mercurio

El conflicto en Medio Oriente ya golpea el bolsillo de los chilenos: la bencina podría aumentar hasta $27 por litro en las próximas semanas, el dólar se dispara sobre los $888 y los expertos proyectan un impacto inflacionario que, aunque califican de “marginal”, encarecerá la canasta básica de quienes viven de un salario, en una nueva demostración de cómo las crisis del capitalismo siempre las terminan pagando los de abajo.

Por Equipo El Despertar

La guerra interimperialista entre Estados Unidos, Israel e Irán no es un conflicto lejano que se mira por televisión. En Chile, sus efectos ya se traducen en números concretos que llegarán directamente al bolsillo de las familias trabajadoras. Mientras los titulares celebran o lamentan las variaciones bursátiles, en las poblaciones la preocupación es una sola: cómo estirar el sueldo para pagar la bencina que mueve el micro, la furgoneta escolar o el delivery que da de comer.

El economista Juan Ortiz, del Observatorio del Contexto Económico de la UDP, proyecta que este jueves las gasolinas podrían tener un incremento marginal, pero el golpe real llegará a fines de marzo: “hacia fines de marzo las bencinas deberían subir en torno a $27 y $28 por litro y el diésel $20 por litro aproximadamente” . El Mecanismo de Estabilización de Precios de los Combustibles (Mepco), ese invento técnico que promete amortiguar la volatilidad, permite alzas de hasta $25 por litro cada tres semanas . En criollo: el Estado, lejos de proteger a los consumidores, administra el alza para que no sea tan brusca, pero alza al fin.

“En el corto plazo, de aquí al jueves, el subidón podría ser acotado, con alzas de entre $5 y $10 por litro”, explicó Ortiz a T13 . Pero si la tensión se mantiene durante las próximas semanas, el incremento podría llegar hasta los $27 por litro en el caso de las gasolinas . Detrás de estas cifras hay un mecanismo simple: el petróleo Brent subió más de un 10% en la apertura de los mercados tras los ataques a infraestructura energética en Arabia Saudita y las amenazas iraníes de cerrar el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20% del petróleo mundial .

Pero el problema no termina en el surtidor. El dólar, ese termómetro que mide la fiebre especulativa, reaccionó con fuerza y durante la jornada llegó a los $888 . Rodrigo Castillo, director comercial de BEFX, estima que “los $900 podrían estar más cerca si la incertidumbre se mantiene” . ¿Y qué significa un dólar alto para la clase trabajadora? Significa que todo lo que se importa —desde el pan, que depende de trigo importado, hasta los electrónicos y la ropa— sube de precio. Significa que el salario, ya congelado por la lógica patronal, alcanza para menos.

El economista jefe de Fynsa, Nathan Pincheira, advierte que “el canal de contagio hacia precios podría venir de dos fuentes: precio del petróleo, al verse afectada la oferta, pero también tipo de cambio, por perspectivas menos benevolentes sobre el crecimiento mundial, mayor incertidumbre y menos apetito por riesgo” . Ambos efectos, dice, “van hacia el mismo lado” . Ese “mismo lado” es el de la inflación, que aunque los expertos califican de “acotada” o “marginal”, siempre golpea con más fuerza a quienes menos tienen.

Jorge Hermann, de Hermann Consultores, prevé que “el alza de los combustibles tendrá una incidencia positiva de 0,07 puntos porcentuales en la inflación de marzo” . Felipe Alarcón, de Euroamerica, calcula “un impacto que podría rondar 0,1 punto porcentual en el IPC marzo y de 0,2 punto porcentual en el IPC total 2026” . Cifras pequeñas en el papel, pero que en la práctica significan que el arroz, los fideos, el pan y el transporte serán un poco más caros para quienes ya viven al día.

Lo más revelador del análisis técnico es cómo naturaliza la crisis. “Este conflicto en Medio Oriente debería ser un shock de oferta transitorio de un par de semanas”, afirma Hermann, proyectando que después “debería volver a la normalidad con una baja del precio del petróleo hacia el rango US$60-65 el barril” . La “normalidad”, en este léxico, es el funcionamiento regular del mercado, como si la guerra no fuera parte intrínseca de la lógica capitalista, como si los ataques a infraestructura energética fueran un accidente climático y no una expresión más de las contradicciones interimperialistas por el control de recursos estratégicos.

La pregunta que ningún economista de estos formularios se hace es: ¿por qué los trabajadores chilenos tienen que pagar con su salario los costos de una guerra que no decidieron, en un país que no tiene nada que ver con el conflicto, salvo su dependencia estructural de la economía mundial? La respuesta es incómoda para el poder: porque en este sistema, las ganancias se privatizan y las pérdidas se socializan. Mientras las grandes petroleras y los fondos especulativos ajustan sus posiciones y buscan refugio en el dólar, el costo del ajuste se traslada vía precios a los hogares populares.

Ignacio Muñoz, investigador de Clapes-UC, admite que “dada la incertidumbre sobre la duración del conflicto, es difícil dimensionar el impacto final sobre la inflación” . Pero esa incertidumbre no es neutral: beneficia a quienes pueden especular con la volatilidad y perjudica a quienes necesitan certezas para llegar a fin de mes. El “shock externo” no es un fenómeno meteorológico; es la manifestación de un sistema global donde la guerra es un negocio y los países periféricos como Chile son tomadores de precios, víctimas de decisiones que se toman en las bolsas de Nueva York, Londres o Dubái.

Rodrigo Castillo descarta por ahora un salto del dólar hasta los $1.000, “salvo que potencias como China o Rusia se involucren directamente en el conflicto armado” . Esa salvedad revela la fragilidad de la economía chilena: el devenir del tipo de cambio, que determina el precio de los alimentos y el transporte, depende de decisiones geopolíticas que escapan completamente al control nacional. Es la dependencia en su forma más cruda.

Mientras los analistas discuten si el impacto inflacionario será de 0,1 o 0,2 puntos porcentuales, en las poblaciones la pregunta es más concreta: ¿cuánto más habrá que pagar por el micro la próxima semana? ¿Cómo ajustar las 15 lucas diarias para el almuerzo si la bencina sube $27 por litro? Esa es la verdadera dimensión de la crisis: la que se mide en salarios que no alcanzan, en deudas que se acumulan, en vidas que se desgastan para que el sistema siga girando. El alza de la bencina no es un dato más de la pauta económica; es un impuesto de guerra que pagan los de siempre.

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