La próxima vez que el coro bienpensante repita la pregunta tramposa; ¿es Venezuela una dictadura? Recordemos que lo que realmente está en juicio no es un gobierno, sino nuestro propio marco político. La historia no absolverá a los equidistantes, sino a quienes supieron ver que, en este siglo de hierro, la única democracia digna de ese nombre es la que se atreve a ser, ante todo, antimperialista.
Tomás Opazo Rodríguez
La distancia política establecida con la Venezuela Bolivariana se viene instalando al interior de la izquierda desde hace ya varios años. Hoy, ante un proceso que los propios venían mirando de costado, el imperialismo ha pasado a la ofensiva total; bombardeo de Caracas y secuestro del Presidente Nicolas Maduro, en búsqueda del control total de los recursos naturales del país.
Pero esta ofensiva imperialista comenzó por apostarse en el discurso público global, mediante una pregunta tramposa e insistente, en debates presidenciales y paneles políticos de televisión; ¿Venezuela es o no es una dictadura? La pregunta, repetida hasta el cansancio por think tanks, grandes medios y una parte de la izquierda edulcorada, busca reducir la complejidad analítica e histórica que significa definir un proceso político, a un checklist liberal de “garantías democráticas” cumplidas o no cumplidas. Generando una discusión que no sólo es estéril, sino también profundamente antimarxista. Para nosotros la discusión no se debería tratar de calificar gobiernos según el manual-de-buenas-maneras que exige el imperialismo, sino de analizar críticamente qué proyecto de sociedad se está construyendo, qué relaciones de poder se están transformando, qué clase se posiciona al frente, y a favor de quién se ejerce el poder.
Es aquí donde el discurso liberal -con la izquierda moderada como caja de resonancia- revela su pobreza teórica y política. Se horrorizan ante la concentración de poder en el ejecutivo, ante la judicialización de la oposición -explícita y activamente antipatriótica y subordinada a los EE.UU-, ante la asimetría mediática. Pero callan ante el embargo económico y las sanciones que han costado decenas de miles de vidas, el robo de activos en el extranjero, el financiamiento de la oposición golpista y ante todo el intento descarado de asesinato al proyecto bolivariano.
Por eso, aunque a muchos les de miedo pensarlo, para nosotros la discusión de fondo no es “dictadura o no-dictadura” en los términos fetichizados del orden liberal, los marxistas no definimos si un gobierno es democratico o no según el manual de la CIA. La discusión es: ¿Qué proceso defiende los intereses de las mayorías explotadas? ¿Qué proceso avanza, en medio de condiciones adversas, hacia la socialización de la riqueza y el poder? Venezuela, con todas sus contradicciones y errores -que deben ser criticados desde la izquierda militante, no desde la prensa financiada por Washington-, ha mantenido en pie un proyecto revolucionario que se ha negado a claudicar ante el ultimátum imperial. Eso, en un mundo de Estados vasallos y gobiernos timoratos, es un acto de insubordinación histórica.
Quienes hoy centran su discurso en las exigencias de “garantías democráticas” mientras apoyan -o callan- ante el asedio de Estados Unidos, no sólo son hipócritas: son funcionales a la restauración conservadora que hoy sufren los pueblos de Bolívar. Nuestra tarea no es dar lecciones de civismo al acosado, debemos defender el derecho de los pueblos a resistir, a experimentar, a equivocarse y a corregir, sin tutelajes externos. Ningún proceso revolucionario es un santuario intocable, pero todos son frentes de batalla en la guerra de clases continental. Abandonar a su suerte a Venezuela en nombre de una “pureza democrática” imaginaria es una traición a nuestros propios principios. Nuestra solidaridad, como marxistas, debe ser con los intentos de emancipación, no con el decálogo de los verdugos.
Por cierto que nuestra defensa estratégica del proceso Bolivariano no debe llevar a su beatificación acrítica, ni una negación total de sus errores y contradicciones internas. La autocrítica sigue siendo siempre un principio y herramienta vital del marxismo. Pero debemos enmarcar esa autocrítica en una visión aún más amplia, que reconozca la asimetría brutal de la lucha de clases global. Nuestros aliados ante el imperialismo no serán nunca gobiernos perfectos ni procesos inmaculados -¿Podemos siquiera esperar aquello en una historia parida y constantemente intervenida por la violencia estructural del capital?-, sino aquellos que, aún con sus límites y desviaciones, buscan construir un nuevo modo de vida que cuestione la lógica del lucro y la dominación. No pretendemos purezas imposibles en medio del fragor de la guerra, comprendemos que la transición revolucionaria es un campo de forcejeo, donde lo conquistado debe defenderse para crear las condiciones de avances futuros.
Y es por eso que hoy resulta particularmente cómodo y teóricamente pobre el reduccionismo de quienes, desde una pretendida equidistancia moral, claman “ni Trump ni Maduro” como si con tal eslogan estuvieran siendo un aporte real a la situación o al análisis concreto. Esta postura, abrazada por el progresismo tibio y desorientado, ignora voluntariamente que la campaña de etiquetar a Venezuela como “dictadura” no fue un simple ejercicio académico, sino la justificación discursiva clave para legitimar las sanciones criminales, los intentos de golpe de Estado y la asfixia económica de un pueblo entero. Es tragicómico como los militantes de paneles de TV se obsesionan hasta las gárgaras con los defectos de los gobiernos que desafían el consenso del capital, y guardan un silencio cómplice ante las monarquías autocráticas -aliadas estratégicas del capital global- como los Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudita, cuyos regímenes carecen de cualquier atisbo de democracia, pero son celebrados por los mismos gobiernos y centros de poder que atacan a Venezuela. Esta doble vara no es ingenuidad: es la expresión de una mirada que, al reducir el problema a la dicotomía abstracta “dictadura o no dictadura”, desarma políticamente a las fuerzas que resisten y termina allanando el camino de la agenda intervencionista.
Por último, podríamos volver a discutir también cómo esa misma “democracia” liberal y sus supuestas garantías, tan celosamente defendidas por el progresismo como contención contra el autoritarismo socialista, han terminado por ser el caldo de cultivo perfecto para el ascenso de figuras abiertamente fascistas, reaccionarias y neoliberales como Trump, Kast o Milei. Estos monstruos del presente no son una anomalía del sistema, sino su producto lógico: es el capitalismo en crisis recurriendo a la democracia formal para legitimar, mediante el voto, proyectos de despojo brutal, disciplinamiento social y entrega de la soberanía. No hay dicotomía real entre neoliberalismo y democracia, son un perfecto complemento. Si este sistema ha parido a estos monstruos, ¿por qué seguir rindiéndole pleitesía? ¿Por qué tanto temor a quienes, como en Venezuela, construyen verdaderas alternativas de poder desde abajo, que cuestionan la raíz misma de un orden que nos condena a elegir periódicamente entre distintos administradores de nuestra propia explotación?
La próxima vez que el coro bienpensante repita la pregunta tramposa; ¿es Venezuela una dictadura? Recordemos que lo que realmente está en juicio no es un gobierno, sino nuestro propio marco político. La historia no absolverá a los equidistantes, sino a quienes supieron ver que, en este siglo de hierro, la única democracia digna de ese nombre es la que se atreve a ser, ante todo, antimperialista.
