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Inflación de julio vuelve a golpear el bolsillo popular: IPC sube 0,9% empujado por alimentos y servicios

Ago 8, 2025

Esta alza no es un “accidente económico”, sino parte de una tendencia estructural del capitalismo en crisis, donde el capital busca recomponer su tasa de ganancia mediante el encarecimiento de los bienes básicos y la transferencia del costo de la crisis a las capas populares. El control oligopólico de la cadena de suministros en sectores como alimentos, energía y transporte permite imponer precios que no responden al valor social del trabajo, sino a la lógica de rentabilidad del gran capital.

Por: Equipo El Despertar

El Índice de Precios al Consumidor (IPC) subió un 0,9% en julio de 2025, marcando su mayor alza mensual en lo que va del año. Según el INE, la inflación acumula 4,1% en 2025 y 4,7% a doce meses, superando nuevamente el rango meta del Banco Central. El aumento fue impulsado principalmente por alimentos y bebidas no alcohólicas, vivienda, agua, electricidad y gas, y restaurantes y hoteles, todos sectores que afectan directamente el costo de vida de las mayorías trabajadoras y sobre todo, de la clase trabajadora no remunerada representada por los trabajos de cuidado y domestico en el propio hogar..

Destacan dentro del alza mensual productos esenciales como el pan, las carnes, los aceites y el gas de uso doméstico. Mientras tanto, los ingresos reales siguen sin mostrar mejoras sustantivas, en un contexto de empleo precarizado y negociaciones salariales empantanadas. La inflación, que la prensa dominante suele narrar con neutralidad técnica, significa en la práctica una expropiación cotidiana del salario de la clase trabajadora.

Esta alza no es un “accidente económico”, sino parte de una tendencia estructural del capitalismo en crisis, donde el capital busca recomponer su tasa de ganancia mediante el encarecimiento de los bienes básicos y la transferencia del costo de la crisis a las capas populares. El control oligopólico de la cadena de suministros en sectores como alimentos, energía y transporte permite imponer precios que no responden al valor social del trabajo, sino a la lógica de rentabilidad del gran capital.

La supuesta “autonomía del Banco Central” y las políticas de contención inflacionaria, subsidios focalizados, tasas de interés altas, ajuste fiscal, operan como instrumentos técnicos al servicio de una ofensiva de clase: reducir el consumo de las masas, enfriar la demanda laboral y mantener sometido al pueblo trabajador bajo la amenaza constante del encarecimiento de su propia existencia. El IPC se convierte así en un termómetro del conflicto capital-trabajo.

Mientras el empresariado reajusta sus precios con libertad absoluta, los trabajadores enfrentan salarios congelados, desempleo estructural y endeudamiento creciente. No hay “control inflacionario” posible sin una planificación económica que subordine el mercado a las necesidades colectivas. Y eso no vendrá de ninguna política monetaria “técnicamente neutral”, sino de la organización consciente del pueblo para disputar el poder económico y político.

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