El PC de 1922 nació después de Santa María de Iquique (1907), cuando el Estado mostró su rostro de fusiles ante la demanda de pan y justicia; nació de huelgas pampinas, de puertos despiertos y de una Federación Obrera de Chile que aprendió, con dolor, que sin programa y sin herramientas propias el sacrificio se fuga. Nació, también, de la internacionalización de una esperanza: la Revolución de Octubre había demostrado que lo que parecía utopía podía ser realidad. En ese cruce, memoria local y horizonte mundial, el POS decidió hacerse Partido Comunista, sino para aprender y aportar.
Por Danel Jadue
El 2 de enero de 1922, en Rancagua, el Partido Obrero Socialista resolvió, por voto consciente de sus delegadas y delegados, adherir a la Tercera Internacional y cambiar su nombre a Partido Comunista de Chile. Ese acto, que parece un trámite de siglas con el paso del tiempo, fue en realidad una definición estratégica: afirmar que la emancipación de quienes viven de su trabajo no encontraría su cauce en los viejos moldes, y que Chile se sumaba a una conversación mundial sobre pan, dignidad y poder. A la cabeza de ese proceso estuvieron Luis Emilio Recabarren y Teresa Flores, como organizadores de carne y hueso que habían aprendido, junto al movimiento obrero, que sin prensa, educación y organización no hay victoria que dure.
Recabarren venía de lejos: tipógrafo, autodidacta, fundador de periódicos ( El Despertar de los Trabajadores, La Vanguardia, El Socialista), diputado que renuncia por principio, sembrador de escuelas nocturnas y bibliotecas, maestro popular que entendió que la letra no se opone a la calle, la prepara.
Su pedagogía no cabía en manual alguno: “La emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos”, repetía, tomando a Marx, y lo traducía en imprentas, centros culturales, teatro obrero.
Teresa Flores, maestra y obrera salitrera, llevó esa misma llama a las mujeres del norte grande: organizó centros femeninos, impulsó la prensa y la alfabetización, polemizó con los padrones patriarcales que querían relegarlas a los márgenes de la historia. Junto a Belén de Sárraga animó el Centro Femenino que llevaría su nombre en Antofagasta; en la FOCH y en el POS batalló por el lugar de la mujer trabajadora en la lucha y en la conducción. No es casual que su nombre asome cuando la historia pregunta por quién estuvo “fundando” además de firmar actas.
El PC de 1922 nació después de Santa María de Iquique (1907), cuando el Estado mostró su rostro de fusiles ante la demanda de pan y justicia; nació de huelgas pampinas, de puertos despiertos y de una Federación Obrera de Chile que aprendió, con dolor, que sin programa y sin herramientas propias el sacrificio se fuga. Nació, también, de la internacionalización de una esperanza: la Revolución de Octubre había demostrado que lo que parecía utopía podía ser realidad. En ese cruce, memoria local y horizonte mundial, el POS decidió hacerse Partido Comunista, sino para aprender y aportar.
“Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”, escribió Marx. Recabarren y Flores construyeron un partido como instrumento de transformación: no como club parlamentario y tampoco como círculo doctrinario, sino como herramienta de masas. De ahí su insistencia en el trabajo de base y en la prensa, como escuelas de pensamiento colectivo; de ahí la educación popular como arma fundamental para la disputa del sentido y la creación de la conciencia de lase; de ahí las alianzas basadas en un programa de transformaciones y no en el oportunismo, como táctica para ensanchar el sujeto popular. Ese programa se volvería carne décadas después en el Frente Popular (1938), en la Unidad Popular (1970) y en la resistencia a la dictadura, siempre con la convicción de que la democracia se amplía con derechos y participación, no con silencios y resignación.
Conmemorar hoy obliga a preguntarse por el hilo que los une. Gramsci habló de hegemonía como dirección moral e intelectual, no como suma de votos. Ese fue el oficio más fino del PC en los tiempos de su nacimiento: dirección cultural en barrios y sindicatos, en la sala de clases y en la pega, en la fábrica y en la población, traduciendo el programa en vida cotidiana, sin dejar espacio para la cultura ni el lenguaje de la dominación. La historia chilena enseña que cuando el partido se volvió voz de las condiciones materiales—del salario, de la vivienda, del cuidado, de la seguridad con derechos—pudo construir mayorías; cuando se alejó de ese suelo, crecieron los pánicos y se abrió paso la retórica del “orden” como sustituto de la justicia.
Recordar a Teresa Flores en esta fecha es obligatorio. El Partido no solo lo fundaron tipógrafos y mineros; lo fundaron mujeres que tejieron la corresponsabilidad entre trabajo y hogar antes de que existiera esa palabra, que pelearon por su lugar en la tribuna y en la directiva. Allí está la genealogía de un feminismo popular y de clase que hoy reclama cuidados, tiempo y salario, y que sabe, como sabía Teresa, que la opresión de género no es un capítulo aparte sino un nudo del sistema.
“La libertad es siempre la libertad del que piensa distinto”, escribió Rosa Luxemburgo. Los comunistas chilenos tuvieron que defender esa libertad frente a dictaduras y también practicarla en su interior, aprendiendo de sus aciertos y de sus desvíos, de sus alianzas y de sus rupturas, de su heroísmo y de sus errores. Conmemorar es asumir que una organización centenaria vive si corrige, aprende y se arraiga de nuevo en el mundo popular de hoy: trabajadores formales e informales, precarios, migrantes, jóvenes sin futuro hipotecados por la deuda, mujeres que sostienen la vida, pueblos originarios que no piden permiso para existir.
A 104 años de ese 2 de enero, la promesa de Recabarren y Flores sigue abierta: un país donde pan y dignidad no sean consignas vacías como en el Chile de hoy, sino derechos, donde la cultura y la educación sean comunes, donde la seguridad no sea negocio sino cuidado, donde la política sea de verdad, participación. Conmemorar es traer al presente la forma en que se construye eso: organizando, estudiando, trabajando juntos, defendiendo cada conquista y mirando lejos. Si el Partido Comunista de Chile tiene sentido hoy, es porque todavía puede hacer verdad la frase que Recabarren repitió tantas veces a sus compañeros en imprentas y salones: no temamos al porvenir cuando se lo construye con las propias manos.
