El presidente estadounidense, Donald Trump, ha advertido este sábado a Irán que le quedan 48 horas para reabrir el estrecho de Ormuz o alcanzar un acuerdo, so pena de “desatar el infierno”. El ultimátum, enmarcado en un contexto de escalada militar que ya ha causado más de 1.300 muertos en territorio iraní y ha disparado los precios de la energía, revela la creciente impotencia de un imperio que, tras más de un mes de guerra, no ha logrado doblegar a la Resistencia. Mientras Washington amenaza con bombardear centrales eléctricas civiles —lo que expertos han calificado como un posible crimen de guerra—, Teherán ha respondido con una declaración de principios: el estrecho jamás volverá a tener el estatus de “libre navegación” que tenía antes, consolidándolo como una ventaja estratégica en el nuevo orden mundial.
Por Equipo El Despertar
Washington / Teherán. La retórica apocalíptica del mandatario estadounidense alcanzó un nuevo punto de ebullición este sábado, a dos días de que expire el plazo que él mismo impuso. “¿Recuerdan cuando le di a Irán diez días para CERRAR UN ACUERDO o ABRIR EL ESTRECHO DE ORMUZ? El tiempo se acaba: 48 horas antes de que todo el infierno se desate sobre ellos. ¡Gloria a DIOS!”, escribió Trump en su plataforma Truth Social.
La amenaza, que llega acompañada de un tono mesiánico propio de la Semana Santa, no es nueva. Se trata del tercer ultimátum consecutivo que el presidente estadounidense lanza a la República Islámica en menos de dos semanas. Sin embargo, tras bambalinas, la realidad del campo de batalla pinta un panorama muy distinto al de la bravuconería verbal: la guerra que comenzó el 28 de febrero con un ataque conjunto de Estados Unidos e Israel contra Teherán —que incluyó el asesinato del entonces líder supremo, Alí Jamenei—, lejos de ser una “operación relámpago”, se ha convertido en un pantano de desgaste para el Pentágono.
El infierno de la impotencia
Detrás del lenguaje grandilocuente de Trump —que incluye promesas de “aniquilar” las centrales eléctricas iraníes y “devolverlos a la Edad de Piedra”— se esconde la cruda realidad de un imperio que no ha podido levantar el bloqueo de facto sobre el estrecho de Ormuz. Esta angosta vía marítima, por donde normalmente transita una quinta parte del petróleo y el gas natural licuado del mundo, permanece bajo estricto control de las fuerzas del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica (CGRI) desde las primeras semanas del conflicto.
La crisis diplomática es un reflejo de la crisis militar. Trump admitió el viernes que, “con un poco más de tiempo, podríamos abrir fácilmente el estrecho, hacernos con el petróleo y amasar una fortuna”, aunque no detalló cómo planea hacerlo. Horas antes de su mensaje, los mediadores en las conversaciones entre Washington y Teherán habían declarado que la vía diplomática estaba llegando a un “punto muerto”.
Mientras Trump pone plazos que él mismo se ve obligado a aplazar una y otra vez, el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, declaró este mismo sábado que su país estaría dispuesto a negociar un final “definitivo y duradero”, pero descartó cualquier alto el fuego provisional que implique una rendición.
“Nunca volverá a ser como antes”
El mensaje de Teherán ha sido inequívoco. Abbas Goudarzi, portavoz de la Presidencia del Parlamento iraní, declaró que el estrecho “se ha convertido en una ventaja estratégica para Irán en las nuevas condiciones de seguridad y nunca volverá a tener el estatus que tenía antes”. Goudarzi añadió que la gestión del paso “está en manos de las fuerzas armadas de la República Islámica, y ningún país tendrá derecho a transitar sin el permiso de Irán”.
Esta declaración de principios es la confirmación de lo que la clase trabajadora del mundo ya había empezado a percibir en el precio de los combustibles: la era de la libre navegación para el capital occidental en el Golfo Pérsico ha terminado. Irán, al convertir la llave del estrecho en un arma de disuasión masiva, está asestando un golpe directo a la cadena logística del capitalismo global.
La respuesta iraní no se ha limitado a las palabras. Las fuerzas de la Resistencia han golpeado estratégicamente a los aliados del imperio en la región. Las amenazas se han extendido al estrecho de Bab al Mandeb, en el Mar Rojo, donde los hutíes de Yemen —respaldados por Teherán— han advertido que también podrían paralizar el tráfico comercial. Se trata de un movimiento calculado para abrir un segundo frente económico y demostrar que la guerra naval puede extenderse a lo largo de miles de kilómetros.
La fachada de la mediación: un imperio sin aliados
Mientras Trump intenta imponer su ley mediante tuits apocalípticos, la fachada de la “comunidad internacional” se resquebraja. El Reino Unido, queriendo demostrar su propio liderazgo al margen de Washington, logró reunir a representantes de 40 países para estudiar la reapertura del tráfico. Sin embargo, la ausencia de soluciones concretas en esa reunión refleja la impotencia colectiva de las potencias occidentales: cerca de 2.000 buques permanecen atrapados en la zona debido al bloqueo iraní, y casi 20.000 marineros siguen retenidos.
Ninguno de los 40 países reunidos por Londres ha ofrecido una escolta naval efectiva. Ninguno está dispuesto a poner sus tropas en el terreno para enfrentar a la Guardia Revolucionaria. La “coalición” de la que tanto alardean las cancillerías europeas es, en los hechos, una coalición de espectadores impotentes que observan cómo el control de la energía se les escapa de las manos.
El costo de la guerra: ¿quién paga el infierno?
Expertos en derecho internacional han señalado que los ataques contra la infraestructura energética civil, como las plantas eléctricas que Trump amenaza con bombardear, podrían constituir crímenes de guerra. Sin embargo, esta consideración jurídica no parece pesar en la Casa Blanca, que ha solicitado al Congreso un presupuesto de Defensa de 1,5 billones de dólares, un aumento de casi el 40% con respecto al gasto actual.
La pregunta que la prensa hegemónica se niega a formular es: ¿quién financia esta guerra de destrucción masiva? Mientras los presupuestos militares se disparan, los programas de sanidad pública, vivienda y educación en Estados Unidos enfrentan recortes de 73.000 millones de dólares. Una vez más, la clase trabajadora —norteamericana, iraní y mundial— carga con el costo de una guerra que no pidió.
Las repercusiones económicas del cierre del estrecho ya se sienten en todo el mundo. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) ha advertido que el cierre podría provocar una crisis económica más grave que la causada por la pandemia de covid-19 si se prolonga más de dos meses. Los precios de los alimentos, el transporte y la energía seguirán subiendo, y los primeros en sufrir el impacto serán, como siempre, los sectores populares.
Epílogo: la hora de la verdad
El reloj corre. En menos de 48 horas, el ultimátum expirará oficialmente. La historia reciente de este conflicto sugiere que es probable que Trump vuelva a extender el plazo, como ya lo hizo en dos ocasiones anteriores. Pero, incluso si lo hace, el daño estratégico ya está hecho: la imagen de un imperio dando órdenes que no puede cumplir, amenazando con destruir lo que no puede controlar, ha quedado grabada para siempre en la memoria de los pueblos.
Irán ha cambiado las reglas del juego. El estrecho de Ormuz no es solo una vía marítima; se ha convertido en el símbolo de la decadencia de la hegemonía estadounidense. La Resistencia sostiene la llave. Y mientras Trump despotrica sobre el “infierno”, los petroleros siguen varados, los mercados tiemblan y el imperio descubre, una vez más, que sus guerras no se ganan con plazos arbitrarios, sino con la voluntad férrea de los pueblos que se niegan a ser sometidos.
