Mar. Abr 7th, 2026

El imperio contra las cuerdas: Trump humillado por un ultimátum que no cumple nadie mientras el pulso en Ormuz estrangula al capitalismo global

Abr 7, 2026

Donald Trump se ha convertido en el hazmerreír de la geopolítica. Tras prometer que “el martes será el día de la planta eléctrica y el día del puente”, el presidente estadounidense se vio forzado una vez más a prorrogar su propio ultimátum ante la firmeza de Irán, que mantiene el control del estrecho de Ormuz como un puño de hierro sobre la garganta energética del mundo. La “operación relámpago” iniciada el 28 de febrero —que comenzó con el asesinato del ayatolá Alí Jamenei y la cúpula militar iraní— se ha transformado en un pantano humillante para el imperio. Lo que Trump vende como un “paso muy significativo” es, en realidad, la confesión de su propia impotencia.

Por Equipo El Despertar

Washington / Teherán. La comedia de errores que la prensa hegemónica llama “política exterior” alcanzó un nuevo clímax este martes. El presidente Donald Trump, que semanas atrás había dado a Irán 48 horas para reabrir el estrecho de Ormuz o “desatar el infierno”, se vio obligado a prorrogar el plazo una vez más, tras comprobar que sus amenazas no surten el menor efecto en Teherán. El ultimátum, que debía expirar el pasado 21 de marzo a las 20:00 horas (hora de Washington), ha sido extendido en múltiples ocasiones: primero hasta el 23 de marzo, luego hasta el 6 de abril, después hasta la noche del martes 7, y ahora se especula con una nueva prórroga bajo el eufemismo de que las negociaciones “van bien”.

La incapacidad de Trump para hacer cumplir sus propias palabras es un síntoma de la profunda crisis de hegemonía del imperio estadounidense. El presidente, que llegó al poder prometiendo “América primero”, ahora mendiga acuerdos mientras Irán, con una calma que roza la soberbia, le exige el levantamiento total de las sanciones, el pago de reparaciones por los daños de guerra y garantías de seguridad antes de siquiera discutir la reapertura del estrecho.

La humillación constante: el imperio que no puede imponer su ley

La secuencia de los acontecimientos es, para cualquier observador objetivo, una sucesión de derrotas diplomáticas y militares de la Casa Blanca. Todo comenzó el 28 de febrero, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva conjunta contra Irán que incluyó el asesinato del líder supremo, Alí Jamenei. La apuesta de Washington era una guerra relámpago: destruir el liderazgo iraní, forzar una rendición y asegurar el control del Golfo Pérsico.

El plan fracasó estrepitosamente. En lugar de rendirse, Irán cerró de facto el estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente el 20% del petróleo crudo mundial, y ha mantenido el bloqueo durante más de un mes. Los Guardianes de la Revolución Islámica (IRGC) han declarado que el estrecho permanecerá cerrado para los buques con destino a Estados Unidos e Israel, y que solo se abrirá “para quienes cumplan con sus nuevas leyes”.

Trump, frustrado por su incapacidad para resolver la crisis, ha recurrido a la intimidación más burda. El pasado fin de semana, en un mensaje cargado de obscenidades, ordenó a Irán: “Abran el maldito estrecho, locos bastardos, o estarán viviendo en el infierno”. Horas después, anunció que “el martes será el Día de la Planta de Energía y el Día del Puente, todo en uno”, amenazando con bombardear la infraestructura civil iraní.

Sin embargo, cuando llegó el martes, Trump no bombardeó nada. En su lugar, compareció ante los medios para anunciar que las negociaciones “van bien” y que Irán es un “participante activo y dispuesto” en las conversaciones. La contradicción es brutal: las amenazas más extremas del presidente se diluyen en declaraciones conciliadoras, revelando la ausencia de una estrategia coherente.

Irán exige un acuerdo permanente, no una tregua temporal

La posición de Teherán ha sido coherente desde el inicio del conflicto: no habrá reapertura del estrecho sin un acuerdo definitivo que garantice sus intereses de seguridad. Irán ha presentado una propuesta formal de diez puntos a Estados Unidos e Israel, rechazando un alto el fuego temporal de 45 días. Las condiciones iraníes incluyen el levantamiento total de las sanciones, apoyo financiero para la reconstrucción, garantías de seguridad frente a futuros ataques, libre navegación en el estrecho y el fin de las hostilidades en la región.

Trump calificó la propuesta como “insuficiente”, pero reconoció que representa “un paso muy significativo”. El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní, Esmaeil Baghaei, fue categórico al señalar que “ninguna persona cuerda” aceptaría una tregua temporal, porque solo daría tiempo a los adversarios para reagruparse y cometer nuevos crímenes. “Si se repiten los ataques contra objetivos civiles, las próximas fases de nuestras operaciones ofensivas y de represalia serán mucho más devastadoras y generalizadas”, advirtió un comunicado del alto mando militar iraní.

El imperio se queda sin aliados

Mientras Trump se debate entre amenazas y concesiones, el resto del mundo observa con creciente escepticismo. El Reino Unido logró reunir a representantes de 40 países para estudiar la reapertura del tráfico en el estrecho, pero la ausencia de soluciones concretas en esa reunión refleja la impotencia colectiva de las potencias occidentales. Más de 2.000 buques permanecen atrapados en la zona, con cerca de 20.000 marineros retenidos.

Rusia, por su parte, ha aprovechado la coyuntura para consolidar su posición geopolítica. El primer ministro ruso, Mikhail Mishustin, declaró que el conflicto en Medio Oriente ha abierto “nuevas oportunidades” para Moscú, que tiene el potencial de aumentar rápidamente sus exportaciones globales de energía y alimentos. China, el mayor importador de petróleo del mundo, observa en silencio, beneficiándose del descuento en el crudo ruso y consolidando su influencia en la región.

Los aliados europeos del imperio, temerosos de una escalada mayor que podría desencadenar una crisis energética aún más profunda, han optado por mantener un perfil bajo. Ni Francia ni el Reino Unido —que alguna vez acompañaron a Estados Unidos en sus aventuras militares— han enviado tropas a la zona. La “coalición de los dispuestos” que tanto cacareaba Washington no existe.

La economía global en llamas: los trabajadores pagan la factura

La guerra en Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz no solo están cobrando vidas; están incendiando la economía mundial. El precio del petróleo se ha disparado un 52% desde el inicio del conflicto, alcanzando los 109 dólares por barril el lunes en las operaciones de la mañana. La OPEP+ acordó un modesto aumento de la producción de 206.000 barriles por día a partir de mayo, una medida claramente insuficiente para compensar el déficit provocado por el bloqueo.

La inflación repunta en todo el mundo. En Estados Unidos, los precios de la gasolina han superado los 4 dólares por galón, y los analistas advierten que el aumento de los costos energéticos pronto se trasladará a los precios de los bienes cotidianos. En Europa, la crisis energética amenaza con desencadenar una recesión que podría superar la de 2008.

Mientras tanto, el gobierno de Trump ha solicitado al Congreso un presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares, un aumento del 40% respecto al gasto actual, mientras recorta programas de sanidad pública, vivienda y educación. Una vez más, la clase trabajadora —norteamericana, iraní y mundial— carga con el costo de una guerra que no pidió.

La Resistencia demuestra que el poderío militar no lo es todo

Lo que está ocurriendo en el estrecho de Ormuz es una lección de geopolítica para el siglo XXI. Estados Unidos, con el mayor presupuesto militar del mundo, con sus portaaviones y sus bombarderos furtivos, no ha podido doblegar la voluntad de un país que ha convertido su geografía en un arma estratégica. Irán no necesita una armada poderosa para bloquear el estrecho; le basta con la amenaza de sus misiles antibuque y el control de sus aguas territoriales.

El bloqueo de Ormuz no es solo una operación militar; es un acto de soberanía. Irán ha demostrado que puede estrangular la economía global sin disparar un solo misil contra los buques enemigos. La mera presencia de sus lanchas rápidas y la advertencia de que cualquier barco que intente cruzar lo hará bajo su riesgo ha sido suficiente para disuadir a las compañías navieras.

Trump ha recurrido a las amenazas más extremas para intentar romper el bloqueo. Ha prometido “diezmar” los puentes y las centrales eléctricas iraníes en “cuatro horas”. Ha advertido que “todo el país podría ser eliminado en una noche”. Pero estas amenazas, lejos de intimidar a Teherán, han reforzado su determinación. Irán sabe que un ataque masivo contra su infraestructura civil constituiría un crimen de guerra, y que Washington no está dispuesto a pagar el costo político de semejante escalada.

El imperio contra las cuerdas: una crisis que no tiene salida fácil

El ultimátum de Trump a Irán se ha convertido en un boomerang que golpea a su propio creador. Cada vez que el presidente estadounidense fija un plazo, Teherán lo desafía a cumplirlo. Y cada vez que el plazo expira sin que ocurra nada, la imagen de un imperio que amenaza pero no actúa se consolida en la memoria de los pueblos.

Las consecuencias de la humillación: el orden mundial se resquebraja

El impacto de esta crisis va mucho más allá del precio del petróleo o de la seguridad de los buques mercantes. Lo que está en juego es la credibilidad del orden mundial liderado por Estados Unidos. Si el país más poderoso del planeta no puede imponer su voluntad en una vía marítima estratégica frente a un país asediado por sanciones durante décadas, ¿qué mensaje recibe el resto del mundo?

China observa con atención. Rusia aprovecha la coyuntura para consolidar alianzas. Los países del BRICS aceleran sus planes para crear sistemas de pago alternativos al dólar. Y en América Latina, los gobiernos progresistas ven confirmada su tesis de que la hegemonía estadounidense es cada vez más frágil.

El analista internacional Vijay Prashad, director de Tricontinental, advirtió esta semana que “lo que ocurre en el estrecho de Ormuz es un parteaguas histórico”. “Estados Unidos ya no es el policía del mundo que podía cerrar cualquier crisis con el envío de un portaaviones. Ahora sus portaaviones son vulnerables, sus aliados dudosos y su poder de intimidación, una sombra de lo que fue”, declaró a la agencia teleSUR.

La guerra que nadie gana

Mientras Trump se debate entre amenazas y concesiones, la población civil sigue pagando el costo más alto. En Irán, los bombardeos han destruido más de 200 escuelas y 30 hospitales, según datos de la ONU. En Estados Unidos, las protestas contra la guerra se multiplican, con miles de personas tomando las calles de Nueva York, Los Ángeles y Chicago para exigir el fin de las hostilidades. “No más guerras por petróleo”, corean los manifestantes.

La clase trabajadora del mundo debe preguntarse: ¿quién se beneficia de esta crisis? No son los soldados que regresan en ataúdes. No son los niños iraníes que mueren bajo las bombas. No son los trabajadores estadounidenses que ven cómo sus impuestos financian la maquinaria bélica mientras sus hospitales y escuelas se deterioran. Los beneficiarios son los fabricantes de armas, las compañías petroleras que especulan con el alza del crudo y los bancos que financian el gasto militar.

El estrecho como símbolo de la decadencia imperial

El estrecho de Ormuz se ha convertido en el símbolo de la decadencia del imperio estadounidense. Lo que comenzó como una operación relámpago para “devolver a Irán a la Edad de Piedra” ha terminado revelando la verdadera naturaleza de un poder que ya no puede imponer su ley por la fuerza.

Irán ha resistido. No porque tenga el ejército más poderoso del mundo, sino porque ha sabido convertir su geografía y su posición estratégica en un arma de disuasión masiva. Y porque cuenta con el apoyo de una red de resistencias que se extiende desde el Mediterráneo hasta el Golfo Pérsico.

Mientras Trump se prepara para su próximo discurso a la nación —el octavo sobre la crisis en menos de un mes—, los petroleros siguen varados en los puertos, los precios de los alimentos siguen subiendo y los cuerpos de los soldados siguen llegando a casa en bolsas plásticas.

Epílogo: la lección de Ormuz

La crisis del estrecho de Ormuz deja una lección clara: el imperialismo no ha muerto, pero ha entrado en una fase aguda de decadencia. Sigue siendo peligroso, sigue siendo violento, sigue siendo capaz de causar un sufrimiento inmenso a las poblaciones civiles. Pero ya no puede ganar las guerras que inicia. Ya no puede imponer su voluntad sobre pueblos que se niegan a ser sometidos.

La clase trabajadora del mundo, la que paga las guerras con sus impuestos, sus salarios y sus vidas, debe organizarse para exigir el fin de esta locura. No se trata de apoyar a un bando u otro en la disput interimperialista. Se trata de comprender que los verdaderos enemigos de los trabajadores no son los soldados rasos del otro lado del campo de batalla, sino los políticos y las corporaciones que los envían a morir para defender sus ganancias.

El estrecho de Ormuz seguirá siendo un punto de tensión mientras el capitalismo global dependa del petróleo y mientras el imperialismo estadounidense se niegue a aceptar su declive. Pero los pueblos del mundo, los que resisten en Irán, en Palestina, en Líbano, en Yemen y en todos los rincones donde el imperio impone su ley, han demostrado que la historia no la escriben los que tienen más bombas, sino los que tienen más razones para luchar.

Mientras Trump se pregunta por qué sus ultimátums no funcionan, los trabajadores del mundo deberían preguntarse: ¿cuántas guerras más tendremos que soportar antes de comprender que la única salida es la organización internacional de la clase trabajadora contra el sistema que las genera?

El estrecho sigue cerrado. Y mientras siga cerrado, el imperio seguirá sangrando. Esa es la verdad que ningún titular de la prensa hegemónica se atreverá a escribir.

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