Ahora bien, el carácter más profundo de esta crisis se revela en el mercado laboral. La destrucción de empleo, particularmente en el sector público, y el estancamiento de la ocupación son la expresión de una economía que ha incrementado su productividad sin redistribuir sus beneficios. En otras palabras, el crecimiento, cuando existe, no se traduce en mejores condiciones de vida para la mayoría.
Por Daniel Jadue
La economía chilena comienza 2026 con señales claras de agotamiento: caída de la actividad, debilitamiento del empleo y presiones inflacionarias que golpean directamente el costo de la vida. Es la manifestación concreta de las contradicciones estructurales del modelo de acumulación vigente.
La caída del Imacec y la contracción de sectores productivos son la consecuencia de una economía que ha dependido históricamente de impulsos transitorios y de la explotación intensiva de recursos naturales. Cuando estos factores se agotan, lo que queda al descubierto es la fragilidad de un patrón de crecimiento incapaz de sostenerse en el tiempo.
Ahora bien, el carácter más profundo de esta crisis se revela en el mercado laboral. La destrucción de empleo, particularmente en el sector público, y el estancamiento de la ocupación son la expresión de una economía que ha incrementado su productividad sin redistribuir sus beneficios. En otras palabras, el crecimiento, cuando existe, no se traduce en mejores condiciones de vida para la mayoría.
Aquí aparece una de las contradicciones centrales del capitalismo contemporáneo: la capacidad de producir más con menos trabajo, sin alterar la estructura de apropiación de la riqueza. Como ya advertía Marx, el desarrollo de las fuerzas productivas bajo relaciones capitalistas tiende a concentrar la riqueza y a precarizar la vida de quienes dependen de su fuerza de trabajo.
El fenómeno inflacionario refuerza esta lectura. El alza de precios no responde a un exceso de demanda, como suele sostener la ortodoxia, sino a presiones de costos externas: combustibles, transporte, educación, alimentos. Es decir, los hogares enfrentan un deterioro de su poder adquisitivo sin que exista una expansión del consumo que lo explique.
Sin embargo, frente a este escenario, la respuesta dominante sigue siendo la misma: ajuste fiscal, contención del gasto y disciplina monetaria. Es decir, se pretende resolver una crisis de insuficiencia de demanda reduciendo aún más la capacidad de consumo de la población. Esta lógica no solo es ineficaz; es profundamente regresiva.
Desde una perspectiva marxista, lo que observamos es un problema de distribución del ingreso que limita la reproducción ampliada del capital. Cuando los salarios se estancan o caen, la demanda interna se debilita, y con ella, la propia posibilidad de crecimiento, consecuencia inherente a un modelo que privilegia la rentabilidad por sobre la vida.
La insistencia en políticas contractivas en un contexto de desaceleración no hace más que profundizar el problema. El recorte del empleo público, por ejemplo, no solo reduce el gasto estatal, sino que contrae directamente la demanda agregada, afectando al conjunto de la economía. Lo que se presenta como “responsabilidad fiscal” termina operando como un mecanismo de reproducción de la crisis.
Pero el problema no se agota en la coyuntura. La economía chilena sigue atrapada en una estructura productiva poco diversificada, altamente dependiente de sus exportaciones y vulnerable a los ciclos internacionales. Esta dependencia limita su autonomía y la expone permanentemente a shocks externos.
En este contexto, hablar de “recuperación” sin transformar las bases del modelo es, en el mejor de los casos, una ilusión. La estabilidad no puede construirse sobre la precariedad de las mayorías sociales. El crecimiento no puede sostenerse sin redistribución de la riqueza. Y la economía no puede seguir organizada en función de la rentabilidad de unos pocos.
Lo que está en juego, entonces, no es solo la salida de una desaceleración económica, sino la posibilidad de repensar el modelo de desarrollo. Porque mientras la lógica de la acumulación siga subordinando la reproducción de la vida, la crisis no será la excepción: será la norma.
