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La epifanía de la élite: La primera dama “descubre” la soledad que el sistema produce mientras el gobierno recorta los lazos comunitarios

Abr 12, 2026
Foto El Rancahueso

María Pía Adriasola, esposa del Presidente José Antonio Kast, ha cumplido un mes en La Moneda y ha “descubierto” una “silenciosa realidad”: el abandono y la soledad que afectan a miles de chilenos, especialmente niños y adultos mayores. En una carta publicada en El Mercurio, la primera dama advierte que “detrás de cada puerta hay personas que anhelan sentir que alguien se acuerda de ellos”. Lo que la esposa del mandatario presenta como una revelación personal es, en realidad, la constatación de una herida estructural que el capitalismo chileno lleva décadas profundizando: la atomización social, la precarización de los lazos comunitarios y el desmantelamiento de las redes de contención que el mercado no puede —ni quiere— proveer.

Por Equippo El Despertar

Santiago de Chile. Al cumplirse un mes desde que José Antonio Kast asumió la presidencia, su esposa, María Pía Adriasola, quiso hacer un balance de su nuevo rol. En una carta dirigida al diario El Mercurio, la primera dama describió las visitas que ha realizado a hogares, residencias y fundaciones de niños y adultos mayores, y concluyó: “existe una silenciosa realidad: el abandono y la soledad que afectan a muchas personas en nuestra sociedad”. “Son rostros que esperan. Manos que buscan ser tomadas. Voces que necesitan ser escuchadas. Detrás de cada puerta hay personas que anhelan algo tan simple y tan profundo como sentir que alguien se acuerda de ellos, que alguien va a buscarlos, que alguien llega hasta donde están”, escribió la abogada de profesión.

La solución que propone Adriasola es tan íntima como insuficiente: “Un abrazo a tiempo, una mirada que dice ‘aquí estoy’ o una llamada, puede cambiar completamente el horizonte de alguien que se siente olvidado”. Apela al “corazón de los chilenos” y a “canalizar” el espíritu solidario que, según ella, “no es un recurso escaso, es nuestra mayor riqueza”. Lo que la primera dama presenta como una epifanía personal es, en rigor, la constatación de un problema estructural que los indicadores sociales vienen alertando desde hace años, pero que la clase dirigente ha preferido ignorar.

La soledad no es una casualidad, es una producción del sistema

La “silenciosa realidad” que hoy conmueve a la primera dama tiene cifras que no admiten interpretación edulcorada. Según el Termómetro de la Salud Mental UC–ACHS (2025), uno de cada cuatro chilenos entre 30 y 39 años se siente solo con frecuencia. Entre los adultos mayores, la situación es aún más crítica: el 49,2% de ellos declara sentirse en soledad no deseada, y un 55,5% presenta un alto riesgo de aislamiento social. La soledad no es un accidente ni un capricho del destino. Es el resultado lógico de un modelo económico que ha fragmentado las comunidades, precarizado el trabajo, debilitado la familia y convertido al individuo en una mercancía más, aislada en su lucha por sobrevivir.

El capitalismo chileno ha sido especialmente eficaz en destruir los lazos sociales. La búsqueda incesante de plusvalía, la flexibilización laboral que obliga a jornadas extenuantes, el endeudamiento crónico que consume la vida de los trabajadores y la lógica de la competencia individual han desmantelado las redes de apoyo comunitario. El resultado es una sociedad de individuos aislados, donde el anciano sobra, el niño estorba y el afecto se ha convertido en un lujo que pocos pueden permitirse. La “soledad no deseada” no es un fallo del sistema: es una de sus características más brutales.

El abrazo de la primera dama y el recorte del ministerio

La paradoja se vuelve insostenible cuando se compara la retórica de la primera dama con las políticas concretas del gobierno que encabeza su esposo. Mientras Adriasola convoca a “ser ese alguien que llama, abraza, llega”, el Ejecutivo de Kast ha instruido a todos los ministerios realizar un recorte del 3% en sus presupuestos operativos. La salud, precisamente uno de los sectores donde la soledad y el abandono se manifiestan con mayor crudeza —ancianos que esperan meses por una cirugía, pacientes terminales sin cuidados paliativos, enfermos mentales abandonados a su suerte—, será una de las carteras más golpeadas por el ajuste. El mismo Estado que la primera dama invoca para “canalizar” la solidaridad es el mismo que su gobierno está vaciando de recursos.

No se trata, por supuesto, de que la primera dama deba abstenerse de hablar sobre la soledad. El problema es que lo hace desde una posición de privilegio inexpugnable, y con una propuesta que no solo es ingenua, sino profundamente funcional a la ideología de su gobierno. Al reducir la solución a un “abrazo a tiempo” y a la “generosidad” individual, Adriasola desplaza la responsabilidad del Estado hacia la caridad privada y el voluntarismo emocional. Es la misma lógica que promueve la “subsidiariedad” que tanto defiende su sector: el Estado se retira, y la sociedad civil (léase, las fundaciones de la élite, las iglesias y los bolsillos generosos) debe hacerse cargo. Es la privatización de la contención afectiva.

El retorno de un cargo que la izquierda había abolido

La carta de Adriasola no es un gesto aislado, sino parte del relanzamiento institucional del cargo de primera dama, que el gobierno de Gabriel Boric había disuelto en 2022 precisamente por considerarlo anacrónico y contrario a los principios de un Estado laico y democrático. Con la llegada de Kast a La Moneda, el rol ha sido restablecido, y Adriasola ha asumido un activo protagonismo que incluye desde visitas a hogares de ancianos hasta presentaciones artísticas en eventos oficiales.

La ironía es mayúscula. Mientras la izquierda avanzaba hacia la despresidencialización y la horizontalidad, la derecha restaura la figura de la “madre nutricia” de la nación, con todo el peso patriarcal y clasista que esa imagen conlleva. La primera dama se erige así en una suerte de aristócrata filantrópica, que desde su palacio descubre las miserias del pueblo y llama a la solidaridad, mientras su gobierno profundiza las políticas que generan esas miserias. No es casualidad que el primer acto público de Adriasola se haya viralizado rápidamente y derivara en una denuncia: la ciudadanía percibe con claridad la hipocresía de una élite que se emociona con los pobres pero se niega a redistribuir la riqueza.

La soledad que no se cura con abrazos

Los datos son tozudos. En Chile, el 43,5% de las personas mayores reporta sentimientos de soledad, superando el promedio regional. Un 30,7% experimenta soledad no deseada y alto riesgo de aislamiento social de manera simultánea. Detrás de estas cifras hay cuerpos reales: mujeres que han pasado décadas cuidando a otros y hoy viven solas en departamentos precarios; hombres que perdieron sus redes laborales y con ellas el último lazo social que los mantenía en pie; familias enteras fracturadas por la migración forzada en busca de trabajo. La soledad que describe Adriasola no es un problema de “falta de abrazos”, sino de falta de políticas públicas que garanticen ingresos dignos, viviendas integradas, salud mental accesible y tiempo para el cuidado.

El gobierno de Kast, en cambio, ha optado por profundizar el modelo que produce esta soledad. La reforma miscelánea que ingresará al Congreso esta semana ha sido calificada por el presidente del Partido Comunista, Lautaro Carmona, como una iniciativa que busca “privilegiar a una élite” y que profundiza la desigualdad en la redistribución de la riqueza. Mientras la primera dama escribe cartas conmovedoras, el ministro de Hacienda, Jorge Quiroz, prepara una batería de medidas que descargan el costo del ajuste sobre los hombros de la clase trabajadora.

Epílogo: la función de clase de la compasión

La carta de María Pía Adriasola es un documento revelador de la ideología de la nueva derecha chilena. Por un lado, reconoce —aunque sea de manera superficial y despolitizada— la existencia de un sufrimiento social real. Por otro, propone una salida individualista y voluntarista que no cuestiona en nada las bases del sistema que genera ese sufrimiento. Es la compasión de la burguesía: la que se conmueve pero no se compromete; la que ofrece el abrazo pero niega el presupuesto; la que llama a la solidaridad mientras recorta los derechos.

La clase trabajadora chilena no necesita que la primera dama “descubra” su soledad. Necesita que el Estado garantice pensiones dignas, acceso universal a la salud mental, fortalecimiento de las redes comunitarias y una redistribución de la riqueza que permita a las familias tener tiempo y recursos para cuidarse entre sí. Ninguna de esas cosas se logra con un “abrazo a tiempo”. Se logran con organización, con lucha y con la conciencia de que la soledad no es un destino inevitable, sino una producción política que puede —y debe— ser revertida.

Mientras la primera dama escribe sus reflexiones en El Mercurio, los adultos mayores siguen esperando en las listas del sistema público, los niños siguen creciendo en la precariedad y la maquinaria del capital sigue produciendo individuos aislados. La “silenciosa realidad” que hoy conmueve a la esposa del Presidente lleva décadas gritando. El problema no es que nadie la haya visto. El problema es que a quienes podrían cambiarla no les conviene escucharla.

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