Volver a esta autocrítica de manera cruda y sincera, debiera hacer evidente que la presente baja participación e interés en el mundo sindical, en la política universitaria y en el vaivén electoral, no será capaz de revertirse de la mano de aquellas propuestas que predican que con un mero cambio de administración -de la conducción sindical, de la federación universitaria o del presidente de la nación- la realidad va a dejar de ser invivible. Quedó más que demostrado que es insuficiente.
Por Tomás Opazo
Perdidos y desorientados
“Este Gobierno no llegó a administrar lo existente. Llegó a corregir lo que está mal, a recuperar lo que se perdió y a construir lo que nunca se ha hecho (…) Vamos a recuperar nuestro país. Vamos a recuperar nuestras calles. Vamos a recuperar nuestras instituciones”.
Estas fueron las palabras de Jose Antonio Kast el día 11 de marzo de 2026, al asumir la presidencia del país. Una declaración explícita de intenciones, una derecha con rostro descubierto, el cual se ha seguido mostrando conforme avanzan las primeras semanas, y con ellas los primeros anuncios de este gobierno.
Al mismo estilo que Milei en Argentina, Kast ha decidido apostar por un avasallamiento legislativo y mediático, anunciando múltiples medidas antipopulares, y enviando una megareforma al parlamento, ante una oposición aún desordenada y sin capacidad real de reacción. Los pinochetistas y el gran empresariado retomaron el control del mando político del país y hoy avanzan en una reconfiguración violenta del Estado -y sus pocas protecciones sociales- que asegure de manera descarada las garantías de acumulación del gran capital. Con la reintegración del sistema tributario, exenciones impositivas y permisología ambiental, mientras traspasan los costos de este reordenamiento a la clase trabajadora.
Ante este escenario, pareciera que la única respuesta del campo opositor -heterogéneo por cierto- se ha limitado en la acción de denuncia de las medidas de ajuste del gobierno. Hoy en las redes sociales y los medios de comunicación pareciera que se levanta una piedra y hay propaganda opositora, abundan los videos de denuncia, las creativas gráficas de descontento, las cuñas impugnadoras en los múltiples podcast políticos. Todo pareciera un desesperado intento de la izquierda de emular los formatos comunicacionales utilizados por la derecha durante el gobierno de Gabriel Boric, pero sin mucho fondo ni propuesta política realmente innovadora.
“¿Dónde estuvieron los últimos cuatro años?” Es la contra acusación de quienes aún se sostienen partidarios del gobierno entrante. Es hora de que la comencemos a reconocer como válida, y seamos al menos capaces de responder con sinceridad. Porque tan cierto como que hubo movilizaciones estudiantiles, sindicales y medioambientales durante el gobierno de Boric, es la realidad de que el gobierno -sea por inoperancia, falta de voluntad política y/o imposibilidad material- no fue capaz de cumplir las principales promesas con las que llegó a instalarse en la moneda. El “gobierno de los estudiantes” no condonó el CAE, sostuvo plenamente la militarización del wallmapu, fue incapaz de lograr una solución distinta al conflicto con las Isapres que no fuera su salvataje económico, concesionó el litio al yerno de Augusto Pinochet y terminó celebrando como logro una reforma previsional laureada por el mismo creador de las AFP, negociada en reuniones no avisadas en ley de lobby, en la casa de Pablo Zalaquett.
Volver a esta autocrítica de manera cruda y sincera, debiera hacer evidente que la presente baja participación e interés en el mundo sindical, en la política universitaria y en el vaivén electoral, no será capaz de revertirse de la mano de aquellas propuestas que predican que con un mero cambio de administración -de la conducción sindical, de la federación universitaria o del presidente de la nación- la realidad va a dejar de ser invivible. Quedó más que demostrado que es insuficiente.
La ilusión de la alternancia
Luego de la derrota electoral de Jara, hubo múltiples atisbos de que se abrirían, en los partidos del otrora oficialismo, espacios de discusión importantes ante la evidente necesidad de un cambio de rumbo profundo. Declaraciones y desencuentros múltiples hablaban de posibles nuevos clivajes en las políticas de alianzas, de fusiones partidarias, de moderaciones y/o radicalizaciones. Hoy, a cuatro meses de las elecciones, todo pareciera que se fue diluyendo. Sin mucho cambio novedoso volvieron los acuerdos parlamentarios y las reuniones de amplia unidad -y estrecho contenido-. En términos importantes, no aparecen grandes propuestas más allá de las “oposiciones constructivas” bajo el gran paraguas de ponerle “límites” o “líneas rojas” al gobierno. Mientras los sectores históricamente a-institucionales han vuelto al protagonismo estudiantil y callejero convocando rápidamente a movilizaciones. Ninguna de las dos opciones logra perfilarse hoy como una alternativa con poder de convocatoria suficiente para frenar la agenda de ajuste del ejecutivo.
La definición que estamos llamados a tomar no es entonces sobre cuál de estos dos caminos fallidos escogemos, sino si estamos dispuestos a reconocer el vicio de origen compartido por ambos; la ilusión de que el poder se conquista y defiende únicamente en las urnas y las instituciones estatales, o en las barricadas. Porque la primera cree que las transformaciones se construyen en la aritmética de los votos, la segunda confía en que la simple expresión masiva y callejera del descontento, sin dirección estratégica, puede torcer el rumbo de la historia. Pero ni la administración ni la catarsis son herramientas suficientes para construir poder; son, en el mejor de los casos, distintos mecanismos de expresión de la misma impotencia.
Preguntas obligadas
Debemos plantearnos hoy nuevamente como izquierda; ¿Qué vamos a disputar? ¿La solución ante el avance global de la derecha la daremos con la próxima alternancia presidencial?, ¿Meramente volviendo a copar las calles con movilizaciones masivas? Sería bueno que tuviéramos, antes que nada, la disposición de sentarnos a pensar en estas preguntas de manera lo suficientemente seria y sincera. De lo contrario, a ojos del sentido común, continuaremos efectivamente haciendo en un loop aquello que se nos acusa; “aparecen con fuerza solo cuando no están gobernando”.
Aprendizajes necesarios
Y si bien las discusiones internas de cada fuerza y organización son siempre fundamentales, y se les debe dar el tiempo y la atención adecuada, a mi opinión personal, no hace falta tampoco teorizar eternamente, ni intentar inventar todo un andamiaje político teórico capaz de brindarnos una respuesta para el momento presente. Desde el marxismo está más claro que seguir pretendiendo reconstruir un reformismo sin perspectiva de ruptura, como alternativa de alternancia periódica, no va a transformar la sociedad. La incapacidad de profundización transformadora y de sostenimiento del poder por parte de la ya más que acabada “década ganada” de las experiencias progresistas latinoamericanas de comienzos de los 2000 lo ha dejado más que claro. La frustración social provocada por la fallida pretensión desarrollista de la inclusión social por medio del aumento de la capacidad de consumo, fue la que creó las subjetividades sociales y el escenario político que derivó en el retorno de las derechas a los gobiernos.
Frente a este cuadro, la izquierda no puede seguir refugiándose en la denuncia reactiva o en la nostalgia de los gobiernos progresistas, la mejor expectativa no puede ser el retorno. Hoy queda más claro que nunca; debemos avanzar en la construcción decidida del socialismo, o continuar sumiéndonos en la barbarie del capital. No hay tercera vía que no sea una trampa. La disputa no puede ser por administrar mejor la crisis, sino por romper con sus causas de raíz.
Asimismo, las experiencias de las movilizaciones populares masivas, durante la revuelta de 2019 y el momento constituyente, dejaron también en claro que un proceso callejero, sin una conducción política realmente capaz, ordenada y decidida por la ruptura del orden liberal, termina por diluirse ante el contrapeso de las maquinarias del orden. Quienes hoy se vuelven a regocijar en la disposición de ciertos sectores -comúnmente estudiantiles- a movilizarse, sin lograr articular un programa político real para el involucramiento político de las masas, no serán capaces de brindar una salida con opción de poder. Y no podemos pretender ser eterna oposición, eterna disputa callejera.
Límites y oportunidades
Actualmente enfrentamos límites concretos importantes; la evidente pérdida de potencia de los espacios sindicales, herramientas partidarias deficientes con bases de un bajísimo nivel de formación teórica revolucionaria, y la ausencia de cualquier organización que se pueda jactar de tener una poderosa inserción territorial. Y aún así, es posible reconocer también que el escenario que va configurando el gobierno de José Antonio Kast, con su reordenamiento antipopular, abre una ventana de posibilidad para la izquierda, de enfrentarse ante estas limitantes, y subsanarlas a la vez que vuelve a articular su proyecto.
Al igual que 2019, el hastío popular contra el gobierno, que ocurre y ocurrirá -no hay que tener una bola de cristal para preverlo- no se puede leer ingenuamente como fruto de los errores comunicacionales de ministros -por cierto incompetentes-. El verdadero hastío popular se produce e incrementa cuando esos errores comunicacionales se condicen con una realidad cada vez más precarizada para la mayoría de los chilenos y chilenas. Con el aumento de los combustibles, con las pensiones que siguen sin alcanzar, con los estudiantes que siguen endeudándose, con la inflación que sigue aumentando, con el transporte público lleno de las mañanas, con el sueño de la vivienda propia cada vez más como sueño irrealizable para la juventud, con adolescentes con graves crisis de salud mental, tasas de suicidio mas altas que las de homicidio, y bajísimos niveles de expectativa ante un futuro que no solo se muestra desolador, sino que prueba serlo día a día.
Volviendo al ejemplo vecino de la Argentina de Milei, podemos ver cómo los pueblos no toleran por mucho tiempo las medidas de ajuste. La gente desprecia rápidamente al mismo gobernante que eligió, pero el hastío no es sinónimo automático de claridad en la alternativa. Y del presente Argentino podemos aprender también que una situación de crisis, sin una alternativa de salida, no se soluciona, simplemente se estanca. Si no se hace nada y se juega a simplemente esperar los errores del mal gobierno hasta que en la próxima elección mágicamente venga algo mejor, bajo el eslogan de ““disfruten lo votado”, lo más probable es que no venga nada realmente.
Volver al intento
En este contexto, los marxistas no podemos contentarnos con ser solamente una voz más de denuncia en el coro. Nuestra tarea es reivindicar abiertamente al marxismo como método de análisis, y al socialismo como horizonte de transformación posible. Volver a nuestras tareas históricas fundamentales; formación, combate y militancia. Formación para ser capaces de explicar por qué ninguna salida que no ponga en cuestión real el ordenamiento político e institucional que significa la democracia liberal -y sus presupuestos filo-morales- será capaz de aspirar a algo más que nuevos Boric, progresismos tibios abanderados con demandas populares que nunca cumplen. Combate frontal, decidido y organizado contra un gobierno que sabemos de antemano que viene a atacar los logros históricos del movimiento popular. Y una militancia activa como alternativa movilizadora ante la desesperanza. Se trata de reinstalar que nuestro proyecto no es una utopía, sino la única dirección posible para una sociedad realmente distinta.
Volvemos insistentemente a preguntarnos entonces; ¿Qué vamos a disputar? Ante lo ya expuesto, frente a una realidad en donde las crisis nacionales se profundizan, en donde fuera de las fronteras vemos invasiones, bombardeos, genocidios y guerras en curso, ¿Alguíen puede seguir creyendo que un cambio radical no es necesario de construir? Considero personalmente que cualquier proyecto político a futuro, cualquier coalición social y/o partidaria, cualquier disputa en cualquier terreno, debe darse bajo el MÍNIMO de responder que no a esta última pregunta. No podemos seguir intentando construir futuro con nadie que no crea que ese futuro debe ser algo radicalmente distinto del presente, y cualitativamente superior que los intentos del pasado. Nuestra disputa se tiene que tratar de reivindicar la necesidad de un horizonte realmente revolucionario, con la unidad de quienes pretendemos caminar hacia ese horizonte y el combate activo contra todos quienes le pongan obstáculos.
¿Por dónde empezar?
El estudio de la historia nos enseña que no existe un atajo electoral ni un milagro movilizador que sustituya la lenta, tediosa y disciplinada, pero profundamente necesaria construcción de una estrategia de poder. Construir una estrategia de poder sigue siendo la única garantía de posibilidad para la revolución. Y hoy, esa estrategia sigue siendo la que algunos temen nombrar, por miedo de parecer anticuados; crear poder popular.
Y debe entenderse que el crear poder popular no se trata de un mero llamado al activismo comunitario, o a la conquista de posiciones de dirección en las organizaciones sociales. Debemos hoy comprender el llamado a construir poder popular como una cuestión mucho más compleja; se trata de volver a la militancia de la cotidianeidad, esa que Lenin llamaba la “política de los pequeños hechos”, como un acto de combate. Implica involucrarse de lleno en la disputa de conciencias, en la batalla cultural por superar el sentido común liberal, dar la pelea, en todo espacio, contra las lógicas del consumo que atomizan y adormecen. Es volver a aquellas aspiraciones abandonadas por el posmodernismo -ese cómodo refugio de quienes renunciaron a transformar el mundo- y reivindicar nuestra apuesta decidida por la construcción de una humanidad y sociedad toda nueva. Se trata de hacer realidad la utopía, no como un sueño de escritorio, sino como el asunto que organiza cada decisión cotidiana.
Sabemos también que es precisamente por eso, por su audacia en buscar disputar la totalidad, que la construcción del poder popular es una tarea extensa, pesada e ingrata, despreciada muchas veces. Porque exige la militancia de hormiga, la educación consciente y sistemática, y una paciencia que nada tiene que ver con la pasividad declarativa de la “esperanza”. Sabemos que ante esa dificultad, muchos prefieren evadir, y refugiarse en la denuncia, en el espontaneísmo, o en la ilusión de que el próximo ciclo electoral resolverá lo que sólo el trabajo territorial puede edificar. Pero evadir no puede ser una opción para quienes entendemos que, sin esa trama profunda de poder real en las bases, cualquier intento de cambio será otra vez devorado por la misma bestia. Este debería ser el asunto actual de la izquierda, construir ese poder, esa retaguardia organizada para disparar contra el presente.
Se debe partir por dar este giro gramsciano, que significa pasar de la “guerra de movimiento” -el asalto directo al cielo- a la larga y paciente “guerra de posiciones” en el seno del pueblo. No se trata de esperar la gran noche de las barricadas, sino de construir un nuevo sentido común en el día a día. Si las nuevas derechas lograron instalar los relatos del “orden” y la “seguridad” como justificación de los retrocesos, nosotros tenemos que ser capaces de instalar la gestión revolucionaria de lo cotidiano como una evidencia de posibilidad de un mundo distinto. Se trata de sembrar ahora, en el desierto que las derechas están creando, las gestiones de poder del futuro. Que el pueblo organizado sea también capaz de gestionar los asuntos de seguridad, de alimentación, de cuidados. Que la movilización universitaria no solo proteste por los recortes, y las condiciones internas de cada casa de estudio, sino que ponga en cuestión estructural el sistema educativo. Que las iniciativas de solidaridad no sean meros paliativos ante las crisis, sino embriones de una economía que desafíe moralmente al mercado.
Si la izquierda sigue refugiada en la inmediatez de la consigna o en la comodidad opositora, esperando el desgaste de las derechas, la alternancia puede llegar, pero no será nada más que un espejismo. El péndulo volverá a oscilar, pero lo hará en un terreno que desde ya no es el mismo. La derecha habrá consolidado un Estado todavía más neoliberal, con los pueblos aún frustrados, y la posibilidad cierta será la de precipitarse en el abismo del fascismo o la desesperanza individualista. Es nuestra tarea mostrar que otra salida no es solo deseable, sino que es posible.
