El estado sionista, que inició una guerra de agresión contra Irán el 28 de febrero en alianza con Estados Unidos, enfrenta hoy su peor crisis interna desde su fundación. Mientras el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, celebra con champán en el Knéset la aprobación de una ley que impone la pena de muerte automática para los palestinos encarcelados en Cisjordania, la economía israelí se desploma, el ejército se desmorona por falta de efectivos y la sociedad se fractura entre quienes exigen el fin de una guerra que ya acumula más de 7.300 muertos en la región —y 19 en el propio Israel— y quienes se aferran al poder a costa de la sangre de los soldados de reserva. La paradoja es brutal: la maquinaria de guerra que Jerusalén construyó para destruir a sus enemigos está devorando a sus propios creadores.
Por Equipo El Despertar
Jerusalén Ocupada. El 30 de marzo, el Knéset aprobó por 62 votos contra 48 el presupuesto estatal para 2026, un plan de gasto de casi 700 mil millones de shekels (222 mil millones de dólares) que eleva el gasto en defensa a 143 mil millones de shekels —un 120% más que en 2023— mientras recorta drásticamente las partidas de educación y salud. El ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, celebró la aprobación con champán en el hemiciclo y proclamó: “Hemos hecho historia”.
La misma noche, el Banco de Israel anunció que recortaba su proyección de crecimiento para 2026 del 5,2% al 3,8% —asumiendo que la guerra termine en abril— y advirtió que si el conflicto se prolonga, la economía apenas crecerá un 3,3%. La deuda pública, que ya subió del 60% al 68,6% del PIB desde el inicio de la guerra en Gaza, continuará su escalada imparable.
“Esta guerra cuesta mucho dinero”, declaró el primer ministro Benjamin Netanyahu la semana pasada, en una confesión que retrata la dependencia estructural de su régimen respecto del crédito internacional y la ayuda estadounidense. Fuentes económicas estiman que solo el costo de interceptar una sola andanada de misiles iraníes puede alcanzar los 280 millones de dólares, un gasto que agota las reservas defensivas y financieras a un ritmo insostenible.
Un ejército que se desmorona desde dentro
Mientras los misiles de la Resistencia impactan en el centro de Israel —el sábado 4 de abril, seis personas resultaron heridas por bombas de racimo iraníes que alcanzaron edificios residenciales en Ramat Gan y Bnei Brak—, las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) enfrentan una crisis de personal sin precedentes.
El jefe del Estado Mayor, Eyal Zamir, advirtió en una reunión a puertas cerradas del Gabinete de Seguridad que el ejército podría “colapsar” si no se resuelve la escasez de efectivos. Más de 100.000 reservistas están desplegados en todos los frentes —Irán, Líbano, Gaza y Cisjordania— pero el ejército aún necesita alrededor de 15.000 soldados adicionales, incluidos 7.000 a 8.000 combatientes.
La causa del déficit es estructural: los judíos ultraortodoxos (haredíes), que constituyen aproximadamente el 13% de la población, se niegan a servir en el ejército por motivos religiosos. Para mantener la cohesión de su coalición de gobierno, Netanyahu protege a los partidos religiosos Shas y Judaísmo Unido de la Torá, que impulsan una ley para eximir formalmente a los estudiantes de seminario del servicio militar. Los partidos de la oposición han calificado la medida como la “ley de evasión del reclutamiento”.
La crisis de legitimidad se extiende a las propias filas del ejército. Unos 1.000 pilotos de reserva y retirados firmaron una carta publicada a página completa en varios periódicos israelíes exigiendo el fin inmediato de la guerra y la liberación de los rehenes. “La guerra sirve principalmente a intereses políticos y personales, no a intereses de seguridad”, declararon los pilotos, quienes acusaron a Netanyahu de prolongar el conflicto para preservar su gobierno. La respuesta del premier fue inmediata: ordenó el despido de cualquier piloto activo que hubiera firmado la misiva. “La negativa es negativa —incluso cuando se expresa en un lenguaje eufemístico”, sentenció.
La sociedad israelí se desgarra
El apoyo entre los judíos israelíes a la guerra cayó del 93% a mediados de marzo al 78% en la última semana del mes, según encuestas del Instituto de la Democracia de Israel. El sábado 29 de marzo, más de mil personas se reunieron en la Plaza Habima de Tel Aviv para exigir el fin de la guerra contra Irán, en la protesta más numerosa desde el inicio del conflicto. Manifestaciones paralelas tuvieron lugar en Jerusalén, Haifa, Beersheba y otras localidades.
“Simplemente no confiamos en quién está al volante”, dijo Nava Rozolyo, abogada y activista antigubernamental. “Esta guerra es una guerra política, explotada para las necesidades políticas de la coalición”. La policía dispersó violentamente la protesta, arrestando a 13 participantes y utilizando gases lacrimógenos.
Mientras tanto, miles de israelíes salieron a las calles el sábado 28 de marzo para protestar contra los planes del nuevo gobierno de Netanyahu que, según los opositores, amenazan la democracia y las libertades. Los manifestantes —liderados por diputados de izquierda y árabes— denunciaron la reforma judicial impulsada por el ministro de Justicia Yariv Levin, que busca debilitar al Tribunal Supremo y concentrar el poder en manos de la coalición gobernante.
“Estamos realmente asustados de que nuestro país vaya a perder la democracia y vayamos hacia una dictadura solo por razones de una persona que quiere librarse de su juicio”, declaró Danny Simon, un manifestante de 77 años, en referencia a los cargos de corrupción que pesan sobre Netanyahu.
El frente de Cisjordania: la ley de la horca
Mientras el ejército se desangra en los frentes externos, el gobierno de Netanyahu ha intensificado la represión en los territorios ocupados. El 30 de marzo, el Knéset aprobó la ley que impone la pena de muerte obligatoria para los palestinos condenados por tribunales militares de cometer ataques mortales. La ley crea efectivamente un sistema judicial de dos vías: los palestinos son juzgados en tribunales militares con la horca como sentencia predeterminada, mientras que los colonos israelíes enfrentan tribunales civiles donde la cadena perpetua sigue siendo una opción.
La Autoridad Palestina calificó la ley como una “escalada peligrosa” que revela “la naturaleza del sistema colonial israelí, que busca legitimar el asesinato extrajudicial bajo cobertura legislativa”. La Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, advirtió que su aplicación constituiría un crimen de guerra.
En Cisjordania, las tiendas y las instituciones públicas cerraron en huelga general, y cientos de palestinos marcharon en Ramala y Nablus coreando consignas contra la ley. “No hay una sola persona de pie aquí que no tenga un hermano, un marido, un hijo, o incluso un vecino en prisión. No hay una familia palestina sin un prisionero”, declaró Riman, una psicóloga de 53 años de Ramala. Más de 9.500 palestinos están encarcelados en prisiones israelíes, incluidos 350 niños y 73 mujeres.
La fachada de la “democracia” se derrumba
La paradoja final es que el Estado que se autodenomina “la única democracia en Medio Oriente” se está desintegrando por la misma lógica que aplica a sus enemigos. Las grietas son visibles en todos los niveles: el ejército advierte que colapsará por falta de soldados mientras el gobierno protege a los ultraortodoxos que se niegan a servir; la economía se hunde bajo el peso de un gasto militar insostenible mientras los presupuestos de salud y educación se recortan; la sociedad se moviliza contra una guerra que ya no apoya, pero la represión política impide que el descontento se exprese libremente.
El líder de la oposición, Yair Lapid, resumió la situación al calificar al gobierno de Netanyahu como “ladrones y extorsionadores”, afirmando que “no son sionistas ni nacionalistas”.
La guerra que Israel inició para imponer su dominio en la región se ha vuelto en su contra. Los mismos misiles que lanza sobre Irán regresan como bombas de racimo que caen sobre sus propias ciudades. Las mismas leyes represivas que diseña para los palestinos revelan la naturaleza fascista de su propio Estado. La misma lógica de dominación que aplica en los territorios ocupados se reproduce ahora en el corazón de su sociedad.
El imperio se desangra. Y la clase trabajadora —israelí, palestina, iraní, libanesa— sigue pagando el costo con su sangre. Pero la historia no se detiene. Las contradicciones se acumulan. Y el desenlace, para quienes apostaron por la guerra total, no será el que imaginaron.
