La Encuesta Nacional Urbana de Seguridad Ciudadana (ENUSC) 2025 entregó este viernes resultados que deberían hacer reflexionar al gobierno de José Antonio Kast: la victimización por delitos violentos muestra una baja poco significativa del 8,5% al 7,9%, pero la percepción de inseguridad se mantiene en niveles históricos y el 57% de la población cree que será víctima de un delito en los próximos doce meses. Mientras la derecha celebra una “mejora” en las cifras de victimización, la clase trabajadora sigue viviendo atrapada en el miedo, encerrada en sus casas, sin poder caminar de noche ni usar el celular en la calle. La contradicción es brutal: el gobierno de la “mano dura” prometió seguridad y entrega más miedo, más control y más represión, mientras los verdaderos problemas —la desigualdad, la precariedad, el abandono estatal— siguen intactos. Los datos de la ENUSC no son un triunfo de la política de seguridad, sino un espejo de la fractura de clase que atraviesa Chile: mientras los barrios ricos se blindan, los barrios populares siguen siendo los principales escenarios del miedo y la violencia.
Los números que incomodan al gobierno
La tarde de este viernes, el subsecretario de Prevención del Delito, Gonzalo Guerrero, y el subdirector técnico del INE, Leonardo González, presentaron los resultados de la ENUSC 2025, realizada durante el segundo semestre de 2025. La encuesta, que consultó a más de 24 mil hogares en 136 comunas urbanas, arrojó una disminución en la victimización por delitos violentos: del 8,5% en 2024 al 7,9% en 2025.
Pero el gobierno de Kast, que ha hecho de la “mano dura” su principal bandera, no puede celebrar del todo. Porque la victimización por delitos económicos —fraudes bancarios, estafas— aumentó del 11% al 11,8%, impulsada principalmente por el fraude bancario. Y la percepción de inseguridad, ese termómetro de la desconfianza popular, no cede con la misma velocidad. En Ñuble, la región que lidera la percepción de inseguridad en Chile con un 92,8%, la tasa de victimización violenta es de apenas el 2,9%. La región que más teme es la que menos delitos violentos sufre. Esa es la paradoja del miedo: no se alimenta de la realidad, sino de la sensación de abandono.
La hipocresía de la “mano dura”
El gobierno de Kast ha recibido estos datos con una mezcla de triunfalismo y evasión. En días en que la seguridad sigue siendo uno de los asuntos prioritarios para la ciudadanía, el Ejecutivo impulsa en el Congreso una agenda legislativa que incluye el endurecimiento de penas a menores por delitos graves y el registro de “vándalos”. Es decir, más cárcel, más control, más vigilancia. Las cifras de la ENUSC no son un triunfo de la política de seguridad, sino un espejo de la fractura de clase que atraviesa Chile.
Porque lo que la encuesta revela, en su lectura más profunda, es que el miedo no se combate con más policías ni con más cárceles. El miedo se combate con presencia del Estado en los barrios populares, con inversión social, con recuperación de espacios públicos, con empleo y con dignidad. La derecha chilensis, sin embargo, prefiere la receta fácil: más control, más represión, más criminalización de los pobres. Mientras los barrios ricos se blindan con alarmas, cámaras y guardias privados, los barrios populares siguen siendo los principales escenarios del miedo y la violencia.
La función de clase del miedo
Desde una perspectiva marxista, la ENUSC 2025 no es un documento técnico neutral. Es un testimonio de la lógica de clase que gobierna la seguridad en Chile. El 87,7% de la población cree que la delincuencia ha aumentado, pero esa percepción no es homogénea. En los barrios populares, el miedo es una experiencia cotidiana, un condicionante de la vida. En los barrios acomodados, es un negocio: alarmas, seguridad privada, condominios cerrados.
La encuesta revela que las principales actividades que las personas han dejado de hacer por temor son usar el celular en público (65,7%), caminar por ciertas áreas (64,3%) y salir de noche (59,2%). Son los hábitos de la clase trabajadora, de los que no pueden permitirse un auto blindado ni un departamento en un sector exclusivo. Son los trabajadores, las mujeres, los jóvenes, los que viven encerrados en el miedo que el gobierno de Kast no hace más que profundizar con sus políticas represivas.
La mano dura que no funciona
La ENUSC 2025 es una derrota para el discurso de la “mano dura”. Las cifras de victimización violenta han disminuido, pero el miedo sigue igual o peor. La derecha chilensis, sin embargo, no aprende. Sigue apostando por el mismo libreto: más policías, más cárceles, más penas. Ignora que la seguridad no se construye con represión, sino con inversión social. Ignora que el miedo no es un problema de “delincuencia”, sino de desigualdad.
El gobierno de Kast ha recibido una oportunidad de oro para cambiar el rumbo. Pero, como era de esperar, la ha desperdiciado. En lugar de anunciar un plan de inversión social para los barrios populares, el ministro de Seguridad, Martín Arrau, ha redoblado la apuesta por la mano dura. Las cifras de la ENUSC no son un triunfo de la política de seguridad, sino un espejo de la fractura de clase que atraviesa Chile: mientras los barrios ricos se blindan, los barrios populares siguen siendo los principales escenarios del miedo y la violencia.
Epílogo: el miedo como negocio
La ENUSC 2025 es un recordatorio de que la seguridad, en el Chile de los patrones, es un negocio. Las empresas de seguridad privada facturan millones, los condominios cerrados se multiplican, las alarmas y las cámaras se venden como pan caliente. El miedo es el mejor negocio del capital.
La clase trabajadora chilena debe leer estos datos con otros ojos. La disminución de la victimización violenta es una buena noticia, pero no es suficiente. La percepción de inseguridad que se mantiene alta es el síntoma de una sociedad fracturada, donde el Estado ha abandonado a los de abajo y los ha dejado a merced del miedo. Mientras el gobierno de Kast siga apostando por la mano dura, la clase trabajadora seguirá viviendo encerrada en el miedo. La seguridad no se logra con más cárceles, sino con más justicia social. Y esa es una batalla que la derecha no está dispuesta a librar.
