Cuando juega un equipo europeo contra uno africano o asiático, el relato parece instalarse automáticamente del lado europeo. Ellos son los cercanos. Los reconocibles. Los que “tienen que reaccionar”, “ordenarse”, “recuperar el control”. Los otros, en cambio, aparecen como rareza, anomalía, accidente. Corren mucho. Resisten. Sorprenden. Incomodan.
Por Jorge Coulon
Estoy viendo el Mundial de fútbol por televisión y me sorprende, aunque ya no debería sorprenderme— la forma en que algunos relatores comentan los partidos.
Cuando juega un equipo europeo contra uno africano o asiático, el relato parece instalarse automáticamente del lado europeo. Ellos son los cercanos. Los reconocibles. Los que “tienen que reaccionar”, “ordenarse”, “recuperar el control”. Los otros, en cambio, aparecen como rareza, anomalía, accidente. Corren mucho. Resisten. Sorprenden. Incomodan.
Lo más inquietante es que no hablo de relatores europeos, sino latinoamericanos.
Ahí se ve el tejido complejo del poder. Ya no hace falta una orden. No se necesita censura. El poder más eficaz actúa antes: instala el lugar desde donde se mira. Una vez que ese lugar ha sido naturalizado, incluso los pueblos históricamente subalternos pueden terminar narrando el mundo con el lenguaje del amo.
El europeo aparece como sujeto de la historia. El otro, como interrupción.
Pero al fútbol, por fortuna, le queda aún algo indócil. La pelota no siempre obedece al mapa del poder. A veces un equipo africano, asiático o latinoamericano desordena la gramática prevista y obliga al relato a tartamudear. Tal vez por eso el deporte todavía nos interesa: porque durante noventa minutos el mundo puede dejar de parecer inevitable.
El poder no siempre necesita decidir lo que vemos. Le basta decidir desde dónde miramos.
