Desde la observación personal de la realidad militante, es verdad que existe una sobrecarga y agotamiento que incluso llega al punto de la renuncia y el abandono de la conciencia de clase de mucha gente que en un momento decidió militar. Esto es resultado de una organización que ha fallado en sus premisas revolucionarias. Porque desde el trabajo colectivo y la disciplina consciente podemos construir redes de apoyo y tejido social para lograr un mayor bienestar entre quienes encarnan nuestras filas, mucho más de lo que cualquiera podría individualmente, porque sumamos más que nuestras partes por separado. Una estructura bien organizada logrará que su militancia no encuentre conflictos de interés entre el beneficio propio y el colectivo.
Por Ignacio Fernández
Hace poco, la Revista Contracorriente, bajo la redacción de Ana Robledo, publicó una tremenda columna de opinión titulada “¿Y si transformamos toda esta tristeza en militancia?” [1], la cual disecciona puntos clave sobre la oportunidad de transformación que presentan las mismas crisis del capital, aquellas que también han traído al surgimiento de los neofascismos. Porque del desamparo que nos instalan, tanto más necesarias se tornan nuestras tesis políticas y tanto más podemos construir.
Sin embargo, hay un punto en esa reflexión que merece matizarse. Robledo plantea, desde Silvia Federici, que: “Durante décadas confundimos compromiso con agotamiento: celebramos al militante que nunca descansaba, que siempre estaba disponible, que convertía el sacrificio en una virtud política. Pero una revolución no puede construirse sobre cuerpos cansados”.
Desde la observación personal de la realidad militante, es verdad que existe una sobrecarga y agotamiento que incluso llega al punto de la renuncia y el abandono de la conciencia de clase de mucha gente que en un momento decidió militar. Esto es resultado de una organización que ha fallado en sus premisas revolucionarias. Porque desde el trabajo colectivo y la disciplina consciente podemos construir redes de apoyo y tejido social para lograr un mayor bienestar entre quienes encarnan nuestras filas, mucho más de lo que cualquiera podría individualmente, porque sumamos más que nuestras partes por separado. Una estructura bien organizada logrará que su militancia no encuentre conflictos de interés entre el beneficio propio y el colectivo.
Ahora, la interpretación de Federici es igualmente incompleta y peligrosa si se malinterpreta que la militancia puede llegar a ser un lugar de beneficio propio y relajo sin sacrificios, para supuestamente escapar del sistema y echarnos en los laureles. Peor aún, podemos llegar a pensar que, si el sacrificio no es una virtud militante, entonces la solución al agotamiento y malestar de la militancia debe ser el retraimiento y distanciamiento de estos espacios, de individualizar los malestares y que cada uno es responsable de “concentrarse en uno mismo”, discurso de la psicología que hemos asumido en búsqueda del bienestar.
Pero esto no puede ni debe ser así; si somos militantes es porque estamos dispuestos a dar nuestra vida -en vida o en muerte- por la lucha, en ser la vanguardia que guíe al pueblo ante su propia emancipación. Entonces, ¡por supuesto que nos debemos sacrificar!, tal como millones de comunistas a través del transcurso de la historia lo han hecho. Bastante neoliberal sería priorizar el goce y bienestar propio, por sobre el colectivo, ante la histórica misión que se nos encomienda.
Ahora, tampoco podemos individualizar las responsabilidades en torno al agotamiento militante, ni pensar que “no fueron lo suficientemente revolucionarios” al momento de renunciar. Más allá de una falta de sacrificio personal, debemos entender cómo el capitalismo neoliberal también nos permea como organización, el cual ha desintegrado el tejido social y sus comunidades, implantando el “todos contra todos” y el “sálvese quien pueda”, que lleva a patologías y malestares en todo espíritu humano, el cual se encuentra ante la inmensidad de un mundo que fabrica soledad e invisibilización.
En consecuencia, muchas veces dejamos a compañeros y compañeras sobrecargados en responsabilidades, con una mochila enorme la cual no se atreven a repartir, porque tampoco nadie les extiende la mano para ello. Muchas veces, el compañero está pasando por un mal momento personal y nunca se supo porque nadie preguntó. Esos quiebres en las confianzas también desilusionan del proyecto político, porque no estamos cumpliendo con la tesis que nos planteamos.
Por ello, la organización debe ser una pequeña trinchera de humanidad que plantee una alternativa política real desde su ser y accionar. Tenemos el deber de construir trabajo colectivo, redes de apoyo y tejido social a la interna. Esto va desde preguntarle al compañero como se ha sentido, hasta ir en grupo a cocinarle cuando se deprime. Desde abaratar el costo de la vida mediante la autogestión, hasta hacer rifas solidarias para quien se enferme y no pueda costearlo.
Pero que esto no sea para ensimismarnos ni fantasiosamente intentar escapar hacia un refugio eterno y personal, sino para llevar esta forma distinta de relacionarnos a la externa, hacia nuestros vecinos y territorio. En ser el ejemplo y la vanguardia del pueblo desde el hombre y la mujer nuevos. He ahí la importancia del sacrificio, que sí es una virtud militante.
Y por supuesto que, cuando esto no se cumple, la militancia queda agotada y quemada. Por lo mismo, debemos replantear qué tipo de organización estamos construyendo, cuáles son nuestras redes de apoyo y cuánto colectivizamos las responsabilidades realmente. Pero la solución nunca será individual, nunca será de melancolía ni de retraimiento. Al revés, la única forma de sanar los males que fabrica nuestra época es mediante más acción, organización y conciencia, por lo tanto, más militancia, pero una militancia verdaderamente revolucionaria en su orgánica, capaz de plantearse estos temas, de transformarnos, apoyarnos y cuidarnos. Solo así, venceremos.
Referencias:
[1] https://www.instagram.com/p/DbQrAPTkTt3
