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Víctor Jara: quisieron silenciar una voz y terminaron multiplicándola

Sep 16, 2026
Foto La voz de los que sobran

Víctor Jara no concebía la cultura como decoración de la sociedad ni al artista como alguien situado por encima de las contradicciones de su tiempo. Su música nació de los campesinos, los trabajadores, los pobladores, las mujeres y los niños del Chile popular. Fue además hombre de teatro, profesor y trabajador de la cultura. Militó en el Partido Comunista y durante la Unidad Popular participó activamente en actividades de apoyo al gobierno de Salvador Allende.

Por Daniel Jadue

Este 16 de septiembre recordamos el asesinato de Víctor Jara, ocurrido en 1973, pocos días después del golpe de Estado que terminó violentamente con el gobierno constitucional de Salvador Allende. Detenido en la Universidad Técnica del Estado y trasladado al Estadio Chile junto a centenares de estudiantes, académicos y trabajadores, Víctor fue víctima de la represión desplegada tras el golpe. Memoria Chilena registra el 16 de septiembre como la fecha de su muerte.

Recordarlo, cincuenta y tres años después, no significa solamente rendir homenaje a uno de los músicos fundamentales de nuestra historia. Significa preguntarnos por qué una dictadura consideró peligroso a un hombre que llevaba una guitarra en las manos. Y la respuesta está precisamente en aquello que Víctor representaba.

Víctor Jara no concebía la cultura como decoración de la sociedad ni al artista como alguien situado por encima de las contradicciones de su tiempo. Su música nació de los campesinos, los trabajadores, los pobladores, las mujeres y los niños del Chile popular. Fue además hombre de teatro, profesor y trabajador de la cultura. Militó en el Partido Comunista y durante la Unidad Popular participó activamente en actividades de apoyo al gobierno de Salvador Allende.

Su compromiso no empobreció su arte. Lo hizo universal. Porque Víctor entendió algo que Antonio Gramsci había comprendido décadas antes: las grandes transformaciones sociales no se disputan únicamente en la economía o en las instituciones; también se disputan en el terreno de la cultura, de los valores y del sentido común. El pueblo que comienza a reconocerse en sus propias canciones comienza también a reconocerse como sujeto de su propia historia.

Eso explica por qué la represión posterior al golpe no se dirigió exclusivamente contra autoridades políticas o dirigentes sindicales. Las universidades fueron intervenidas, determinados libros y expresiones culturales fueron perseguidos y miles de personas fueron detenidas. El Estadio Chile y el Estadio Nacional se convirtieron en centros de detención, mientras la supresión de libertades civiles y la persecución de organizaciones de izquierda acompañaron la consolidación del nuevo régimen.

El asesinato de Víctor debe comprenderse dentro de ese proceso. No asesinaron solamente a un cantante famoso. Persiguieron también aquello que su figura simbolizaba: una cultura vinculada al mundo popular y comprometida con un proyecto de transformación social. Pero allí reside también la paradoja histórica. Quienes pretendieron silenciarlo consiguieron exactamente lo contrario.

Antes de 1973 Víctor Jara era una figura fundamental de la Nueva Canción Chilena y tenía reconocimiento internacional. Después de su asesinato, su nombre adquirió una dimensión todavía mayor y su historia pasó a formar parte de la memoria cultural y política de numerosos países. Ya pocos años después, publicaciones dedicadas a su obra constataban que su figura se había transformado en un símbolo internacional.

El antiguo Estadio Chile lleva hoy su nombre. La historia tiene a veces esas formas extraordinarias de justicia simbólica. El lugar destinado a silenciarlo terminó llevando el nombre de aquel a quien quisieron hacer desaparecer. Pero no podemos conformarnos con la justicia simbólica.

La memoria democrática exige verdad, justicia y garantías de no repetición. Recordar a Víctor significa también recordar a quienes fueron perseguidos, ejecutados, desaparecidos, encarcelados o expulsados del país después del golpe. Significa comprender que los derechos humanos no pueden depender de quién gobierna ni de cuál sea la ideología de quien los reclama.

Y significa rechazar cualquier intento de relativizar la violencia política ejercida desde el Estado. Hay además una dimensión de Víctor que resulta particularmente necesaria en nuestro tiempo.

Vivimos bajo una industria cultural cada vez más concentrada, donde las plataformas y los algoritmos intervienen crecientemente en aquello que vemos, escuchamos y consumimos. El capitalismo ha demostrado una extraordinaria capacidad para convertir incluso la rebeldía en mercancía.

Víctor nos recuerda otra concepción de la cultura. Una cultura que no pregunta primero cuánto vende. Una cultura que pregunta qué dice, a quién representa y qué conciencia ayuda a construir. Por eso recordar a Víctor Jara tampoco puede consistir en convertirlo en una figura inofensiva, separándolo de sus convicciones políticas. Sería una segunda forma de silenciarlo. Podemos admirar su extraordinaria sensibilidad artística precisamente reconociendo al mismo tiempo que decidió ponerla en diálogo con las luchas sociales de su época.

Víctor eligió tomar partido. Por los trabajadores, por los campesinos, por quienes vivían en los márgenes, por un Chile que intentaba construir democráticamente transformaciones profundas. Y justamente por eso su figura continúa generando identificación mucho más allá de las fronteras chilenas.

Su historia dialoga con Federico García Lorca, asesinado al comienzo de la Guerra Civil española; con intelectuales perseguidos por dictaduras latinoamericanas; con tantos artistas que entendieron que la belleza y la justicia no necesariamente habitan mundos separados.

Hay algo que los autoritarismos nunca terminan de comprender: la cultura no puede ser definitivamente sometida mediante la fuerza. Se puede censurar un libro. Se puede prohibir una canción. Se puede perseguir a un artista. Pero cuando una obra consigue expresar la experiencia profunda de un pueblo, comienza a pertenecer a ese pueblo. Y desde entonces resulta extraordinariamente difícil hacerla desaparecer. Eso ocurrió con Víctor.

Cincuenta y tres años después, su permanencia constituye una derrota histórica para quienes quisieron silenciarlo. Por eso este 16 de septiembre no deberíamos recordar únicamente cómo murió Víctor Jara. Deberíamos recordar, sobre todo, por qué vivió como vivió. Recordar al hijo de campesinos que llegó al teatro y a la universidad. Al trabajador de la cultura que nunca renegó de su origen popular. Al artista que comprendió que cantar podía ser también una manera de participar en la construcción colectiva de un país. Al militante que hizo de su arte una opción consciente frente a las desigualdades de su tiempo.

Y recordar finalmente que una sociedad verdaderamente democrática necesita artistas capaces de incomodarla, trabajadores capaces de organizarse y ciudadanos capaces de pensar críticamente. Porque aquella dictadura consiguió terminar con la vida de Víctor Jara. Lo que nunca consiguió fue derrotar aquello que su voz representaba. Y mientras nuevas generaciones continúen encontrándose con su obra, Víctor seguirá recordándonos una verdad sencilla y profundamente política:

hay voces que, cuando pertenecen verdaderamente a un pueblo, ya no pueden ser silenciadas.

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