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La derrota, la renuncia y el horizonte: apuntes para superar la crisis de la izquierda

Ago 24, 2026

El progresismo no es simplemente una izquierda moderada. Es, en su expresión más acabada, una izquierda que ha aceptado el horizonte histórico del capitalismo como el único horizonte y que intenta introducir dentro de él mayores niveles de igualdad, diversidad, reconocimiento y protección social. Aspira a distribuir mejor, pero rara vez cuestiona quién posee. Regula el mercado, pero renuncia a discutir seriamente el poder que nace de la propiedad. Busca humanizar la explotación, pero abandona progresivamente la pregunta acerca de cómo superarla y eliminarla de la faz de la tierra.

Por Daniel Jadue

El progresismo contemporáneo nació de dos acontecimientos que marcaron profundamente a la izquierda mundial. El primero fue una derrota histórica, la caída de la experiencia soviética y la desaparición de la Unión Soviética. El segundo fue una renuncia política e intelectual, el abandono progresivo de la idea de superar el capitalismo como forma de organización de la sociedad. La primera derrota fue impuesta por la historia. La segunda fue una decisión. Y quizá sea esta última la que todavía pesa con mayor fuerza sobre las posibilidades de transformación de nuestro tiempo.

La desaparición de la Unión Soviética en 1991 fue interpretada por las clases dominantes como la confirmación definitiva de la superioridad del capitalismo y esa convicción permeó a una parte de lo que hasta ese entonces se presentaba como la izquierda. Francis Fukuyama llegó a proclamar el fin de la historia. El mercado aparecía como destino inevitable de la humanidad, la propiedad privada de los medios fundamentales de producción como una institución prácticamente natural y la democracia liberal como el límite último de toda imaginación política razonable y respetable. El capitalismo dejó de presentarse como un sistema histórico, surgido en determinadas condiciones y, por tanto, susceptible también de desaparecer, para presentarse como la forma definitiva de organización de la vida humana.

Pero el triunfo ideológico del capitalismo habría sido mucho menos profundo si una parte importante de la izquierda no hubiese terminado aceptando sus premisas fundamentales y desarrollaron una verdadera fiebre de vergüenza ideológica y de clase.

La derrota soviética produjo un terremoto intelectual. Era necesario estudiar críticamente aquella experiencia, comprender sus conquistas extraordinarias y también sus errores, investigar las razones económicas, políticas e institucionales que condujeron a su agotamiento y extraer de todo ello enseñanzas para las luchas futuras. Había que estudiar la relación entre socialismo y democracia, entre planificación y participación popular, entre partido y Estado, entre propiedad social y burocratización. Había que preguntarse por qué una revolución que había transformado en pocas décadas una sociedad agraria atrasada en una potencia industrial, derrotado al nazismo y contribuido decisivamente a modificar el equilibrio mundial terminó perdiendo la capacidad de movilizar políticamente a una parte importante de su propio pueblo.

Sin embargo, una parte considerable de la izquierda occidental eligió otro camino. En vez de realizar una crítica socialista de la experiencia soviética, terminó realizando una crítica liberal del socialismo. En lugar de preguntarse qué socialismo necesitábamos, comenzó a preguntarse qué capitalismo podíamos administrar mejor. Allí se encuentra, a mi juicio, el nacimiento político del progresismo contemporáneo.

El progresismo no es simplemente una izquierda moderada. Es, en su expresión más acabada, una izquierda que ha aceptado el horizonte histórico del capitalismo como el único horizonte y que intenta introducir dentro de él mayores niveles de igualdad, diversidad, reconocimiento y protección social. Aspira a distribuir mejor, pero rara vez cuestiona quién posee. Regula el mercado, pero renuncia a discutir seriamente el poder que nace de la propiedad. Busca humanizar la explotación, pero abandona progresivamente la pregunta acerca de cómo superarla y eliminarla de la faz de la tierra.

El desplazamiento parece pequeño, pero sus consecuencias son enormes.

Porque desde Marx sabemos que el capitalismo no constituye simplemente un mecanismo defectuoso de distribución de ingresos. Es una relación social fundada en la propiedad privada de los medios fundamentales de producción y en la apropiación privada de una parte cada vez más importante del trabajo social. Por eso la desigualdad no constituye una anomalía del sistema. Es una consecuencia de su funcionamiento normal. El capital necesita acumular, concentrarse, expandirse y transformar permanentemente nuevas dimensiones de la vida en mercancías. Necesita permanentemente colonizar cualquier territorio y cualquier necesidad humana que no se encuentra sometida a la logica del capital.

Cuando la izquierda abandona esa comprensión, termina intentando corregir permanentemente los efectos del capitalismo mientras conserva intactas las relaciones sociales que los producen.

Entonces aparece la paradoja progresista. Se combate la desigualdad sin disputar seriamente la concentración de la propiedad. Se intenta mejorar los salarios sin alterar sustancialmente el poder del capital sobre el trabajo. Se defiende el medio ambiente sin cuestionar una lógica de acumulación que necesita crecer permanentemente a costa de su destrucción. Se proclama el derecho a la vivienda mientras el suelo urbano continúa funcionando como activo financiero y la vivienda se transforma en una esfera más de extracción de plusvalía desde la clase trabajadora. Se promete seguridad social mientras los derechos permanecen subordinados a mercados privados. Se habla de democratización mientras decisiones fundamentales sobre inversión, producción, crédito y tecnología continúan en manos de grupos económicos que nadie eligió.

El problema no reside en que esas reformas sean inútiles. Muchas son indispensables y mejoran concretamente la vida de millones de personas. La historia del movimiento obrero demuestra que cada derecho conquistado importa. El problema aparece cuando la reforma deja de ser un momento dentro de un proceso de transformación y se convierte en el horizonte completo de la política.

Rosa Luxemburgo comprendió esta diferencia con extraordinaria claridad. La discusión entre reforma y revolución nunca consistió en escoger entre luchar por mejores salarios hoy o esperar pasivamente una transformación futura. Los revolucionarios luchan precisamente por cada conquista concreta. La diferencia reside en la dirección histórica que adquieren esas luchas. Una política emancipadora utiliza las reformas para acumular fuerza social, organización, conciencia y poder popular. Una política adaptativa convierte la reforma en administración permanente de un sistema cuya estructura fundamental ya no pretende transformar.

El progresismo terminó demasiadas veces, por no decir siempre, instalado en esta segunda posición. Y con aquella renuncia ocurrió algo todavía más profundo. La izquierda comenzó a abandonar también su propio lenguaje y adopto el lenguaje del amo como lengua materna.

Gramsci comprendió que toda dominación estable necesita algo más que coerción. Necesita construir sentido común. Las clases dominantes gobiernan también porque consiguen transformar sus intereses particulares en verdades aparentemente universales. Cuando la izquierda comienza a pensar y hablar utilizando las categorías construidas por sus adversarios, la derrota política ha comenzado mucho antes de llegar a las urnas. Porque cuando algunas palabras desaparecen y dejan de circular entre las ziquierdas, las ideas que representan son más dificiles de imaginar.

Así empezamos a hablar de colaboradores en vez de trabajadores. De emprendimiento donde muchas veces existe precariedad. De flexibilidad laboral donde existe inseguridad. De capital humano para referirnos a seres humanos, a la clase trabajadora. De consumidores en vez de ciudadanos. De oportunidades en lugar de derechos. De focalización en lugar de universalidad. De gobernanza en lugar de poder y lucha de clases. De crecimiento antes que de distribución de la riqueza y de responsabilidad fiscal con una severidad que rara vez se aplica a la responsabilidad social del capital. Terminamos, en definitiva, hablando el lenguaje del amo.

Y quien acepta el lenguaje del amo corre el riesgo de terminar aceptando también los límites del mundo que ese lenguaje describe.

La palabra clase desapareció progresivamente del vocabulario político mientras las clases sociales seguían existiendo. La explotación fue sustituida por desigualdad y lucha contra la pobreza. El imperialismo se transformó en tensiones geopolíticas. Los trabajadores se convirtieron en sectores vulnerables. El pueblo fue reemplazado por ciudadanía. El capitalismo terminó desapareciendo incluso del diagnóstico de buena parte de quienes se consideraban de izquierda.

Pero aquello que dejamos de nombrar no dejó de existir. Mientras una parte de la izquierda abandonaba la lucha de clases como categoría supuestamente anticuada, el gran capital jamás abandonó la lucha por sus intereses. Organizó asociaciones empresariales, financió centros de pensamiento, adquirió medios de comunicación, construyó universidades, desarrolló redes internacionales, financió campañas electorales y utilizó todos los instrumentos disponibles para disputar cada decisión que pudiera afectar sus privilegios.

La clase dominante nunca creyó en el fin de la lucha de clases. Simplemente consiguió convencer a una parte de sus adversarios de que ya no existía.

Las consecuencias políticas están a la vista. Cuando la izquierda deja de ofrecer una explicación estructural del sufrimiento social, otros llenan ese vacío. La precariedad continúa, los salarios no alcanzan, la vivienda se vuelve inaccesible, las pensiones son insuficientes y las familias viven endeudadas. Si la izquierda deja de explicar que detrás de esas experiencias existen relaciones de poder y estructuras económicas concretas, la extrema derecha ofrece explicaciones mucho más simples. Culpa al migrante, al extranjero, al feminismo, a las minorías, al funcionario público o a cualquier otro grupo que pueda transformarse en chivo expiatorio.

El resentimiento reemplaza entonces a la conciencia de clase. Ésa es una de las razones por las cuales recuperar una izquierda de transformación constituye hoy una necesidad democrática y no un ejercicio de nostalgia.

No se trata de volver al siglo XX. Tampoco de copiar experiencias históricas que surgieron bajo condiciones irrepetibles. Mucho menos de negar los errores cometidos en nombre del socialismo. Precisamente porque somos marxistas debemos comprender que ninguna forma política puede trasladarse mecánicamente de una época a otra. Se trata de recuperar algo mucho más fundamental, el horizonte.

Una izquierda verdadera debe volver a afirmar que el capitalismo es una construcción histórica y que, como toda construcción histórica, puede ser superado. Debe volver a imaginar formas superiores de propiedad social, democracia económica y planificación democrática. Debe discutir quién controla la banca, la energía, el agua, los minerales, los datos, la inteligencia artificial y las grandes plataformas digitales. Debe preguntarse quién decide qué producimos, para quién producimos y con qué consecuencias sociales y ecológicas.

El socialismo del siglo XXI tampoco puede limitarse a socializar la propiedad manteniendo intactas las relaciones burocráticas del pasado. Necesita incorporar las enseñanzas de las derrotas históricas. Más democracia, más participación popular, más descentralización del poder, mayor control social sobre quienes gobiernan y una profunda ampliación de las libertades que permitan a las mayorías convertirse efectivamente en protagonistas de su propio destino.

Superar el capitalismo significa también superar toda forma de dominación que impida el desarrollo pleno de los seres humanos. La emancipación del trabajo debe encontrarse con la emancipación de las mujeres, la lucha contra el racismo, la defensa de los pueblos originarios, la protección de la naturaleza y la democratización radical de la cultura y del conocimiento. Pero todas estas luchas pierden capacidad transformadora cuando son separadas de las relaciones materiales que reproducen la desigualdad.

La tarea consiste, por tanto, en reconstruir una política capaz de unirlas.

Necesitamos una izquierda que vuelva a decir capital cuando habla del capital, clase cuando habla de las clases y explotación cuando existe explotación. Una izquierda que no tenga miedo de hablar de socialismo, de propiedad social, de planificación democrática, de poder popular y de lucha de clases. No porque las palabras sean mágicas, sino porque sin conceptos capaces de describir la realidad resulta imposible transformarla.

Necesitamos también recuperar una idea que el progresismo fue abandonando lentamente, la política no consiste únicamente en ganar elecciones. Consiste en construir poder social.

Los gobiernos pueden abrir caminos, aprobar leyes y modificar instituciones. Pero ninguna transformación profunda puede sostenerse sin trabajadores organizados, sindicatos fuertes, organizaciones territoriales, movimientos sociales, comunidades movilizadas y una cultura política capaz de disputar el sentido común.

Lenin insistió durante toda su vida en que sin organización la espontaneidad popular encuentra rápidamente sus límites. Gramsci agregó que ninguna clase puede transformar realmente la sociedad si antes no construye una nueva hegemonía. Ambas enseñanzas siguen plenamente vigentes. Las elecciones importan, pero una mayoría electoral sin mayoría social organizada puede desaparecer con extraordinaria rapidez.

Por eso la tarea de nuestro tiempo no consiste en administrar mejor la derrota histórica que dio origen al progresismo. Consiste en superarla.

La caída de la Unión Soviética cerró un ciclo histórico. No cerró la historia. El capitalismo que proclamó su victoria definitiva hace tres décadas enfrenta hoy crisis económicas recurrentes, una concentración obscena de la riqueza, guerras crecientes, deterioro democrático, precarización laboral y una crisis ecológica que amenaza las condiciones mismas de reproducción de la vida.

Nunca hubo tantas razones materiales para cuestionar el capitalismo como hoy. Y, paradójicamente, pocas veces la izquierda tuvo tanto temor de hacerlo. Esa contradicción debe terminar.

La izquierda necesita recuperar el derecho a imaginar una sociedad diferente. Necesita abandonar el lenguaje del amo y volver a construir sus propias categorías, su propio sentido común y su propia esperanza histórica. Necesita luchar por cada reforma que mejore la vida del pueblo, pero hacerlo sabiendo que ninguna reforma aislada resolverá las contradicciones de un sistema organizado alrededor de la acumulación privada.

La derrota de 1991 merece ser estudiada. La renuncia posterior merece ser superada. Porque quizá la crisis más profunda de la izquierda contemporánea no sea electoral ni comunicacional. Quizá sea algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más decisivo.

Dejamos de decir con claridad qué sociedad queríamos construir.

Es hora de volver a hacerlo.

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