Chile, con la Universidad Católica a la cabeza, fue el laboratorio global del neoliberalismo. La “obra” de los Chicago Boys, así bautizada por la propia prensa imperial, sentó las bases del capitalismo financiarizado que luego se exportaría al mundo vía Consenso de Washington. Pero ¿qué implicó esto en términos marxistas? Implicó la acumulación por desposesión (como diría David Harvey): despojar a las masas de sus medios de vida colectivos (salud, educación, pensiones) para ponerlos al servicio de la tasa de ganancia del gran capital. La UC no fue una espectadora neutral; fue parte activa del proyecto de dominación.
Por Daniel Jadue
No es casualidad. La reciente decisión del Magíster en Innovación de la Pontificia Universidad Católica de Chile de señalar a Tel Aviv y Silicon Valley como las únicas “capitales de la innovación” para llevar a sus alumnos, en medio de un genocidio en curso en donde ambas capitales son precisamente los protagonistas principales del mismo, no es un desliz académico menor. Es, más bien, la manifestación más cruda de una continuidad histórica que la clase dominante chilena ha perfeccionado durante décadas a traves de su aparato ideológico: la conversión de nuestras casas de estudio en correas de transmisión del imperialismo. Para quien tiene memoria histórica, el gesto de hoy es el mismo de ayer, solo que con ropaje tecnológico.
Para entender la gravedad del presente, hay que remontarse a los años 70. Mientras el terrorismo de Estado arrasaba con el tejido social y político de Chile, la Escuela de Economía de la UC se transformó en la sucursal criolla de la Escuela de Chicago. Bajo el alero de la dictadura, estos tecnócratas no solo aplicaron un “shock” económico; llevaron a cabo una revancha de clase brutal: privatizaron lo público, liquidaron el movimiento obrero, sometieron el trabajo al capital financiero y convirtieron derechos sociales básicos en mercancías.
Chile fue el laboratorio global del neoliberalismo. La “obra” de los Chicago Boys, así bautizada por la propia prensa imperial, sentó las bases del capitalismo financiarizado que luego se exportaría al mundo vía Consenso de Washington. Pero ¿qué implicó esto en términos marxistas? Implicó la acumulación por desposesión (como diría David Harvey): despojar a las masas de sus medios de vida colectivos (salud, educación, pensiones) para ponerlos al servicio de la tasa de ganancia del gran capital. La UC no fue una espectadora neutral; fue parte activa del proyecto de dominación.
Hoy, el discurso de la “innovación” cumple la misma función ideológica que la “libertad de mercado” en los 80: mistificar las relaciones de explotación. Bajo el capitalismo tardío, la innovación no es un fin humanista, sino un mecanismo de acumulación de valor que requiere de ejércitos de reserva de mano de obra precarizada, extractivismo de datos y, sobre todo, violencia geopolítica para asegurar sus cadenas de suministro.
¿Por qué Tel Aviv y Silicon Valley? Porque son los epicentros del complejo militar-tecnológico. La innovación en Israel es la columna vertebral de un Estado de apartheid que perfecciona el genocidio con algoritmos, drones y sistemas de vigilancia masiva. La tecnología israelí no “riega” el desierto; bombardea Gaza, vigila Cisjordania y segrega a una población entera. Esa es la “innovación” que la UC pretende vender como ejemplo a sus estudiantes. Es la misma lógica de Chicago, pero en versión 3.0: si antes se venía a aprender a desregular la economía para exprimir a los trabajadores chilenos y destruir la naturaleza, ahora se va a aprender a desregular la ética para exprimir territorios enteros.
Desde una perspectiva gramsciana, la universidad es un aparato ideológico de Estado fundamental. La UC, al erigirse como un actor “técnico” y “neutral”, naturaliza lo que es profundamente político: la dominación imperial. Al calificar a Tel Aviv como una “capital de la innovación” sin mencionar el genocidio, la hambruna inducida y el ecocidio que allí se orquestan, la casa de estudios está dictando una cátedra de normalización del crimen. Le está diciendo a la comunidad de empresarios, académicos y profesionales que el desarrollo se mide por la capacidad de acumular poder tecnológico, sin importar cuánta sangre haya debajo del código binario.
No es diferente a lo que hicieron en los 70, cuando enseñaban que el desarrollo se medía por el PIB, sin importar cuántas fábricas cerraran ni cuántos cesantes engrosaran las filas de la pobreza. La lógica es la misma: el capital no tiene patria, pero sí tiene cómplices. Y la UC ha sido, es y parece querer seguir siendo la cómplice intelectual de turno.
Cabe recordar que la UC se vende a sí misma como una institución de inspiración cristiana. Pero el Papa León XIV acaba de recordar que “Palestina sufre en condiciones inaceptables”. ¿Dónde queda el Evangelio cuando se le hace una pasarela académica a un Estado que practica el apartheid? La respuesta es sencilla: el cristianismo de la clase dominante es un mero barniz. Cuando el interés del capital imperial llama, los valores se doblegan, exactamente igual que cuando firmaron convenios con la dictadura para “modernizar” el país a sangre y fuego.
Ha llegado la hora de romper con el silencio cómplice. Ya circula un llamado a manifestarse este 11 de agosto en la charla informativa. Es un primer paso, pero debe ser el inicio de un debate mucho más profundo. No se trata solo de cambiar el destino de una gira académica; se trata de descolonizar el conocimiento. Se trata de preguntarnos: ¿qué universidad queremos? ¿Una que forme gerentes del capitalismo depredador o una que críe pensadores críticos capaces de construir alternativas?
Chile ya fue una vez el laboratorio del neoliberalismo. No podemos permitir que hoy se transforme en lavandera del genocidio, ahora bajo la bandera de la “innovación tecnológica” y el “emprendimiento”. Si la UC insiste en ser una sucursal, que al menos sea consecuente y reconozca que está sucursalizando no solo economía, sino también ética. Y frente a eso, la comunidad debe alzar la voz, no como un gesto simbólico, sino como una obligación material de detener a quienes, desde las aulas, legitiman el genocidio y la explotación global.
La historia juzgará a esta generación de académicos. Que no se diga que no supimos ver el horror cuando nos lo vendían como “innovación”.
