Hace 53 años, representantes de Guinea-Bissau reunidos en las zonas controladas por el movimiento independentista proclamaron el nacimiento de un nuevo Estado. Amílcar Cabral, principal dirigente e intelectual del proceso, había sido asesinado ocho meses antes. Su experiencia dejó una discusión que trascendió África: qué significa conquistar la independencia política cuando persisten las estructuras económicas y culturales heredadas del colonialismo.
Por Equipo El Despertar
El 24 de septiembre de 1973 ocurrió algo extraordinario en África occidental. En la región de Boé, la Asamblea Nacional Popular proclamó la independencia de Guinea-Bissau mientras Portugal todavía consideraba aquel territorio parte de su imperio colonial.
No fue simplemente una declaración diplomática. Según el registro presentado pocos días después ante las Naciones Unidas por el PAIGC —Partido Africano para la Independencia de Guinea y Cabo Verde—, la Asamblea se reunió los días 23 y 24 de septiembre. A las 8:55 de la mañana del día 24 proclamó el Estado de Guinea-Bissau, adoptó una Constitución y eligió un Consejo de Estado presidido por Luís Cabral.
Portugal rechazó inicialmente aquella proclamación y cuestionó incluso la existencia efectiva del nuevo Estado. Esa controversia quedó registrada en los debates de la propia Asamblea General de Naciones Unidas. La historia, sin embargo, avanzaría rápidamente.
Amílcar Cabral: liberar un territorio no bastaba
La figura intelectual fundamental de aquel proceso fue Amílcar Cabral, dirigente revolucionario, agrónomo y fundador del PAIGC. Cabral no alcanzó a presenciar la proclamación. Había sido asesinado en Conakri el 20 de enero de 1973, ocho meses antes de la independencia. Pero el proceso político que culminó aquel 24 de septiembre llevaba profundamente su huella.
Una de las particularidades de su pensamiento fue negarse a entender la descolonización exclusivamente como la sustitución de una bandera europea por una bandera africana. Para Cabral, la cuestión involucraba también la estructura económica, la cultura, las relaciones sociales y la capacidad de un pueblo para determinar su propio desarrollo.
Documentos posteriores de planificación de Guinea-Bissau recuperan precisamente esa concepción cabraliana: la independencia debía permitir desarrollar la cultura propia y enfrentar la pobreza, el sufrimiento y la ignorancia. Aquí encontramos uno de los aspectos que hacen que Cabral siga siendo estudiado dentro del pensamiento marxista y anticolonial.
Su preocupación fundamental podría formularse así: ¿quién controla realmente las condiciones materiales de existencia después de conseguida la independencia política? Es una pregunta que también encontramos, desde experiencias diferentes, en Frantz Fanon y posteriormente en autores como Samir Amin.
La independencia como proceso material
Cabral conocía profundamente la realidad rural de Guinea porque había trabajado como agrónomo y estudiado directamente sus estructuras productivas y sociales. Aquello tuvo consecuencias políticas. En lugar de copiar mecánicamente modelos revolucionarios construidos en las sociedades industriales europeas, el movimiento debía comprender la composición concreta de la sociedad que pretendía transformar: campesinos, trabajadores urbanos, sectores medios, autoridades tradicionales y élites vinculadas a la administración colonial.
Esa preocupación recuerda una cuestión central del materialismo histórico: las estrategias políticas no pueden separarse de las condiciones históricas y sociales en las cuales actúan las personas. La emancipación, desde esta perspectiva, no consiste solamente en conquistar instituciones. También supone modificar las relaciones materiales que producen dependencia.
Cultura y dominación
Existe además otro elemento decisivo en Cabral: la cultura. El colonialismo no operaba únicamente mediante ejércitos, administraciones o apropiación económica. También construía jerarquías culturales mediante las cuales determinados pueblos eran presentados como atrasados e incapaces de gobernarse por sí mismos.
Por eso recuperar lenguas, tradiciones y conocimientos podía adquirir una dimensión política. Pero Cabral tampoco idealizaba automáticamente todo aquello que proviniera de las sociedades colonizadas. Liberación cultural no significaba conservar intactas todas las estructuras tradicionales, sino permitir que la propia sociedad decidiera críticamente qué conservar y qué transformar.
Esta distinción resulta importante porque evita convertir el anticolonialismo en una simple inversión de jerarquías.
Una independencia que Portugal todavía no reconocía
La proclamación de 1973 creó una situación internacional singular. El nuevo Estado comenzó a recibir reconocimiento internacional mientras Portugal continuaba reclamando soberanía sobre el territorio. La Asamblea General de Naciones Unidas llegó a aprobar en noviembre de 1973 una resolución referida a la presencia portuguesa en sectores de Guinea-Bissau.
La situación cambiaría radicalmente pocos meses después. El 25 de abril de 1974, la Revolución de los Claveles derribó en Portugal al régimen autoritario del Estado Novo. El proceso abierto en Lisboa aceleró la descolonización de los territorios africanos portugueses.
Portugal reconocería posteriormente la independencia de Guinea-Bissau en 1974. Naciones Unidas registra 1974 como el año en que la antigua Guinea Portuguesa alcanzó formalmente la independencia dentro del proceso internacional de descolonización.
Después vendrían Angola, Mozambique, Cabo Verde y Santo Tomé y Príncipe en 1975. El pequeño territorio africano había terminado formando parte de una transformación mucho mayor del mapa político mundial.
Una revolución y también sus límites
Recordar Guinea-Bissau exige evitar una lectura romántica. La independencia no resolvió automáticamente las profundas dificultades económicas y sociales heredadas del colonialismo. Durante las décadas siguientes el país experimentó inestabilidad política, conflictos internos, pobreza y enormes dificultades institucionales.
Documentos oficiales del propio país han reconocido la distancia existente entre las aspiraciones sociales de la independencia y muchos de los resultados posteriores. Precisamente allí aparece una de las preguntas más interesantes que dejó Cabral. ¿Puede existir una independencia plenamente efectiva cuando permanece la dependencia económica?
Ese interrogante trascendió Guinea-Bissau. Fanon había advertido sobre los límites de reemplazar simplemente administradores coloniales por élites nacionales. Samir Amin analizaría posteriormente las relaciones económicas entre centro y periferia. En América Latina, pensadores como Mariátegui habían planteado décadas antes que la transformación social debía surgir de las condiciones históricas particulares de nuestros pueblos y no de una copia mecánica de experiencias europeas.
Son tradiciones diferentes, pero convergen alrededor de un problema: la soberanía jurídica y la soberanía material no son necesariamente lo mismo.
El significado del 24 de septiembre
Por eso la efeméride de Guinea-Bissau pertenece, ante todo, a la historia africana y a su proceso de descolonización. Pero también constituye un episodio relevante para estudiar la izquierda internacional del siglo XX.
La documentación de Naciones Unidas muestra que aquel 24 de septiembre no fue simplemente un símbolo. La Asamblea creó instituciones, aprobó una Constitución y constituyó órganos de gobierno. Cabral no llegó a verlo. Pero muchas de las preguntas que había formulado sobrevivieron a su muerte.
¿Cómo transformar una independencia política en emancipación económica? ¿Cómo construir soberanía sin reproducir las jerarquías heredadas del colonialismo? ¿Qué relación existe entre cultura, clase y liberación nacional? ¿Y cómo impedir que una nueva élite ocupe simplemente el lugar dejado por la antigua administración colonial?
Más de medio siglo después, esas preguntas continúan formando parte de los debates sobre desarrollo, desigualdad y soberanía en numerosos países.
Quizá allí radique la vigencia histórica del 24 de septiembre de 1973: además de recordar el nacimiento de Guinea-Bissau, permite estudiar uno de los grandes dilemas planteados por las revoluciones anticoloniales del siglo XX: conquistar la independencia es un acontecimiento; convertirla en capacidad efectiva de un pueblo para decidir sobre su territorio, su economía y su futuro es un proceso mucho más largo.
